La paradoja del panfleto

La extraña vida de un poeta imaginario en el corazón del último libro de Sergio Chejfec.

Luis Gusmán

Hay personajes que se hacen esperar; hay otros que aparecen ya desde la primera página. Gastby viene siendo anunciado por el largo relato de su vecino Caraway; Ismael y el señor K. están ahí desde el comienzo. El capitán Ahab también se demora; antes de que podamos “verlo” se oyen sus pasos por la cubierta con un ritmo áspero marcado por su pierna de madera. La Bovary y la Karenina parecen pertenecer a un tiempo diferente: el de la revelación. En Luz de Agosto, Lena, la chica embrazada que camina todo el estado de Tennessee buscando al padre de su criatura (un “tal Juan Pérez”), está ya de cuerpo presente en la primera página. En poesía, si pensamos en Balada del anciano marinero de Coleridge, el albatros viene siempre detrás del barco, pero el marinero está ya desde el comienzo. Y en el borgeano Poema conjetural, Narciso de Laprida, como aquel capitán del purgatorio, aparece huyendo hacia el Sur por arrabales últimos.

En el centro de Apuntes para un panfleto, el último libro de Sergio Chejfec, hay un personaje: Samich. Es un poeta inédito que está presente desde la primera página en la primera persona del relato. Nunca leeremos un poema suyo; pero podemos sospechar en eso la evidencia de una poética del silencio sosteniendo esos poemas no leídos. O mejor aún, una postergación. Acaso por eso la primera frase del libro es: “La radio se había convertido para mí, en una forma de la espera”, como interrumpida estaba en nuestra niñez por la voz de la radio que solía acompañarnos durante las horas de la noche con “teatro por la Radio Porteña”. Una radio constantemente encendida. Y frente a la cual podemos intuir ya que el libro terminará con una voz en el camino, la de Gardel (“Estos apuntes se han aprovechado de testimonios recogidos en la calle Carlos Gardel (partido de Morón, provincia de Buenos Aires) y, sobre todo, de libro sobre Samich publicado en 1990 en Buenos Aires con el título de Moral”) en un programa que acompaña a los camioneros nocturnos en la ruta, donde podían morir dormidos o ser despertados repentinamente por un OVNI, si no fuera por esa voz que no deja de hablarles en el viaje. Porque la radio, y por ende también la portátil que lleva consigo Samich, no admite oídos cerrados.
Samich, que en sus sueños sólo es interrumpido por las abejas y las moscas escritoras, advierte que no escribe ni fabulas, ni ningún tipo de género en que aquellas podrían tomar una existencia literaria. Se defiende con ese argumento ya que las pequeñas erinias domésticas le juran venganza. Lo que tiene para ofrecer es una literatura del panfleto; pero del panfleto que renuncia a lo reivindicación, a la ferocidad, a la proclama militante, al arte de la intriga y la diatriba. Porque el tono “panfletario” de Samich está muy lejos del estereotipado en ese género. Y en la Coda final en cierto modo Chejfec alude a ese rasgo paradójico: “Creo que algún sabio podría descubrir la profunda singularidad de la figura de Samich. Para ello debería considerar la aptitud radiofónica del personaje, una presencia incasablemente envolvente, y su contante disposición a la emisión en voz baja”.

“Samich intuye que las mujeres abandonan las tareas y se acercan en procesión. Cada una lleva su cuchillo en la mano para ser afilado. A lo mejor meten miedo al avanzar en hilera; pero en realidad, piensa Samich, han sucumbido a la melodía del afilador. No la melodía de su siringa, con que se hace notar mientras espera clientes —que para Samich representan una flauta mágica—; sino la melodía de la piedra giratoria, que suena mientras afila las hojas que va raspando. En esos momentos, Samich supone que la poesía no solo es frágil, sino que también es poca cosa”. Como en una parábola de Kafka, el afilador con su fragmento al filo cortante ha quedado en el camino. Y si bien las mujeres de la barriada recuerdan a las erinas trágicas (ya que van en procesión empuñando cuchillos), también se parecen a las sirenas kafkianas, que ya no hieren con su canto sino con su silencio.
Del afilador se esperaba el tono panfletario, filoso. Pero lo que se impone, en cambio, es un tono bajo, un susurro apenas perceptible como esa radio sonando en la oscuridad durante todo el relato. Y Chejfec no oculta su humor y su gusto vanguardista por la paradoja que se impone en “una historia sepultada en una no-historia”. Por eso hace que Samich cuente sueño aireano en que se sueña como abeja: “En tanto poeta, representa una de esas paradojas, lo más visible de lo propio y, de lo que lo posee, lo mas retraído. En la barriada, su presencia capta una mirada benévola; el aislamiento de Samich se asume como efecto de su vida secreta”. Y de inmediato, la contrapartida: “No en el sentido que busqué mantenerla oculta, gracias al aislamiento, sino que esa vida secreta tampoco le ha sido revelada a Samich”.

Lógicamente, tampoco se nos revelará nunca qué contenido de lo que oía el personaje en esa radio que había tomado ya la capacidad de adaptarse a los laberintos de su oreja. Ni tendremos oportunidad de leer ninguno de sus poemas. Inmerso en ese panfleto que nada tiene de panfletario, Samich roza la verdad cuando parece advertir que está inmerso en la pesadilla de un panfleto que escribe en su contra: “mientras escribe, le duele entender que sus poemas hablan contra él, y que eso los modela”.

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