Tinta de amor no correspondido

El libro de Andrés Hax es un homenaje, una declaración apasionada y la celebración de un compromiso con Cormac McCarthy.

Luján Stasevicius

Cuesta mucho no caer en el delicado simulacro de intimidad que se nos propone en Ol de pritty jorses. Publicada en originalmente 2019 por 17grises editora y ya de camino a su tercera reimpressión, en su encatadora brevedad, es algo más que una novela. En ella, Andrés Hax se da el lujo de ensayar una tesis de doctorado sin tener que salvar los escollos de la demanda academia —el rigor exigido por lo institucional, sabemos, es una suerte de hipo pronunciado que corta cualquier pasión. Se permite incluso —viejo recurso de la ficción especulativa— plantear su hipótesis citando una hoja impresa de Wikipedia que ya no es posible rastrear. Pero se permite sobretodo interpelar a sus lectores en una zona muy íntima que acaba por mostrarnos su singularidad; por un lado, asistimos a una incesante y apasionada búsqueda del padre simbólico inalcanzable; por otro, y como si fuera un troquelado del que el protagonista es fácilmente desmontable, el escenario que se nos construye nos obliga a reconstruirnos en tanto lectores alrededor de su centro. Hax lo sabe: “el lector es una presencia fantasmal dentro de la novela”, nos espeta viéndonos. Pero es al mismo tiempo la figura sobre la que se sostiene.

En este sentido, la ¿novela? tiene la capacidad de excitar nuestro narcisismo de una manera productiva. Pocos serán los que no interrumpan la lectura para bucear en qué novela fue para ellos All the pretty horses, preguntándose si la hubo y, si fueran capaces de rendir un homenaje semejante, cómo escribirían su carta de amor luego de haber leído la que Hax escribe al orfebre de su apasionamiento infantil o adolescente.
El tono del libro de Hax es engañosamente improvisado, artificiosamente sencillo. Obliga al lector a estar siempre muy atento para no caer en la trampa de creer estar observando un morbo ajeno. Ol de pritty jorses embaucará al distraído. Sin embargo, si uno se rinde a aceptar el juego que Hax nos propone, es casi inevitable poner All the pretty horses, al menos, en la larga lista de lecturas futuras, y es, justamente, en ese acto, en esa promesa de fidelidad y en esa apuesta a la relectura —de engagement, dirían los yanquis— donde el texto cumple con su cometido. Ol de pritty jorses es en efecto, además de una gran carta de amor, un compromiso tomado con activismo despojado de todo egoísmo; léanme leer a Cormac.
All the pretty horses como novela es un espejo oscuro en una casa a oscuras. “No hay huecos entre las palabras de Cormac McCarthy”, nos dice el narrador, “No pasa luz entre ellas. Contienen luz”. McCarthy presta especial atención al detalle que la mayoría ignora —habilidad que comparte con Dan J. Marlowe, quien, sabemos la desarrolla con mucha menor destreza— y es esa atención la que permite que el enamorado lector se cuele en su obra. El objetivo, al parecer, es matar de una vez por todas al niño que leyó por primera vez el texto objeto de su pasión amorosa, al cual de hecho es ya imposible volver. Ese abismo se sutura a través de la palabra. Declarándolo muerto a él, y rebautizando la obra del padre ausente con la pronunciación rioplatense, se establece una desesperada filiación no sólo con McCarthy, sino también con el padre chileno.

Cormac McCarthy

Dice Hax —¿acaso otro seudónimo, como el del mismo Cormac?—: “Releyendo a Cormac McCarthy descubrí otra cosa que es tan obvia como la muerte, pero de la cual me olvido con persistencia: que el pasado es un lugar inaccesible y por lo tanto no se puede alterar ni en lo mas mínimo”. Recientemente especialistas en duelos, la pandemia nos ha dejado, quizás, en el mismo lugar. Hay un pasado que inexorablemente se revelará como inalterable todas y cada una de las veces que intentemos resucitarlo o, en nuestra idiotizada hybris, modificarlo. Frente a lo inaccesible, sólo queda la literatura. Hax es una prueba de ello. “leer es hacer aparecer seres imaginarios y traerlos a la realidad”, comenta, en algún punto de esta larga carta de amor no correspondido. El ser imaginario que invoca es un escritor al que, casi en un revés mitológico, le importaran sus lectores. Podría haber sido Cormac McCarthy o J.D. Sallinger. Es sugestiva la elección como objeto de amor de, entre todos los grandes de la literatura norteamericana, uno de los menos egotistas, casi como tratando infructíferamente de seducir la imposibilidad incluso antes de empezar a escribir. De eso, nuevamente, se trata la literatura; escribir infinitamente una imposibilidad que nos arrasa, nos vacía y nos hace volver por más.

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