Leyendas mínimas

Finalista del Concurso Futurock, la novela de Ezequiel Pérez retoma las historias fantásticas circulantes en los pequeños pueblos.

Paula Puebla
Ezequiel Pérez

Hay que llegar a las casas (Libros de UNAHUR) fue finalista del Premio de Novela Futurock, en su edición de 2019, y recibió el Premio Especial del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes en 2020. Se convirtió así en la primera publicación del ramallense Ezequiel Pérez, que hace confluir con pericia elementos del fantástico con las liturgias de un pueblo dormido a la vera del río, “como si una trama de Saer hubiera sido intervenida por Stephen King”. Borracheras, secretos y excursiones de caza se urden con apariciones que se manifiestan de forma inexplicable e inesperada ante un grupo de hombres que además debe lidiar con sus propios fantasmas.

Gabriela Cabezón Cámara escribe en la contratapa que la novela está plagada de “silencios largos y conversaciones cortas”, una afirmación que se constata desde el primer capítulo. ¿Cómo se escribe lo no dicho?
— En principio es difícil. Es una cuestión que me costó mucho trabajar porque lo que yo quería hacer era, de alguna manera, pensar en una forma de decir que fuera también un poco circunstancial. Es decir, que los diálogos de los personajes tuvieran que ver con la circunstancia, que fueran casi reacciones del momento, y que no dijeran cosas grandes sobre la novela.

Diálogos sobre lo inmediato.
— Sí, claro. “¿Y tu pibe cómo está?”, “Todo bien”, listo. Son diálogos muy pequeños y yo tenía ganas de trabajar con eso. Y después, al nivel del narrador, también tenía que trabajar con lo no dicho, con lo que no se podía decir o adelantar y, al mismo tiempo, tratar de estar cómodo con eso no dicho. En el sentido de no avalanzarme a decir lo que quizás había que esperar. Está el vacio, está el silencio, lo que no dice, y hay que esperarlo, tenerle paciencia. Jugar un poco contra mi propia ansiedad de decir algunas cosas que yo pensaba que iban a suceder en la novela, pero que las dejaba en reposo. Bueno, pueden suceder, puede que no sucedan, no quería adelantarme a buscar eso que viene después y que por ahí toma otro camino. Respeté esa incertidumbre que tienen los personajes de la novela, el propio narrador. Esa fue mi mejor forma de encarar esos silencios.

Hay que llegar a las casas, entre otras cosas, cuenta el regreso al pueblo desde la ciudad. ¿Qué encontraste en ese movimiento que requiere el volver?
— Es difícil la pregunta porque eso implicó mucho de mí, que tiene que ver con mis propias vueltas al pueblo, con una sensación que no me abandona y traté de ver si podía llegar a trasladar a la escritura ese tironeo, ese estar en tránsito entre un lugar y el otro. Hay un momento en el que te desacomodás y quedás en desfasaje en los dos lugares. Todo aparece desacomodado, en desorden, y me preguntaba cómo hacer, de alguna manera, para contar desde el desacomodo. Al final, el tránsito, el movimiento y el ver con ojos que son del lugar y que al mismo tiempo no son del lugar es muy interesante. Lo que te permite estar adentro y a la vez estar afuera es una mirada al tanteo de cosas que pareciera no estar en su lugar. Y está bien, hay que contar eso.

Pasa algo muy potente con la novela, al comienzo de la lectura, se produce otra vez un desfasaje y da cuenta de un corrimiento de lugar pero también en términos de tiempo. Pareciera que el narrador va de la ciudad al pueblo pero, a su vez, lo hace de un tiempo a otro.
— Quería trabajar con la idea de una temporalidad propia del espacio que estaba contando, que es ese pueblo rodeado de un río donde las cosas parecieran suceder más lentas, donde incluso el ritmo de las reacciones son más pesadas pese a que todo se está movimiento. También me interesaba que los personajes estén todo el tiempo merodeándose y que ese merodeo fuera un poco el tiempo de la novela. Está bueno lo que decís porque el desafío más grande que se me presentó fue el de hacer intervenir algunas cuestiones de lo fantástico, lo sobrenatural, en una temporalidad que me parecía ser contraria. Porque, digo, lo fantástico también es un poco el golpe, ¿no? El shock, el dejarte sorprendido ante lo que ves. Yo quería ver ese momento del shock pero en cámara lenta, quería ver qué pasaba ahí. Y lo que pasaba era que se me desarmaban todas las cuestiones acerca de lo que yo sabía del género, lo que creía saber del género, lo que había leído. Se volvía una cosa medio viscosa, medio extraña, pero que me encantó cuando apareció. Me dije que tenía que ir por ahí.

En la novela, El Tordo, Barrientos y Abel parecen estar viviendo en una curda que no se termina y, al mismo tiempo, es lo que los mantiene hermanados. ¿Qué es lo que más te gustó de crear estos personajes? ¿Qué diferencias encontrás entre lo protagónico y lo secundario? Si es que a estos tres personajes pudieras encuadrarlos en la categoría de reparto.
— Creo que no, pero porque mi primera forma de entrar a la novela fue hacer que personajes hombres, en un pueblo, se relacionaran con todo lo que eso implica, en un lugar donde las relaciones están tan mediadas, tan normativizadas, tan dichas cómo tienen que ser. Eso era lo que más me interesaba, de hecho, arrancó casi entre una relación entre Andrés y el narrador, con la lupa en cómo funcionaba esa relación entre hermanos hombres y en qué se encuentra en medio de ese vínculo.
La novela también es un poco sobre la amistad entre esos personajes. Y es una amistad muy tironeada: por el pueblo, por lo que ellos quieren, por el pasado, por las tragedias familiares, por lo que deberían ser y por suerte, a veces, no pueden ser.

¿Te propusiste escribir sobre la amistad o fue algo que encontraste en el camino?
— Te diría que antes que lo argumental más fuerte, que tiene que ver con estos suicidios reiterados, arrancó la historia con una salida de caza entre dos hermanos, con dos chicos que iban a cazar con su padre, con ausencias de mujeres muy marcadas. La novela no tiene mujeres y a la vez tiene una ausencia profunda de mujeres para mostrar que esa ausencia pesa en las relaciones. Quería respetar esos personajes hombres y dejarlos hablar en un entorno que era el que me había salido en un primer momento, sin forzarlo, sin decir algo que no fuera propio de ese mundo y que de alguna manera se me iba construyendo a medida que iba armando la relación entre los hermanos.

Hay una mixtura muy interesante de elementos de la ciencia ficción —un fantástico no futurista, por así decirlo— y un emplazamiento que tira más para lo que algunos denominan “literatura de provincias”. ¿Qué te dio esa mezcla singular? ¿Qué te atrajo? Pienso que esta novela no sería posible si aconteciese, por ejemplo, en el barrio de Once.
— El fantástico, o ciertas formas de fantástico, es un género que a mí me atrae mucho. Sobre todo porque es un género degenerado, que no se puede clasificar y encuadrar muy claramente. No escribí pensando en hacer una novela de género porque no la tengo tan clara, básicamente, porque no me parece que tenga la seguridad para decidir que voy a hacer una novela con estas normas, estas reglas, y trasladarlas a un pueblo para ver cómo funciona en un lugar que no es el que más se frecuenta. No lo pensé.
Sí me enfoqué en las relaciones y lo que los personajes mismos me tiraban. A medida que se iban construyendo la historia, y sabiendo que uno de los hermanos estaba muerto, quise indagar en cómo hace uno para relacionarse con esos muertos cuando a veces no se le pueden decir un montón de cosas porque lo que media es el silencio. Se me presentó la posibilidad de traerlos, de hacerlos volver, pero en la forma en la que vuelven a los pueblos. En los pueblos está lleno de historias fantásticas que de repente se convierten en cotidianas de una forma muy fuerte. Fuerte porque pasan en la esquina de tu casa, en la plaza a las doce de la noche, en el cementerio que está a cinco cuadras. Eso está muy en carne, están muy cerca. 

Sí, cada pueblo tiene su decálogo de leyendas…
— Con una reacción muy fuerte por parte de quienes habitan esos pueblos. Quise tratar de normalizarlo, de aceptar que pasan esas cosas.

Dijiste algo interesante, que trajiste a esos muertos para poder hablar con ellos, para que sea posible poder decirles todo lo que no se les pudo decir. Pero también pasa que los que están vivos tampoco se pueden hablar. Como cuando llega el narrador al pueblo y aparece esa situación de abrazo – no abrazo con el padre, con una verdad de hormigón que flota entre ellos que no se puede enunciar.
— Me costó mucho trabajar eso. Tenía que hacerlo desde un narrador que a la vez no se quedara en la inmovilidad absoluta, pero sí me gustaba el ser muy consciente del narrador, tratar de expresarlo de la mejor forma posible. Eso que había a la hora de abrazarse con el otro. No era una forma de acercamiento sencilla sino que tenía mucho de decisión, mucho de acercarse despacito y que de repente el tironeo lo llevara para atrás, de buscar las formas zigzagueantes de acercarse al otro, y que a veces lo pudieran hacer y a veces no.

Las muertes, los suicidios, las reapariciones vienen a irrumpir la vida del pueblo pero también a reflejarla. ¿Te parece que viene a resolver algo?
— Sobre todo Andrés, creo que son personajes que vuelven no tanto a resolver cosas sino a moverlas de lugar. Es decir, para hacer que se derrumbaran un montón de cuestiones que parecían muy consolidadas en su forma de ser. Y que de repente ese sujeto está ahí, medio grogui, y que no se sabe muy bien para qué está, por qué hace lo que hace, qué es lo que piensa, si es que piensa algo. Entonces se convierte en un desestabilizante porque no viene a resolver nada, y no responde a nada, a ninguna pregunta.
Tenía ganas de trabajarlo desde dos perspectivas: el personaje que estaba adentro, que es Andrés, que no resuelve ni responde nada sino que simplemente está ahí para que los demás proyecten sobre él. Y también tenía ganas de que alguien fuera espectador de todo eso, que mirara todo eso y se preguntara qué está pasando, que tampoco obtuviera respuestas. Entonces puse un barco sobre el río con personas que miran. Y que tampoco nadie sabe muy bien por qué están ahí, nadie sabe qué vienen a buscar, qué es lo que están tratando de encontrar en ese pueblo. No lo sabía yo, no lo sé, pero sí sé que miran. Y sé que el personaje de Andrés volvió, para algo, pero no sabemos para qué. En todo caso los personajes lo resolverán a su modo, harán con él lo que les salga hacer también con la incógnita que les plantea.

Pienso que en los pueblos siempre hay alguien que mira.
— Siempre hay una persona que escucha, una persiana a medio cerrar, que no se sabe qué hay del otro lado.

¿Qué es un libro para vos?
— Fue la posibilidad, y sigue siendo, de salir un rato de mi propio pueblo.

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