En el exilio

Soledad y libertad en el pensamiento de Antonio Negri

Maximiliano Crespi

El 1 de julio de 1997, después de pasar 14 años de exilio político en Francia, donde —como se narra en la tercera parte del segundo tomo de su autobiografía, Galera ed esilio (Ponte alle Grazie, 2017)— no cejó de hacer de su praxis intelectual una forma de militancia contra los poderes e intereses que en su país natal se impusieron en los llamados “años de plomo”, el filósofo y militante Antonio Negri regresó a Italia. Al llegar, fue inmediatamente detenido y encarcelado en el penal de Rebibbia. Vivió privado de la libertad plena hasta el año 2004. El derrotero de su vida y su trabajo durante en esa época se puede leer en Da Genova a domani, el tomo publicado por el mismo sello hace apenas unos meses y con el cual se cierra la trilogía de su monumental relato autobiográfico subtitulado “Historia de un comunista” y editado por Girolamo de Michele.

Pero gran parte del aprendizaje filosófico que Negri extrajo de ese ciclo de experiencias de destierro, separación y confinamiento se puede leer en El exilio (preparado, mientras Negri estaba recluido, por Maurizio Lazzaratto y Raffaele Ventura y editado en español por El Viejo Topo en una edición que incluye textos de Rossana Rossanda, Giorgio Agamben y Paolo Virno). “En la cárcel no se piensa en otra cosa que en la libertad”, dice Negri. Pero no se la piensa distinto por el hecho de haber sido privado de ella. El encarcelamiento —escribe Negri desde la cárcel— no es una precondición para la reflexión en torno a la libertad; ni hay, por supuesto, un valor a priori para los enunciados de quien habiendo padecido su privación reflexiona sobre ella. El pensamiento convierte la vida en libertad; porque “la vida es una cárcel cuando no se la construye”. Como buen lector de Spinoza, Negri está convencido de que esa construcción está ligada a la vida de las pasiones positivas, “las que construyen comunidades al tiempo que liberan las relaciones” porque liberan “la capacidad que cada uno tiene de aferrar el tiempo, de traducirlo en un proceso ético”, es decir, en un proceso de construcción de la vida en común.

Por eso el fantasma mayor de la vida libre no es la cárcel sino la soledad. Y la soledad, para Negri, es ante todo la impotencia: “el momento en que uno ha agotado un determinado tipo de investigación, un determinado tipo de trabajo, y se ve solo”. Contra ese fantasma, en el exilio o en la cárcel, el filósofo opone una resistencia que aprende en Leopardi: sustraerse a la derrota y orientar las fuerzas de la vida al trabajo de inventar para la vida en común, impensados mundos materiales, lucrecianos, en cuyo seno el ser y las figuras del ser podrían emerger distintas o renovadas. Y para realizar esa resistencia Negri reconoce necesario reencontrarse con otro tipo de soledad, esa soledad que —como vio Spinoza— es ante todo “un acto constitutivo del ser en torno a sí de la comunidad”.
A comienzos de 1960, en el exilio, Mircea Eliade escribe en su Diario: “Cada exiliado es un Ulises camino de Ítaca. Toda existencia real reproduce la Odisea. El camino hacia Ítaca, hacia el Centro. Lo que ahora descubro es que a todo exiliado se le ofrece la oportunidad de convertirse en un nuevo Ulises. Pero, para tomar realmente ese lugar, él debe ser capaz de descifrar el sentido oculto de su errancia: debe asumirla y comprenderla como una prueba”. Como los tres tomos de su autobiografía, este libro de Negri es un ejercicio de análisis sobre esa dramática experiencia de corte constituida por momentos de angustia, sufrimiento, depresión, impotencia que alteran nuestra relación con los otros y con nosotros mismos. Es, como diría Eliade, empezar a verlos y leerlos incluso si todavía no están ahí; porque si se los ve y se los identifica, se puede acaso imaginar un sentido y una razón de ser ante “el transcurrir amorfo de las cosas y el flujo monótono de los hechos históricos”.

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