Retrato del artista dandi

Humor, inteligencia, compromiso estético y radicalismo político en Oscar Wilde.

VICTORIA D’ARC

Oscar Wilde cumpliría hoy 167 años. Podríamos decir, entonces, que el 16 de octubre de 1854, un siglo antes de que se decretara el día de la lealtad peronista, nació el autor de una de las grandes frases que bien podría citarse en una conmemoración como la de mañana: “El trabajo es la maldición de la clase bebedora”. Es una broma sutil para matizar la espera mientras llega el pueblo a la plaza. Hace algunos años, Matthew Sturgis publicó la biografía Oscar Wilde: A Life, luego de haber estudiado vida y obra de Walter Sickert y Aubrey Beardsley. Es posible que esta biografía junto a la de Richard Ellmann sean las más interesantes y puedan complementarse en una lectura simultánea. La biografía de Sturgis podría ser el retrato más completo en un solo volumen del icónico escritor de fin de siècle, ese dandi, escritor genial y mártir gay, sosteniéndose a partir de los manuscritos descubiertos más recientemente, a diferencia de la gran obra de Elmann, que se aboca a estudiar con lucidez las principales obras del autor de El retrato de Dorian Gray o La importancia de llamarse Ernesto, que pocos meses antes del drama judicial de Wilde (acusado de sodomia, por la que terminó encerrado en la cárcel de Reading) había sido estrenada bajo una tormenta de nieve y aclamación de la crítica.

No sólo fue un enorme escritor, Wilde también fue una celebridad de su época, conocido por sus extravagantes epigramas y paradojas para la hora de la cena. De hecho nunca me cansaré de repetir que El arte de conversar (Atalanta) es un libro delicioso para observar la exhibición de inteligencia y humor que se manifiesta en Wilde. No es raro entonces que el enorme historiador Peter Ackroyd haya dicho que “Wilde ayudó a reintroducir la tradición oral en la literatura victoriana. Perfeccionó el arte del diálogo en sus escritos críticos y representó el poder de la oratoria en sus juicios. En esto descansa el fundamento de su genio único.”
Sturgis cuenta que a los veintitantos años, Wilde había perfeccionado antes la expresión de sus pronunciamientos (la enunciación lenta, el gesto casual de la mano) mientras daba una conferencia sobre esteticismo y decoración del hogar en Estados Unidos. Allí también fue ungido por el poeta Walt Whitman, asistió a una ceremonia vudú en Nueva Orleans, se emborrachó con los mineros en Leadville, Colorado, y miró las Cataratas del Niágara para decir, con la misma ironía de siempre, que “todas las novias estadounidenses son llevadas allí, y la vista de la estupenda cascada debe ser una de las primeras, si no la más aguda, decepción en la vida matrimonial estadounidense.”

Desde su infancia, Wilde fue el chico maravillas. Sus padres, sir William Wilde, un distinguido cirujano oftalmológico, y su madre, una destacada mujer de letras apodada Speranza, se convirtieron en el principal salón artístico de Dublín. En Oxford, donde Wilde perdió su acento irlandés y obtuvo un doble primer grado, primero escuchó el evangelio de John Ruskin, profeta de la fuerza social y moral del arte, pero luego transfirió su lealtad a Walter Pater, quien ensalzó la intensidad personal, autorrealización y estilo. Desesperado por ser famoso, Wilde se instaló en Londres, donde el cada vez más extravagante dandi cortejó a las más bellas mujeres de la alta sociedad y terminó por casarse con Constance Lloyd, un verdadero matrimonio basado en el amor, al menos hasta que Wilde comenzó a practicar lo que hasta entonces sólo había conocido a través de los libros. En la obra de Wilde encontramos, como escribe Sturgis, un individualismo desafiante, una negativa a aceptar las limitaciones de la sociedad, herejías sexuales, su radicalismo político, un verdadero compromiso con el estilo. Fue encantador pero también imperdonablemente cruel con Constance. Fue un artista nato (ver sus maravillosas cartas recopiladas), ingenioso pero a la vez débil o indeciso cuando más contaba sobre su vida (y allí está De profundis para sostenerlo), Wilde también era una masa de contradicciones y ambigüedades. Como todos.

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