Presencias reales

Rareza, diversidad y radicalidad en la obra de Sergio Bizzio

Maximiliano Crespi
Sergio Bizzio, narrador.

En esa suerte de bosquejo de historia oral de la literatura latinoamericana posmoderna que es El estilo de los otros (UDP, 2015), Mauro Libertella plantea una periodización de la obra de Sergio Bizzio en dos ciclos. El primero de ellos se extiende desde El divino convertible (1990) hasta En esa época (2001): durante esa década de combustión relativista, la pulsión al estilo de César Aira impone su registro narrativo en una especie de “fantástico-delirante” sobre el que permea, socarrón, un juego con elementos caros a la tradición de la “alta” literatura (como los de la gauchesca o el camino del héroe) y una experimentación con formas ligadas a géneros mass-mediáticos (como el melodrama, la ciencia ficción o el reality-show). Es sintomático que el gesto exuberante que hace coincidir gauchos y extraterrestres en el siglo XIX cierre el primer ciclo. Y también lo es que el segundo se abra justamente con Rabia, una novela de seriedad clásica que, reeditada ahora, una década después, conserva su frescura y su impacto.

Galardonada con el Premio Internacional de Novela de la Diversidad, Rabia, la novela más famosa de Sergio Bizzio, tematiza con sobria lucidez los conflictos de clase y de género y presenta una apuesta diferente, en favor de un realismo extraño, casi kafkiano, que se prolongará luego en una serie de textos donde el tema de lo mediático dará paso al problema de mediación y donde la definición del punto de vista hará emerger el celo filoso de la perversión: lugar de la mirada frente al deseo, el lugar del deseo ante la simulación.
Novelas como Más allá del bien y lentamente, Planet y Realidad, donde el diálogo se instituye  como motor narrativo, ponen en escena el proceso de transformación del relato mediático y su cada vez más marcada entronización en las fibras de lo cotidiano. Textos como Borgestein, Era el cielo o Rabia articulan, de un modo paradójico (como sólo la literatura puede hacerlo), la elástica fluidez del guión, la fuerza conmovedora del melodrama y la intriga tensa del thriller. Pero sólo en lo superficial sus tramas se cierran sobre los temas que esquematizan esos géneros. Lo que está en juego en las fábulas de Bizzio es algo más, algo ausente en la literatura de Aira, siempre indecisa entre la bizarría y el infantilismo: un desajuste entre la situación dramática y los códigos de su comprensión, una dislocación que quita al delirio de la vulgaridad de lo cómico y lo inscribe en el espacio de la fantasía que captura la imaginación siempre perversa del lector.
Los relatos de fabulación ambigua reunidos en Dos fantasías espaciales (Mansalva) ratifican la ductilidad y la efectiva elegancia de un autor experimentado en la construcción de escenas y secuencias narrativas. La trama narrativa es ágil, entretenida y seductora porque en ella siempre se insinúa un componente amenazador que desnaturaliza su eventual simpleza. Tanto por su extensión como por su tempo narrativo, “Estancia” es menos un cuento que una nouvelle. El proceso del relato se despliega, como es propio de la ficción de Bizzio, a partir de una cadena de imprevistos que alteran la armonía de lo predecible. Un largo y discutido viaje vacacional, una tormenta sorpresiva, un error de cálculo y una confusión de nombres ponen a una familia disfuncional de clase media en un escenario hostil, donde sus turbias fantasías empiezan a imaginar —o a prefigurar— los inquietantes visos de una realidad que se presume atroz.

En “Viaje al Único”, el breve relato de ciencia ficción con que se cierra el volumen, una tripulación de jóvenes es enviada al “único planeta en el que la especie humana podía vivir”, destino al que sólo llegarán sus descendientes de quinta generación, luego de trescientos años. Como en otras conocidas ficciones de Bizzio, la acción se desarrolla casi íntegramente en la nave, donde las generaciones de viajeros entran en un sucesivo y espontáneo proceso de barbarización.
Ambos relatos responden a la conjunción que da título al libro. Son fantasías espaciales. Hacen de la dislocación la condición de visibilidad de realidades en falla, relatos inconclusos, proyecciones imaginarias donde el control se debilita hasta perderse por completo. Lejos de los apacibles ideales positivos y negativos de la utopía y la distopía, sus mundos son siempre dinámicos y conflictivos —ya se sitúen en espacios cerrados o en zonas abiertas y desconocidas. Y siempre acaban por poner en evidencia que los simulacros de orden y normalidad están necesariamente tejidos sobre una sublimación de las fallas, los contrasentidos, las zonas ciegas que ejercen una resistencia a la figuración imaginaria de la realidad.
A la imagen de un consenso de sublimación estática, la narrativa bizziana responde siempre con una ficción histérica: que se desplaza del realismo sin dejar de remitir a él y que se interna en lo fantástico sin dejarse llevar del todo. La extrañeza de sus atmósferas nos pone ante una vacilación, un ambiguo “como si” (como si fuera imaginariamente este mundo, como si fuera literalmente otro), a partir del cual las tramas se vuelven inestables y la lectura se tensa indecisa entre la alegoría y la literalidad.
Como en gran parte de su literatura, en estas dos fantasías espaciales lo que impulsa esa suerte de tendencia a lo monstruoso que late bajo la trama es el cambio de atmósfera, el pasaje a esa zona franca donde el encuentro con el otro puede convertirse en el desastre de lo idéntico. La eficacia política de la fantasía bizziana se insinúa infame y contra toda inocencia. La alteración del espacio determina una variación arbitraria e imprevista en los códigos, los comportamientos y las relaciones entre los sujetos. No hay nada más difícil que “la puesta en acto de una idea” cuando esa idea está fuera de lugar. Del descontrol al desmadre hay simplemente un paso.

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