El arte de la memoria

En una edición impresa en Argentina, la editorial Acantilado publica “Domingo”, un volumen de relatos, crónicas y recuerdos de Natalia Ginzburg.

MARINA WARSCHAVER
Natalia Ginzburg Rome 1989 Foto Leemage

En la biografía de Natalia Ginzburg, Maja Pflug reconstruye una de las tantas escenas de la escritora a sus ocho años, una edad en la que le resultan incomprensibles las violentas peleas entre sus hermanos. Natalia no entendía los motivos de esas discusiones a los gritos; “el misterio absurdo de los adultos”, como decía, oscurecía su niñez. Ese misterio de los adultos, vistos desde su mirada, adquiere siempre en sus relatos una bruma nostálgica y, a la vez, una profunda vocación por comprender. El interior de la vida familia le aportaba siempre algunas historias y también otras ideas. De hecho reconoce que una de las pocas ideas políticas que defendió se le reveló más o menos por esta época de su vida. “A mis siete años –dijo– me explicaron qué era el socialismo, vale decir, me contaron que era igualdad de bienes e igualdad de derechos para todos. Me pareció algo que era imprescindible concretar de inmediato. Me resultó raro que aún no se hubiera puesto en práctica. Recuerdo al detalle la hora y la habitación en que me regalaron esta frase, que me pareció clarísima e indispensable”. Subrayo esa anotación, ese detalle que Natalia reconoce: una cierta luminosidad, un cierto espacio. En esa conjunción de elementos (ambiente y escenario) Ginzburg construye su narrativa.

Este septiembre se cumplen ochenta años de que Natalia Ginzburg comenzara a escribir El camino que va a la ciudad, una primera novela que empezó a escribir en septiembre de 1941 y que publicó con seudónimo al año siguiente. Los recuerdos de ese instante de escritura revelan la búsqueda y las ideas de Ginzburg en su literatura.

La nostalgia es el primer motor que la desata. Dice que escribió y reescribió muchas veces las primeras páginas de ese relato, tratando de ser lo más directa y esquemática posible porque apuntaba a que cada una de sus frases fuese como un latigazo, una bofetada: un estilo que le gustara a su madre. Auténticos personajes a los que no había convocado se introdujeron en la historia en la que estaba pensando aunque en realidad, reconoce, tampoco había pensado una historia. “Descubrí que un relato breve es necesario tenerlo entero en la cabeza, como si estuviera perfectamente encerrado en su cáscara, mientras que una narración larga se desovilla sola, casi se escribe por sí misma. Así que, aunque las primeras páginas me llevaron tiempo, después tomé impulso y seguí de un tirón hasta el final”. Los personajes de esa novela eran los vecinos del pueblo que veía desde la ventana y con los que se cruzaba por las veredas. Sin que yo los hubiera invocado aparecieron en su historia.

Dice Ginzburg que al terminar la novela descubrió que, si había en ella algo vivo, surgía de los lazos de amor y odio que la unían a aquel pueblo, y del odio y del amor de los que nacieron los personajes que se confundían y mezclaban con los vecinos del pueblo y sus parientes cercanos, sus amigos y sus hermanos, y se trató de convencer de nunca escribir sobre algo que le resultase ajeno o indiferente, que tras sus personajes debían esconderse siempre personas a las que estuviera unida por vínculos estrechos. Es cierto que no la unía ningún vínculo estrecho a los vecinos de aquel pueblo pero desde luego era estrecho el vínculo de amor y odio que la unía al pueblo en su totalidad; y los vecinos del pueblo se transfiguraban, de alguna manera, en sus parientes y en sus amigos. Según Ginzburg, eso era escribir por casualidad. Es decir, dejarse llevar por el simple juego de la observación y la invención, por todo aquello que ocurre al margen de nosotros, escogiendo al azar entre seres, lugares y cosas que nos resultan indiferentes. “No escribir por casualidad –entendió– es hablar solamente de aquello que amamos. La memoria es una forma de amor, pero jamás es casual. Hunde sus raíces en nuestra propia vida, y por eso sus elecciones jamás son casuales, sino siempre imperiosas y apasionadas. Lo pensé, pero luego lo olvidé, y durante años continué con el juego de la invención ociosa, creyendo que era posible crear de la nada, sin amor ni odio, entretenida con seres y cosas por los que apenas sentía una ociosa curiosidad.” Septiembre, decíamos, es el aniversario de aquella novela, ese mes cuando la tierra enrojece en los Abruzzos. Y “Septiembre” también es el título del primer relato de Domingo, un volumen que reúne algunos textos y crónicas de Natalia Ginzburg donde la nostalgia se funde en la historia. La escritura deliciosa, la observación del detalle cotidiano y la tensión que invade las calles de un pueblo o las paredes dentro de la casa familiar son los componentes de estos textos que podrían pensarse como laboratorios y experimentos donde ambiente y escenario se conjugan como si fueran la puesta en práctica de El arte de la memoria que plantea la investigadora Frances Yates. No es menor la última palabra del subtítulo de este libro: esos recuerdos son la base de todo.

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