Sobre los arreglos de la casa

El autor de “Un accidente controlado” presenta una serie de reflexiones sobre pequeñas delicias de la vida cotidiana.

FRANCISCO BITAR

Los arreglos que hay que hacer en la casa me sumergen en una parálisis, lo que conduce a una desdicha tenue. Ahora es el inodoro, que se corrió de lugar; ayer fue la gotera en la pieza de las nenas; antes de eso, el enigmático desagote del lavadero. Eso por no mencionar los arreglos que quedan por delante y que preferiría no hacer el trabajo de recordar para no deprimirme por completo. Todo se desprende de esta constatación: la casa se hace una sola vez pero se rehace infinitamente.
Y si digo que, para recordar los arreglos pendientes, debería primero hacer un esfuerzo es porque hice un trabajo equivalente por correrlos de mi memoria en primer lugar. No solamente este esfuerzo se consume en mantenerlos en el olvido; también es importante mirar para otro lado cada vez que los tengo enfrente. Antes puse un muñeco de tela absorbente en el punto exacto adonde filtraba la gotera; ahora voy al baño en el inodoro de arriba. Está visto: el poder de la negación es sorprendente, y tiende un manto denso sobre nuestras imposibilidades, surcido, el manto, con parches provisorios que duran para siempre (hay acá una definición de la vida).
Ya no puedo achacar la demora a la falta de dinero: con el estipendio de la beca, sumado a mis viejas changas en la docencia, podría afrontar la mayoría de estos gastos. Pero decidirme a hacerlo supone enfrentarme a una larga serie de obstáculos, a cuál más desalentador. Primero hay que encontrar al especialista indicado, al que nunca se llega en realidad. Cada recomendación viene acompañada por una infinidad de prevenciones: que es difícil de encontrar, que si se lo encuentra puede no acudir a la cita, que es bueno pero cobra caro. No es mucho pero es lo que hay. Uno se pregunta si convendría involucrarse con gente tan intrigante o si efectivamente existen, porque difícilmente devuelven un mensaje.

Después, si llego a superar esta primera dificultad y logro encontrar por fin al especialista que vendrá a casa, todavía queda el inconveniente de recibirlo. Porque a la llegada del especialista le caben las generales de la ley de las visitas: su inconveniencia, con el agravante de que se trata de un desconocido. Debo hacer el esfuerzo por inventar un sistema de afinidades en el que se sienta cómodo, es decir, en donde sea él quien mande. Fútbol, política, el último conventillo de la televisión: lo mejor es preguntar y dejar que hable. Si estas convenciones se transgreden o tardan en llegar a la charla, se corre el riesgo de caer en el infierno tan temido: el entredicho, al cabo de lo cual el especialista podría vengarse haciendo mal su trabajo. Como suele suceder, la sensibilidad y el sentido de la urbanidad quedan otra vez de mi lado.

Pero los dos motivos verdaderos que me mantienen varado están en realidad al principio y al final. Al principio porque no quiero obligarme a desviar la atención de mis apuntes buscando un especialista y luego recibiéndolo, para lo cual debería malgastar una preciosa tarde de trabajo, o peor aún: una mañana. Al final (aunque este motivo sobrevuela cada instancia del arreglo no hecho), porque me niego a ser tan inútil como para, al menos, no vehiculizar el arreglo. Acá creo que radica la causa principal de todo el asunto (al menos, es el aspecto que todavía se me impone como una falta): es que en otras épocas era el hombre de la casa quien se ponía manos a la obra y solucionaba el problema; hoy en día, ignorante de lo que significa ser un hombre, reclamo al menos la posibilidad de conseguir un teléfono y llamar. De otra manera, mi completa inutilidad quedaría a la vista.
Inutilidad a la que quizá yo esté destinado y deba abrazar de una vez. Porque lo cierto es que no sirvo ni para una cosa ni para la otra: no tomo cartas en el asunto, ni llamando al especialista ni arreglando yo mismo lo que está descompuesto, pero me niego a que alguien más se ocupe en mi lugar. En consecuencia, el arreglo queda siempre para mañana, hasta que un día, incluso haciendo lo que hay que hacer (llamar, recibir y pagarle al especialista) todo parece solucionarse como por arte de magia. Por supuesto, fui yo quien lo hice, pero tanto demoré que es como si nadie se hubiera tomado la molestia de intervenir.
Con todo, decido tomarlo con naturalidad: no era tan difícil, al final, le digo a mi mujer una vez que llueve y la gota no pega en el parqué. Y agrego que lo raro fue haber demorado tanto en hacerlo. Ella no responde. Mi inutilidad ha agregado otro elemento al arcón creciente de lo no hablado en un matrimonio.

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