La palabra justa

Con un criterio estético basado en la economía y la precisión, la escritura de Katya Adaui es un caso excepcional en medio del ruido de los pastiches contemporáneos.

Paula Puebla
Katya Adaui

En la prosa de Katya Adaui no sobra nada. Las palabras, encadenadas con austeridad, dejan entre sí una intemperie que en muchos casos logra decir más de lo que de hecho está escrito. Pero ese carácter minimalista, ese gesto magro, no absuelve de fortaleza las dieciséis historias fraguadas en Geografía de la oscuridad (el libro editado por Páginas de espuma que ya cuenta con su cuidada impresión nacional). Por el contrario, repujan los sentidos y, sobre todo, abren una dimensión en blanco donde el lector puede moverse a sus anchas, respirar. Adaui trabaja las figuras y los fondos, mediante el tejido de una lengua propia que parece erigirse contra las piruetas del barroco, la insistencia o el derroche. Ecónoma. Precisa. Al hueso.

Las escritas en Geografía de la oscuridad son historias de padres, pero sobre todo son historias de hijos e hijas que los desafían, los exorcizan, los llevan de grandes figuras a simples mortales a través de la narración de eventos mínimos o sucesos traumáticos, en los que basta un instante para estropear eso que se llama destino y que posee una fuerza invisible pero inmensa cuando se está en crecimiento. La limeña, autora de los cuentos en Aquí hay icebergs y Algo se nos ha escapado, y de la novela Nunca sabré lo que entiendo, perfora el manto sacro de las relaciones familiares para volverlas bocados masticables, digeribles, pero también para evidenciar lo intolerable, la expulsión misma de los vínculos. Sacrificio. Amputación. Sobrevida. Supervivencia. “Están contagiadas ahora: huesos las unen y huesos las fallan. Su madre ansía su parálisis. Convertirla en su proyecto. Tenerla a disposición inamovible, a merced de un territorio acotado: su propia cama. Las dos equiparadas en el accidente de la soledad”, constata “En lugar seguro” apenas antes de que una madre y una hija confiesen que desearían ahorcarse la una a la otra. Un estancamiento polisémico que resuena en el cuento “Correr”, en el que un accidente causa la fractura femoral de la madre de la familia: “El padre, la madre, la hija, todos en cama a la vez, en el horario en que no se duermen ni la siesta ni la noche”. Allí, donde funciona “La casa como un puerto al que van a encallar cruceros perdidos” y las camas no propician el descanso sino que son “como redes”, Adaui resignifica la palabra hogar y arremete hacia donde los vínculos sin bordes se empastan hasta hacerse una única sombra, una zona de oscuridad y desamparo.
Textos rodeados de agua, familias como islas, crianzas como naufragios. Nombrar el dolor, darle cuerpo de palabra al trauma, frasear la soledad: la escritora peruana concede toda oportunidad a esos múltiples pasados para habilitar su redención. “El que no está” cuenta cómo un pescador y su hijo son engullidos por una ola gigante hacia el mar. El auxilio se precipita gracias al aviso del testigo-niño-narrador a su padre, quien ya había padecido la desgracia de perder a un hijo y observaba la escena con algo más que estupor. El rescate es parcial —“cuando rodearon el boquerón navegando contra el viento salado y alcanzaron al padre, el niño se hundió”— pero la puntada que remata la historia es definitoria: “Mi padre no dijo palabra hasta que el hombre le habló. Antes de que se bajara, le recomendó tener otro hijo. A mí me nombró como el que no está”. La cuestión de la herencia, de ese haber transitivo, vuelve como un murmullo también en “No recuerdo haber encendido este cigarro”, en el que un joven de dieciocho años ve en la piel de su padre, un veterano de guerra que fuma sin descanso, los interrogantes acerca de quién es él: “Dice que en esa época había que morir por algo y ahora hay que morirse de algo. Le he preguntado si alguna vez tuvo que matar a un hombre. Dice que la mayoría ya están muertos antes de que alguien los mate y que ve hombres morir todos los días”. Katya Adaui parece señalar los rincones del espejo donde más cuesta fijar la mirada.

En Geografía de la oscuridad, relatos breves y punzantes conviven con la naturaleza y robustecen el versus con las dificultades de las relaciones humanas. En “Los animales en los cuerpos de mis hijos” un padre disfraza para Halloween a sus dos pequeños y, mientras contempla a su hija devenida elefante piensa: “a los elefantes que perdieron a la madre se les amarra una colcha alrededor del lomo. El peso reemplaza la trompa, adonde van a refugiarse. Aunque la colcha sea lavada y mezclada con otras, siempre reconocerán su olor. Si cargan la misma colcha, semana tras semana, mes tras mes, durante sus primeros cinco años de vida, sobrevivirán”. Playas, peñascos, palmeras, quebradas, alimañas e insectos: la atmósfera en la que Katya Adaui emplaza estas infancias y juventudes. Pero sobre todo, donde elige desparramar los grandes dramas que implica esta condición universal e ineludible que es existir siendo fruto, siendo hijo. Nada es llano en una literatura así.

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