Willa Cather y la belleza del arte

La publicación de “La belleza de aquellos años” permite comprobar la maestría de Willa Cather en la construcción de relatos sobre el arte y los artistas.

GUADALUPE FERNÁNDEZ MORSS

A principios de los años veinte, en una serie de ensayos publicados en la prensa gráfica, la escritora estadounidense Willa Cather pretendía explicar de alguna forma el proceso artístico: lo que sucede en el núcleo de la escritura. Es un interés constante que se trasluce también en varios de sus primeros cuentos. Muchas veces, en esos ensayos, contrapone el arte al trabajo periodístico. Ella, editora en McClure’s Magazine y habitual colaboradora en revistas como The New Republic, conocía de primera mano las diferencias. Advertía que los éxitos que podía encontrar un autor en el periodismo no eran los mismos que los del arte. En esa escuela de escritura que tiene sus laboratorios en las páginas de la prensa gráfica, Cather dice que “nos enseñaron a multiplicar nuestras ideas en lugar de condensarlas”. De esta manera entendía que el mérito de una buena narración periodística radica en su pertinencia en el presente, pero tal vez carece de importancia en el mañana. Para Cather el arte debe simplificar: un proceso que se propone descubrir de qué convenciones formales y detalles uno puede prescindir y al mismo tiempo preservar el espíritu de la totalidad, de tal modo que todo lo que se ha suprimido y dejado a un lado esté allí para la conciencia del lector.

En novelas como Pioneros, Cather supo evocar sus recuerdos de infancia en Nebraska, la dura lucha contra la naturaleza de los inmigrantes colonizadores y los conflictos entre la ciudad y el campo. En otras de las novelas que la hicieron famosa (nota aparte se merecen Mi Antonia, El canto de la alondra o Uno de los nuestros, novela por la que obtuvo el premio Pulitzer) retrató la vida cotidiana de personajes comunes de los Estados Unidos, con un lenguaje simple y cercano que empatizó desde ese lugar con sus lectores. Esta maestra de latín y periodista dejó las aulas y las redacciones para dedicarse a escribir empujada por todo lo que aprendió leyendo a Gustave Flaubert y a Henry James, y también de lo que recabó de sus admirados Hawthorne, Turguénev, Conrad y Stephen Crane. Y ese linaje late en su primer libro de ficción, el contundente The Troll Garden and Selected Stories, publicado en 1905, donde los protagonistas de esos relatos representan el papel y el estatus del artista en la sociedad estadounidense. Cather muestra las pasiones, ambiciones y pretensiones, la gloria y los fracasos de esos artistas, aficionados y diletantes, que están representados junto con sus debilidades, victorias y derrotas.

Algo rescatable de la postura artística de Cather es la búsqueda permanente de su libertad creativa, como puede observarse en el relato que hace Hermione Lee en la biografía de Cather: Double lives. La escritora consideraba que el artista debía ser absolutamente independiente al mercado. Al sentarse a escribir uno toma dos decisiones: se puede escribir para satisfacer la demanda o bien para dedicarse al arte. Lo dice sin vueltas. Porque el mayor desafío es, justamente, embarcarse en la búsqueda para lo que no hay demanda, algo nuevo e inexplorado, donde los valores son intrínsecos y no responden a patrones de mercado. Lo dice en 1920 y desde ese lejano lugar podría apuntar a todos esos escribientes mediocres que quieren sumarse a la ola del trending topic de turno que puede ser la historia de una víctima de abuso, un tanguero caído en desgracia o algún policial con trasfondo de efeméride. Quince años después de aquellos ensayos, Cather vuelve a la cuestión de la inutilidad del arte y plantea el debate sobre el compromiso del artista. ¿Qué ha sido siempre el arte sino escape?, se pregunta. En tiempos en que el mundo va por el mal camino, se empuja a que el poeta se dedique a la propaganda, a generar buena consciencia. Cather no está de acuerdo. “El mundo tiene la costumbre de ir por el mal camino de tanto en tanto, y el arte nunca ha aportado nada, salvo escape, para mejorar las cosas”. Los ejes de esta discusión podrían atisbarse en ese cuento grandioso que es “El caso de Paul”, incluido en el libro de cuentos La belleza de aquellos años. Quizás sea uno de los mejores relatos de Cather. En ese adolescente que detesta el mundo que lo rodea, que detesta los negocios de su padre o la alegría que inunda las calles los domingos en su barrio, hay una prefiguración del Holden Caulfield de Salinger. Paul sólo encuentra su lugar cuando ingresa al Carnegie Hall donde trabaja como acomodador. Cada vez que empieza a sonar la música o puede ingresar en el fantástico universo tras bambalinas. “Tal vez porque en el mundo de Paul lo natural siempre había estado revestido de fealdad, él creía que a la belleza le hacía falta una dosis de artificio”. Las ideas sobre el arte de Cather puestas dentro de la maravillosa maquinaria del cuento.

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