Alejandría

La mítica ciudad griega en la pluma de E. M. Forster

Salvador Gargiulo
Baudrot, 1960, el restaurante de Alejandría, al lado de la Oficina de Información Británica y enfrente del Mohammed Ali Club, en la calle Fuad, donde Forster y Kavafis trabaron amistad.

Las biografías de ciudades son un género anacrónico y encantador. Anacrónico porque los medios audiovisuales tienden a relevar las pacientes labores de la descripción; encantador porque lo animan afectos profundos, pactos de sangre, encantamientos, furores, deudas de gratitud. Esos encuentros fulmíneos donde al viajero se le revela, por primera y última vez, “su lugar en el mundo”[1].

El género se confunde subrepticiamente con la guía turística y, cuando lo hace, la enaltece. El límite entre ambos es felizmente difuso. Tengo por cierto que las Guías del Peregrino, publicadas por editorial Aguilar en la década de 1980, contaban con textos que bien hubieran podido sumarse a las huestes literarias, y es sabido que la obra de Pausanias[2] —que a ningún editorse le hubiera ocurrido ofrecer como una simple guía turística— fue útil a muchos “turistas” y viajeros, al menos hasta el Siglo de las Luces.
Lawrence Durrell tenía esta obra en tan alta estima que no solo la trata de obra de arte sino que él mismo escribe su magnífica Las islas griegas[3] inspirado en este libro. Como toda obra ectópica en la producción del autor, Alejandría es el libro más relegado de Forster: fue publicado en 1922 en Egipto y recién vio la luz en Gran Bretaña en 1982. Dos años después, Seix Barral lo publicaría en castellano, en traducción de Jordi Beltrán Ferrer[4].
Forster escribió este libro cuando fue destinado a Alejandría durante los años de la Gran Guerra, como voluntario de la Cruz Roja. Permaneció allí poco tiempo (entre 1915 y 1918), y en ese lapso se propuso compendiar los dos mil doscientos cincuenta años de existencia de la ciudad[5]. Consta de dos mitades: la primera de carácter histórico, la segunda, a modo de guía citadina.
Cuando Durrell escribe el prólogo de este libro (después de 1977) ya apunta que de la Alejandría romántica de Forster apenas quedaban huellas. “La ciudad actual me deprime de modo indecible”, escribe, y endilga esta decadencia a los flirteos de Gamal Abder Nasser con el comunismo, que provocaron su “efecto embotador” sobre la ciudad. Pero ya en 1849 el viajero alemán Richard Lepsius se lamentaba del mismo modo respecto de los monumentos de la Alejandría clásica[6]. Alejandría aparece, en ambos autores, como una ciudad destinada a perderse y a reencontrarse. “Quizás algún accidente feliz vendrá a renovar otra vez el manantial secreto y lo hará sugestivo para una nueva generación de poetas. Apolonio, Teócrito, Kavafis te animan a creer en semejante futuro a pesar de lo que hoy se muestra ante tus ojos”, apuesta Durrell al cierre de su introducción.

E. M. Forster en Alejandría (1917).

Es probable que hoy nadie escriba esta clase de obra. Y es probable también que esta afirmación haya sido válida noventa años atrás, cuando el enciclopedismo empezaba a ser considerado un lastre del siglo XIX. De hecho, el espíritu que alienta a Forster contrasta con el solipsismo de un Barthes en China o con las vanidades y destrezas del yo narrador presentes en las obras de Robert Byron o del propio Bruce Chatwin. Tampoco consiente las prebendas de otros géneros apuntados al viaje (el diario, el epistolario), que suelen excusar al autor de mayores compromisos a la hora de tratar con la geografía o con la historia. Forster en cambio recorre una y otra vez cada calle, consulta cuanto libro cae en sus manos, revuelve estanterías, descubre detalles que habrán pasado desapercibidos para los propios alejandrinos. La primera persona abre el juego a una tercera del plural, como si nos participase de sus itinerarios sin decirnos a las claras quién oficia de guía[7].
Doble anacronismo entonces —el género, la ciudad abolida— que pone al lector actual ante una guía que se torna literatura por ese efecto de fantasmagoría que otorga aquello que apenas existe, como podría serlo el Pekín de Pierre Loti, la Roma de Piranesi o el Buenos Aires de cualquier viajero británico del siglo XIX.
Por linaje y nombradía, Alejandría cuenta con su propia trinidad tutelar[8]: Lawrence Durrell, Edward M. Forster, Konstantinos Kavafis. Todos ellos fueron flechados por sus calles, sus bares, su gente, sus hoteles, su historia. Y por la sombra abrumadora de su fundador. Cada uno cumple además en auscultarla desde un ángulo diverso: Kavafis desde la lírica; Durrell desde sus personajes excéntricos y memorables. Forster en cambio presta su voz a la ciudad y desaparece de escena. Es la propia Alejandría la que nos abre las puertas para conducirnos por el entrevero de sus barrios, por el menguado esplendor de sus mezquitas, sus canales y sus templos.

Calle Lepsius. Kavafis vivía en el piso con balcón desde 1907 hasta su muerte, en 1933. “¿Dónde podría vivir mejor?”, escribió. “Abajo, el burdel atiende la carne. Y está la iglesia que perdona los pecados. Y ahí está el hospital donde morimos”.

No conozco Alejandría. Ignoro por lo tanto qué tan inútil sería el libro de Forster a la hora de visitarla. Uno podría sospechar que una ciudad que arrastra consigo dos mil años de historia no debieran aquejarla los cambios, pero Alejandría, como vimos, tiene fama de voluble e inconstante. Me permito sugerir a los interesados una pequeña hoja de ruta, que empieza con este libro, sigue con los poemas de Kavafis y culmina con el Cuarteto de Alejandría, de Durrell. El orden no debe ser alterado, so pena de echarlo todo a perder.
Dudo que quien pueda hacerlo no saque pasajes a Egipto después de haber cerrado Clea, el último eslabón de la saga durrelliana. Y aun cuando al llegar a Alejandría lo que vea no sea más que una ciudad opacada por el progreso, será una ciudad tan acariciada por tantas voces que bastará con evocarlas para encender la llama.
Después de todo, de una ciudad que se hizo famosa por una biblioteca y por un faro no podría esperarse otra cosa.


Notas

[1] Peco de ingenuo, pero creo realmente que cada mortal debe tener su lugar en el mundo y que pocos –por no decir nadie–, tuvieron el privilegio de hallarlo.
[2] Pausanias, Descripción de Grecia. Gredos-Planeta Agostini, 1996, Madrid, España.
[3] Durrell, Lawrence. Las islas griegas. Ediciones del Serbal, 1982, Madrid.
[4] La edición de Gatopardo reproduce la traducción de Beltrán Ferrer, revisada y actualizada.
[5] Los proyectos faraónicos abundan entre los cultores de esta clase de biografías.
[6] Lepsius, Richard. Denkmäler aus Aegypten und Aethiopen, 1849.
[7] En ese sentido, este libro se asocia perfectamente a otra obra consagrada a Egipto: Maneras y costumbres de los modernos egipcios, de Edward William Lane (Libertarias Prodhufi, 1993).
[8] Se hará justicia al incluir a otro excepcional cronista que también dedicó parte de su vida a celebrar la ciudad, autor favorito de Frank Kermode y editor de la versión británica de esta obra. Me refiero a Michael Haag, autor de Alexandria, city of Memory (Yale University Press, 2004) y Alexandria Illustrated (The Amrrican University of Cairo Press, 2002).

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