La clave de un pensamiento

Pensar la época: el núcleo del legado ensayístico de Horacio González

Alejandro Boverio
Horacio González (1944-2021)

Pocas veces uno se encuentra frente a una obra tan prolífica y tan diseminada como la de Horacio González. Prolífica en temas y obsesiones que vuelven a abordarse una y otra vez desde lugares diferentes, como piedras que se van limando pacientemente desde todos sus ángulos posibles e incluso, y sobretodo, desde aquellos impensados e impensables. Diseminada porque, además de la treintena de libros que ya reposan para siempre en el anaquel del ensayismo argentino, su pensamiento atento a las coyunturas de la vida política de nuestro país no dejó pasar ocasión para expresarse sobre el presente en cuanta publicación escrita circulara por allí, desde diarios de tirada nacional hasta pequeños fanzines estudiantiles, pasando por revistas de muy diverso tipo. Hay, creo, algo muy valioso en ese gesto de González, una verdadera fe en la palabra, en el poderoso acontecer de la escritura. Como si, en filigrana, dijera: lo importante es escribir.

Del mismo modo sucedía con las polémicas que encaraba: su oponente podía ser un reputado intelectual del liberalismo global o un desconocido columnista de un suplemento cultural local, lo que importaba era polemizar. Las revistas y las polémicas, dos emplazamientos fundamentales para el intelectual que fue Horacio González. Y ello sin dejar de cuestionar, como premisa, el estatuto del ser intelectual, puesto que lo que caracteriza a un pensamiento crítico, siempre, es poner en abismo las condiciones de enunciación. Decimos intelectual y esa palabra parece vacilar, luego de su reciente partida, sin ya encontrar referentes entre nosotros. Entre revistas y polémicas, para la segunda mitad del siglo XX, la palabra intelectual reclama como propios tres nombres: David Viñas, León Rozitchner y Horacio González.
Un intelectual no hace sino pensar su época. Acaso allí se cifre la idea misma de intelectual: atrapar el tiempo propio en conceptos. Por eso no es descabellado imaginar que un pensamiento es también en cierta forma una época. Entre los múltiples textos que se recogen en La palabra encarnada, en “Fotocopias anilladas”, que comienza interrogándose sobre si puede conocerse una época, en un momento González se pregunta directamente qué es una época y responde: “Sin dudas, una dicción recíproca extendida en el tiempo, un conjunto de actos de simultaneidad inmediata o postergada, un perímetro de referencias cruzadas (tácitas o intencionadas), una esfera de citas correlativas y de diálogos incorpóreos imaginarios o manifiestos, pero nunca retenidos más allá de un contorno que los convierte en significativos”. Pocas veces aparece la expresión “sin dudas” en la escritura gonzaliana, puesto que todo su pensamiento es una permanente y profunda vacilación, pero lo que ese “sin dudas” mienta es lo que normalmente se entiende por época, algo que de alguna manera se acepta como lo dado. Sin embargo, allí no se agota una época, por eso luego avanza en su especulación y en ella creo que encontramos la clave para entender el conjunto del pensamiento de Horacio: “Una época es la libertad intelectual para invertir el signo de sus mismos vocablos centrales y no necesariamente la atmósfera cultural común que impregna todos esos vocablos. Entonces, una época es metamorfosis: ese suspenso de lo que se va tornando su contrario (…)”.

Alejandro Boverio

La época es intelecto, el intelecto es época. El pensamiento tiene entonces que tomar lo dado de ese conjunto de diálogos y citas que engloban una época para poder subvertirlo y así alcanzar a ver acuerdos secretos en las manifiestas oposiciones, arrancar conceptos a las derechas en favor de las izquierdas, encontrar tensiones en lo aparentemente convenido. Una época entraña en sí misma, en su subsuelo, la potencia liberadora que la constituye y el pensamiento debe tender hacia ella. Ésa es la idea gonzaliana que se desenvuelve a lo largo de su obra y que puede verse plasmada en este volumen de textos reunidos, escritos entre 1985 y 2019, compilados por María Pia López y Guillermo Korn.
El título del libro, La palabra encarnada, pone de manifiesto muy acertadamente la actitud intelectual que caracteriza a su autor y que pespunta y enlaza todos los textos de la compilación. Nos enfrentamos a una palabra que se juega en cada coyuntura, que es siempre en situación y que, en tanto tal, es parte de la época en la que está envuelta al tiempo que la constituye.
Macedonio Fernández, John William Cooke, Borges, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui, José María Ramos Mejía, Oscar Masotta, Roberto Carri, Pino Solanas, por tomar solo algunos pocos nombres de los cientos que van desfilando por sus textos como lienzos en movimiento: ninguno es el mismo luego de haber sido atravesado por la palabra de González. Horacio toma autores e imagina diálogos subrepticios, crea genealogías insospechadas, genera desajustes temporales que impactan de una vez y para siempre en nuestro modo de leerlos y de comprenderlos. Es mucho más que una máquina de lectura, es una constelación de pensamientos en el sentido preciso al que nos referíamos antes: pensamientos que se hacen carne con la época.

Walter Benjamin, León Trotsky, Claude Lévi-Strauss, Jean-Paul Sartre, Antonio Gramsci, Friedrich Nietzsche, Hannah Arendt, Willilam Shakespeare: nombres que también transitan en esta compilación y son recurrentes en la obra gonzaliana. Otro de sus desafíos ha sido tomar a los grandes cráneos europeos para ponerlos a jugar con nuestros pensadores y, a su vez, con nuestras realidades. Eso constituye a un librepensador. Libre de los corséts de los estrechos nacionalismos, libre de las abstracciones europeístas, libre también del academicismo. En cuanto a esto último, la primera sección del libro toma ensayos relativos al método y a la disputa con la tecnocracia académica en una discusión en torno al destino de las ciencias sociales.
Otro lugar destacado lo tendrán las revistas, no sólo porque la mayoría de los ensayos han aparecido originalmente en esas publicaciones (El Ojo Mocho, Unidos, Babel, Confines, La Biblioteca, entre otras), sino porque también son objeto de reflexión: los ensayos sobre Unidos y sobre Pasado y Presente son sin duda dos perlas para pensar el vínculo entre crítica cultural y política.
En la compilación pueden encontrarse, a su vez, tres capítulos de libros de su autoría (Borges. Los pueblos bárbaros, La crisálida y La ética picaresca), el epílogo de Restos Pampeanos, varios textos que son parte de libros colectivos de los que González fue asiduo promotor y compilador, y finalmente algunas rarezas difíciles de hallar incluso para los entusiastas de su obra. Y no puedo dejar de mencionar que esta selección, que es pensada por los compiladores como “un conjunto de entusiasmos y de indicios, una suerte de presentación a lectoras y lectores de una obra”, fue conversada con el propio autor. Como ellos comentan en el texto introductorio, le presentaron a Horacio un primer índice, sobre el que propuso algunas modificaciones. Si sus textos fundamentales son, a mi juicio, Restos Pampeanos y Perón. Reflejos de una vida, en este volumen se encuentra otra interesantísima vía de ingreso a la obra gonzaliana, una vía más periférica y sutil, múltiple y heterogénea que nos convoca a la conversación sobre una época que, aún concluida, no termina de concluir.

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