Políticas del cuidado

Karina Batthyány y el rol de la mujer en el universo del trabajo de cuidar a los demás en un sistema que naturaliza las desigualdades.

Bibiana Ruiz
Karina Batthyány, investigadora

“Eso que llaman amor es trabajo no pago”, dijo Silvia Federici y su frase se convirtió en bandera. Desde hace décadas, sus palabras resuenan en cada movilización de mujeres y resumen la sobrecarga de trabajo doméstico al tiempo que evidencia la crisis de cuidados que nos atañe a todos. El trabajo doméstico y los cuidados entrañan un valor para la economía y la sociedad que recién empieza a calcularse en algunos países. Resulta clave reconocer el desequilibrio y entender que la única forma de resolverlo es de manera colectiva porque toca a la sociedad en su conjunto. En ese marco, la conclusión de la escritora y activista ítalo-estadounidense compromete una transformación cultural que avanza a paso lento, pero firme.
A su vez, el tema de los cuidados toma relevancia gracias al trabajo que durante años hicieron y continúan haciendo economistas, sociólogas, cientistas sociales e investigadoras feministas que lograron desarrollar ideas y conceptos que empiezan a permear los discursos públicos y de poder. Karina Batthyány, Secretaria ejecutiva del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una de ellas. La doctora en sociología y profesora de la Universidad de la República es también integrante del Sistema Nacional de Investigación de Uruguay y en Políticas del cuidado (CLACSO y la UAM-Cuajimalpa de México) se ocupa no solo del rol de la mujer en el trabajo dentro del hogar sino también como representante fundamental del cuidado de los demás dentro de un sistema que reproduce, con base en la división sexual del trabajo, las desigualdades de género.

— La distribución de los cuidados ha sido y sigue siendo un aspecto central de la desigualdad de género. Decís que los paradigmas se modifican pero el camino es largo. ¿Cuán lejos estamos de cerrar esta brecha?
— Desde el punto de vista general, efectivamente, y particularmente si miramos la región latinoamericana y caribeña. Si bien a partir de la década del cincuenta del siglo pasado comienza un progresivo avance en términos de lo que son en general los derechos de las mujeres y la igualdad de género, el avance marcado principalmente por la incorporación de las mujeres al mundo de lo público (la participación en el mercado de trabajo, en el sistema político, en lo social), todavía persisten brechas muy importantes. Las más, si uno tiene que mirar números, indicadores, son la brecha salarial (la diferencia entre los ingresos femeninos y masculinos promedialmente en nuestra región es del entorno del 30%). En promedio para la región, la tasa de actividad femenina está veinte puntos por debajo de la masculina. Hay cambios también a nivel demográfico, por ejemplo, lo que tiene que ver con el aumento de la esperanza de vida. También el cambio en la organización de la vida cotidiana, los arreglos de convivencia, en fin, una serie de elementos que sin duda se han ido modificando, pero las brechas persisten y uno de los elementos también muy notorios de esta desigualdad tiene que ver con la violencia de género, que es un fenómeno muy grave en toda nuestra región. A mí me gusta decir que detrás de todas estas desigualdades hay un nudo crítico y tiene que ver con los cuidados, es decir, con la desigual distribución de los cuidados entre varones y mujeres a nivel micro, por la división sexual del trabajo, y a nivel macro, con los cuidados en tanto carencia de políticas públicas que reconozcan esta necesidad que todas y todos tenemos de cuidado a lo largo de nuestro ciclo vital. Y la necesidad de dar respuestas desde lo público, desde lo colectivo y no dejar librada esta situación a lo individual, porque cuando la dejamos librada a que cada una de nosotras se arregla como puede, allí lo único que hacemos es potenciar más las desigualdades sociales y de género. Así como también el posicionamiento desde el punto de vista social, económico, territorial no es lo mismo para una mujer urbana, educada, con determinado nivel de ingresos al resolver las situaciones de cuidado que para una mujer sin educación en el medio rural. Entonces ahí hay un nudo absolutamente crítico que remite a una categoría que resume las desigualdades de género que es la división sexual del trabajo, es decir, esas supuestas tareas diferentes que se esperan de una persona en función de si esta persona es varón o es mujer, donde a las mujeres desde chiquititas nos formatean para ocuparnos de las tareas tanto domésticas como de cuidado, mientras que a los varones se lo formatea para ocupar el espacio de lo público.

— Con la pandemia se desdibujó un poco la frontera entre lo público y lo privado y en ese contexto, el de la convivencia laboral y familiar, se exacerbaron las desigualdades y también la sobrecarga de cuidados. Ahora que estamos en otra etapa, la de la presencialidad, ¿cuáles son las consecuencias visibles de lo que atravesamos? ¿Cómo se puede avanzar luego de ese retroceso productivo y reproductivo?
— Sí, efectivamente la pandemia fue un volver casi que, a la etapa preindustrial, donde coexistían lo productivo y lo reproductivo en un mismo espacio. Por lo menos para aquellas personas, varones y mujeres, que pudieron teletrabajar durante la pandemia, porque recordemos que no todos o todas pudieron hacerlo. Se volvió a dar esta situación de coexistencia en un mismo espacio físico de las tareas productivas y reproductivas. Y allí —que hubiera sido un excelente momento quizás para provocar cambios en esa división sexual del trabajo—, lejos de provocarse estos cambios, lo que hizo fue intensificarse aún más esa división, porque los datos que empezamos a conocer de toda la región, de países que ya han hecho estudios en esta dirección, nos muestran que quienes se hicieron cargo de la sobrecarga reproductiva durante la pandemia fueron las mujeres, o mayoritariamente las mujeres. Y digo sobrecarga de cuidados, o reproductiva, porque entre otras cosas se cerraron los pocos espacios que hay de cuidados en nuestras sociedades, por ejemplo, los centros de cuidado infantil en las escuelas, que sin duda cumplen bien esa labor de alternativa durante algunas horas al día. Esta división sexual —insisto— podría haberse modificado pero no se modificó, se rigidizó o se intensificó aún más. Entonces lo que hoy observamos es un retorno a las viejas prácticas de trabajo productivo y un retorno a esa práctica de la presencialidad pero con una intensificación, o con una todavía mayor desigualdad en lo que tiene que ver con la división sexual del trabajo prepandemia. Allí la pregunta a hacer es qué mecanismos podemos impulsar para tratar de modificar esta distancia tan grande que hay en lo que remite a la división sexual del trabajo al interior de los hogares. Y la respuesta tiene que ver con políticas públicas de cuidado que asuman de manera colectiva el cuidado como una necesidad, como un derecho y como una no obligación, es decir, cambiar el supuesto de que proveer este cuidado es obligación de los hogares y, dentro de los hogares, de las mujeres. Entender que es un tema de todos, de todas y que como cualquier otro tema requiere entonces de respuestas colectivas y un gran involucramiento por parte del Estado en la formulación de políticas al respecto.

— ¿Cómo se combaten las desigualdades sociales estrechamente vinculadas a la provisión dispar de cuidado familiar y social?
— Hay dos caminos aquí: uno es la transformación cultural que implica, entre otras cosas, el involucramiento de los varones en todas las tareas del cuidado, en entender que esto no es una responsabilidad exclusivamente femenina sino que también los varones tienen mucho para hacer en este terreno. Pero eso es en el nivel micro, y es a nivel de lo que son transformaciones culturales que como sabemos llevan mucho tiempo. Pero no nos tenemos que quedar en ese nivel micro. Justamente la forma de introducir desde el punto de vista macro, desde el punto de vista del sistema social o de la organización social son las políticas públicas y decir quién tiene responsabilidad en esto. Cuando uno mira el terreno de la provisión del bienestar social y concretamente de la provisión del cuidado como componente de ese bienestar social reconoce que hay cuatro actores principalmente: el Estado, el mercado, las familias y las comunidades. Hoy lo que tenemos es un modelo de provisión de cuidados que descansa casi que exclusivamente en las familias, y cuando decimos las familias, por medio de la división sexual del trabajo estamos diciendo las mujeres. Entonces lo que hay que hacer es cambiar esa ecuación. Lo que se requiere son otras alternativas de cuidado que no sean exclusivamente familiares y femeninas y son políticas públicas que pueden ser de servicios, de tiempo, pero distinto, que construyen alternativas o un menú más amplio que exclusivamente familiar para proveer estos cuidados.

— Planteás que uno de los grandes desafíos en torno al cuidado es avanzar hacia su reconocimiento e inclusión en las políticas públicas, ¿qué falta para lograrlo?
— El primer paso se dio —y es muy importante en los países de nuestra región, claramente el caso de Argentina, el de Uruguay, pero otros países también, México, Colombia— y es colocar este tema en discusión, es decir, lograr que este tema salga de la esfera exclusivamente privada para colocarse en la esfera de la discusión pública. Por eso nuestros países, Argentina es un ejemplo en este momento, están discutiendo las temáticas del cuidado y la necesidad de políticas al respecto. Es entender que es un problema de toda la sociedad que requiere de respuestas colectivas y por lo tanto que las políticas públicas son fundamentales en esta dirección. El segundo paso es avanzar en el diseño concreto de políticas. Ahí ya es otra la discusión que se abre e implica, en primer lugar, voluntad política, en segundo lugar por supuesto recursos, es decir, asignaciones presupuestales, y en tercer lugar discusión y consenso en torno al tipo de políticas que se quieren. Pero esto no es exclusivo de la temática del cuidado, pasa siempre cuando se pretende avanzar con un tema —cualquiera— en materia de política pública. La experiencia nos muestra el caso de Uruguay, que si querés es el que avanzó más en esta dirección. En tanto entendemos que es un derecho tiene que ser una política de alcance universal para todos y todas que tiene que estar garantizado, porque si no se corre el riesgo de la focalización permanente y eso quiere decir bueno, entonces son políticas de cuidado pero para los sectores más vulnerable o los más dependientes. ¿Por qué digo del caso de Uruguay? Porque aquí, después de quince años de un gobierno progresista hubo un retorno o una oscilación en el sistema electoral hacia un partido de corte neoliberal, como pasa en todos los países. Pasó allí en la Argentina y lo vemos. Ese tipo de tránsitos en sistemas democráticos vemos que ocurren y cuando uno no avanza lo suficiente, se corre el riesgo que estos sistemas neoliberales que tienen concepciones diferentes en torno a lo que puede ser objeto de una política pública desmonten muy rápidamente las políticas o los sistemas.

— En el libro habla del concepto de “cuidatoriado” como una nueva clase social, ¿a qué sociedad define este concepto?
— Ese concepto en realidad es de María Ángeles Durán, una investigadora española destacadísima en estos temas. Ella hace un juego del proletariado y el cuidatoriado diciendo si estamos apostando a una sociedad del cuidado, es decir, una sociedad que realmente coloque el cuidado en el centro entendiendo el cuidado como un elemento central para el bienestar individual de cada uno, cada una, pero para el bienestar colectivo. Entonces tenemos que pensar también en la clase social de quienes cuidan de distintas maneras a nivel de nuestra sociedad, de manera no remunerada, de manera remunerada, y hace ese juego de palabras que a mí me pareció muy interesante en términos de reflexión, principalmente apostando a la sociedad del cuidado, o sea, una sociedad que desplace el eje del mercado —que es hoy el que nos regula prácticamente en todos nuestros países— por el cuidado, colocándolo en el centro. Y me parece que esta idea del cuidatoriado también juega con la idea de la ciudadanía y de colocar esa cuestión en el centro, siempre con esa idea de desplazar del eje de la reflexión y del eje de las políticas al mercado.

— Uno de los capítulos del libro habla sobre el tiempo (y el uso del mismo), que se ha convertido en una variable fundamental al momento de analizar esta relación desigual.
— Sin duda el tiempo ha sido uno de los elementos centrales que hemos utilizado quienes nos dedicamos a la investigación en este tema para mostrar estas desigualdades de las que estamos hablando, sobre la base de que el día tiene veinticuatro horas para todos y para todas, no es que el día de nosotras las mujeres tiene más horas. Por ejemplo, cuando pensamos en la crianza o en el cuidado de los niños pequeños, los menores de tres años, encontramos que las mujeres —generalmente madres— dedican en promedio cuarenta horas a la semana al cuidado de esos niños o niñas. Cuarenta horas es lo que la OIT (Organización Internacional del Trabajo) define como una jornada laboral remunerada completa, mientras que los varones dedican menos de veinte. Si yo dedico más tiempo a una actividad, en este caso al cuidado por ejemplo de niños o niñas, me queda menos tiempo disponible para otras, por ejemplo, para trabajar remuneradamente, participar de actividades de la vida social, de la recreación, del descanso, etcétera. Entonces el tiempo fue una de las formas que nos dimos, no solamente en la región latinoamericana sino en otras partes del mundo, en Europa principalmente, para mostrar estas desigualdades profundas del día a día, de esa vida cotidiana que por cierto fue lo que más se alteró también durante el proceso de la pandemia.

— A lo largo del texto habla del avance de los movimientos feministas. ¿Cree que las políticas públicas que surjan y se implementen de acá en adelante tendrán una perspectiva de género mayor? ¿Por qué?
— Lo deseo profundamente. No puedo afirmar que así vaya a ser. Todo indicaría que sí, porque realmente lo que es el desarrollo del movimiento feminista en el mundo, pero en América Latina en particular, es significativo. La famosa marea verde —o como la queramos llamar— que recorre la región es sin lugar a dudas significativa y a quienes obvian este elemento central para la discusión de la organización social, de lo que son las bases sociales en las que nos organizamos, al menos les va a costar mucho trabajo, porque hoy estamos todas mucho más alertas, atentas a la incorporación de esta perspectiva feminista en los distintos planos de la vida. También en los planos vinculados más a la organización social y a la organización de las políticas públicas. Creo que se han dado avances muy importantes en la región. Esto se nota por lo menos en dos o tres terrenos, claramente en el de los derechos sexuales y reproductivos, no solamente por lo que ocurrió en Argentina con la aprobación de la ley (de interrupción voluntaria del embarazo) sino también porque en aquellos países que aún no han avanzado en esa dirección hoy el tema está muy presente en la agenda pública. También en el terreno de lo que es la violencia contra las mujeres, la violencia basada en género, que sigue siendo un problema gravísimo pero que está al menos planteado con gran preocupación en la agenda pública. Y también en lo que tiene que ver en general con los derechos de todo tipo, económicos, sociales, culturales para todos y todas. Y esto es un logro sin lugar a dudas del movimiento feminista regional.

— Retomando a Rosario Aguirre, a quien menciona en el libro, ¿cuál creés que es el “futuro del cuidado”?
— Ojalá sea colocarse en el centro de la vida de todos y de todas, es decir, que transitemos hacia esa sociedad del cuidado —como nos gusta a varias llamarla— donde finalmente todos y todas comprendamos que esta es una dimensión esencial de la vida, que sin cuidado no hay personas. Es imposible la existencia sin esta dimensión, por lo tanto tenemos que darle un lugar central en las formas en que nos organizamos socialmente y también a nivel de lo que son nuestros espacios de convivencia, nuestra cotidianidad. A esta altura es imposible tapar la importancia que tiene el cuidado y que el futuro va a ser incorporarlo como el famoso cuarto pilar del bienestar social.

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