Suburbia

“Constelaciones familiares”, un conjunto de relatos ambiciosos y contundentes de Ana Llurba.

VICTORIA D’ARC

Ana Llurba tiene la osadía de escribir cuentos ambiciosos. No me refiero a páginas enrevesadas ni que se consideren “literarias”. Nada de eso. El arco narrativo que atraviesan los textos que integran Constelaciones familiares (17 grises) parte del realismo sucio y roza hasta los evangelios apócrifos. Hay una escritura con pretensión de transparencia, pero como si fuera un vidrio salpicado de mugre desde el cual somos testigos de escenas cargadas de violencia.

Dice la autora que en sus relatos utiliza el horror como una herramienta para explorar situaciones, sensaciones, ideas. Dice que le sirve para explorar el miedo y la incertidumbre. No lo toma como un género en sí. El horror, entonces, utilizado como puede utilizar la parodia, la sátira, los rasgos de ciencia ficción o la comedia, para aplicarlas de manera consciente en las historias que cuenta, no como una plataforma de despegue sino como un escenario de representación. Ciertos códigos. Cierto vestuario y tono. En el cuento que abre el libro, “Orilleras”, la respiración arltiana aborda escenas bastante cinematográficas de abuso, persecución y violencia. Quizás lo más interesante sea el recurso narrativo de que los personajes estén disfrazados de asesinos seriales y que interpreten ese papel en una suerte de mise en abyme trash.

En este volumen conviven, como dije, el realismo sucio y los evangelios apócrifos. ¿Desde qué otro lugar puede entenderse sino ese monólogo titulado “Nazaret” y que tiene en primer plano la voz de la Vírgen María? Por eso digo que Llurba es ambiciosa: como hicieron Norman Mailer o José Saramago con la primera persona de Jesús, Llurba le da espacio a la voz narrativa de la madre y se enfoca en su dolor, en su herida, en la sensación de intemperie de esa mujer de cuarenta y seis años que habla, tantos años después de haber sido esa “jovencita crédula de trece años que había sido inseminada por un rayo de luz que bajó del cielo”. A diferencia de muchas obras a lo largo del tiempo que intentaron desmitificar el mito cristiano desplegados en los textos sagrados, Llurba se propone tomar el mito como verdad sin perder de vista la vida. Soy la verdad y la vida, se escucha en catecismo como slogan, pero Llurba aquí lo aborda quizás de manera literal y en esa literalidad encuentra literatura. Consigue abordar un objeto complejo y le da voz a un personaje aturdido que perdió a su hijo pero también a su marido. Y que a la vez ya ascendió y es un objeto devocional. Esa Virgen harta y vulnerable que añora su existencia física. En ese corrimiento, Ana Llurba consigue explorar un universo emocional inédito y enfrentarse quizás a las voces más difíciles de enfrentar: las voces sagradas.
Como dice la escritora boliviana en la contratapa, todo cabe en la licuadora que es Llurba: desde sangrientas fiestas de disfraces hasta mascotas que regresan de la muerte. El género, entonces, como punto de partida para romper cabezas. “Una sonrisa” es la metáfora de la alienación capitalista de la clase media trabajadora de oficina, esa de microcentro y fotocopias, transporte público y tiempo perdido frente a una pantalla que se enciende, la rutina habitual hasta que llegue la muerte indefectible. Otro de los cuentos, “Ellis Rocket”, tiene el sonido de una canción como Smells like teen spirit pero atravesado por la pobreza y la marginalidad del conurbano apuntando con su gomero a los ídolos juveniles, como para hacerlos caer de un hondazo. Ana Llurba utiliza los lugares comunes también para agitarlos, sacarlos de su eje y en ese movimiento darles otro aire: un aire turbio y misterioso.
Quizás Constelaciones familiares no sea un volumen orgánico o sí, pero porque en estos relatos hay podredumbre. Algo se descompone siempre. En su conjunto, los textos funcionan como un catálogo de estilos y estrategias narrativas que tienen una respiración particular y bastante identificable. Digamos: no hay ruido entre la voz de esa Virgen María aturdida del cuento “Nazaret” y la de la adolescente fugitiva de “Ellis Rocket”. Hay rock y mugre y desfachatez. Ana Llurba escribió un libro como si fuera un disco sónico: con soberbia catártica y relámpagos de estilo suburbano.

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