Flavio y los nombres

Desde su primer libro, “Recuerdos de Córdoba”, Flavio Lo Presti viene construyendo una obra explosiva que tiene a los nombres propios como enigma.

FRANCISCO BITAR

Flavio Lo Presti es uno de esos escritores del que se podría decir que cada último libro es el primero. Y es que cada uno de ellos funciona como suma de los anteriores a la vez que inaugura una búsqueda que no estaba en el libro anterior, una nueva aventura de la forma. En este sentido, no son libros de un orden intercambiable, donde cada uno variaría el mundo ya presentado apenas en algún detalle, pero reproduciendo el modelo de siempre. Naturalmente, el lector podrá recorrerlos como le parezca, pero sólo recomponiendo el orden en el que fueron apareciendo será capaz de reconstruir otra historia, la que se cuenta en los cortes y las continuidades que hay entre ellos. Sólo atendiendo a la sucesión se puede apreciar el cuento que Flavio nos cuenta, no ya en cada libro, sino de un libro a otro.
De Recuerdos de Córdoba a Los nombres, desde los nombres propios a los nombres comunes, esa historia que hay entre los libros de Lo Presti está presente, justamente, en los nombres y su evolución. Como todo el mundo sabe, un nombre es una categoría vacía: Roberto, Juan, Tatiana (o María, Elisa y Kreplak, para listar algunos de los que hay en su último libro y que titulan los cuentos) no dicen nada hasta que conocemos su referente o hasta que los cargamos de sentido, que es lo mismo. Antes de hacerlo, un nombre no se mueve, no piensa, no se diferencia: es menos que una piedra, de la que, por inerte que sea, al menos sabemos que es un fragmento del mundo mineral.

Recuerdos de Córdoba es el libro de los nombres saturados de sentido: Aira, Saer, Fogwill, con su sola mención, hablan por sí mismos, no necesitan, como quien dice, de una presentación. Su nombre ya no puede designar otra existencia que no sea la de unos escritores que, a esta altura, creemos conocer en persona. De hecho, cualquier texto que los contenga como personajes, pertenece más a la lógica del espectáculo que a la del relato; y ese es el modo en que aparecían en el primer libro de Flavio: a título anecdótico; su aparición se correspondía al cuento del tipo “la vez que conocí a un famoso”. Así los leíamos (o los consumíamos) nosotros a medida que aparecían en el periódico La voz del interior: a las carcajadas, y enternecidos por este personaje entrañable, el propio Flavio, que veía en cada uno de estos encuentros un episodio de cholulismo o de nerdismo literario, pero en donde había siempre un momento de revelación, una instancia de aprendizaje.

Mucho peor es el libro que compila los nombres del pelotón de escritores que viene detrás, el de la carrera de ratas de la literatura argentina, adonde cada competidor parece dispuesto a cualquier tipo de argucia, por penosa que fuera, con tal de adelantar media cabeza al escritor que tiene al lado. La manera que tiene Flavio de adjudicar sentido a estos nombres es mediante el gesto crítico por excelencia: la ironía. Allí adonde un escritor busca diferenciarse, parece decirnos este vampiro delicado y feroz, es decir, allí donde un escritor busca producir poder, es por lo general adonde cae víctima de su propio veneno narcisista. La gran mayoría de los nombres de este segundo libro han quedado inmovilizados por el lugar que se les ha adjudicado desde afuera a sus obras o, todavía peor, por lo que creen saber de sí mismos. Allí está la marca borgeana del mejor Lo Presti: el lector que no se deja corromper por los órdenes de centralidad de la cultura, y que propone en cambio una lectura refinada y marginal, al punto de que el blanco de su crítica parece recaer menos en aquellos nombres más o menos extraviados que en este aparato centralizado que produce cultura para dummies.

Con Los veranos hay un retorno al relato, y los nombres, por primera vez, pasan a ser comunes. Al contrario de los nombres propios de los libros anteriores, que devolvían de manera automática cierta imagen al lector, hay aquí, en los nombres comunes, un espacio abierto para la escritura, y el narrador sabe aprovecharlo hasta la saturación. De hecho, en Los veranos, donde Flavio recrea otra vez el arte de nombrar, los relatos podrían pensarse como largos epítetos en que no se hace otra cosa que especificar un nombre. Los hechos, cuando alguno irrumpe, se disuelven en la anécdota, y no hacen otra cosa que sostener esta larga procesión: se diría que los hechos están allí, no como dato estructurante, sino para permitir el engarce de una y otra caracterización del nombre. De ahí el ritmo moroso de Los veranos: su tiempo no es el de la acción sino uno mucho menos brusco, más parecido al nuestro, en el que pasa muy poco; y tal como nos ocurre a nosotros, la suma de esos tiempos en que nada pasa va modelando cada nombre a su manera, con el tiempo de los días y los años, con el tiempo del calendario.

Todo este recorrido circular en torno al nombre (el de la anécdota iniciática, el recurso a la ironía, el epíteto descomunal) parece permitirle a Flavio dar este paso, el último hasta ahora, que leemos en Los nombres. Aquí los nombres, liberados de todo prestigio, vuelven a ser comunes, pero la manera de darles vida no es ya la de estirarlos hasta tocar, con la descripción, la aureola del nombre que sigue, sino permitiendo por fin el ingreso de una acción de giro que altera la rutina de los involucrados. Este hecho es vertiginoso, en el sentido de que, al desajuste que inaugura, deberá imponérsele pronto un equilibrio que lo compense: es un tiempo desviado del calendario, un pliegue del tiempo dentro del tiempo. A su vez, el modo de cargar de sentido estos nuevos nombres consiste en asignar a cada uno de ellos una manera distinta de absorber el impacto de este hecho trascendente: la muerte de un gato, el encuentro inesperado con un padre ahora remisero, el ingreso de un psicópata a un taller literario, despierta en cada involucrado una reacción diferente y es esta diferencia la que los constituye.

Hay un precepto que designa esta acción, la que altera la rutina inaugurando un tiempo que es el del relato: lo llamamos conflicto. Hay otro para estos involucrados que van a responder a su manera a dicho conflicto: los llamamos personajes. Finalmente hay un tercer precepto para el texto que teje la trayectoria de ambos, conflicto y personajes, y que equivale al arco del tiempo inaugurado: se le dice cuento. Con Los nombres, Flavio consigue por fin sacarse de encima el lastre de la referencialidad para animarse a hacer lo que hacen, no los periodistas, sino los escritores: imaginar. Desde luego, se trata de una imaginación sobria, controlada por un tempo férreo, que inhibe todo exceso en virtud del avance. En suma: Los nombres supone agregar a la astucia verbal cultivada en libros anteriores, este entretenimiento hecho y derecho. El resultado es explosivo. Pero para nosotros, que no podemos sacarnos de la cabeza al Flavio de los encuentros con Fogwill, al de los ataques a los escritores de moda, al de su cuita eterna con el padre, para nosotros, decía, este fin de la referencialidad no equivale a la muerte del autor sino al comienzo de algo distinto, algo que se parece a un fantasma: ya no sabemos si las cosas que ocurren le han pasado o no a este viejo conocido. Y es que, al tiempo que concurre la ficción, un velo se posa sobre el nombre de Flavio Lo Presti: este velo es el signo mismo o, tal como lo llama Aira, el mito del escritor. Con los nombres, Flavio se aleja, pone un acertijo entre él y nosotros, lo que hace de sus libros ya no una obra analógica sino un enigma codificado en su propio nombre. O en su nombre propio.

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