La libertad no es fantástica

Guadalupe Nettel y el despertar de los lectores

Paula Puebla

Prolífica y premiada, la mexicana Guadalupe Nettel entra en los rankings de venta cada vez que publica. La escritora no solo sacudió al mundo de las letras al consagrarse ganadora del Premio Internacional Ribera del Duero con El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma) —con cinco cuentos donde lo humano y lo animal se amalgaman de un modo peculiar, tal como lo cuenta Mariano Granizo en este mismo Cuaderno—, sino que irrumpe en la escena de la novela desde el 2006, cuando El huésped quedó finalista del Premio Herralde el año anterior.

Cinco años después de aquella publicación, Nettel acude a su infancia para construir una novela sólida y llena de pliegues, pliegues en los cuales los niveles de lectura se multiplican y arborescen hacia zonas inesperadas, como la migración o la revolución sexual de los setentas. Es así que El cuerpo en que nací (Anagrama) hace del género de la autobiografía un ejercicio virtuoso que no se consume en el anecdotario personal. “Nací con un lunar blanco, o lo que otros llaman una mancha de nacimiento, sobre la córnea de mi ojo derecho”, escribe Nettel en las primeras dos líneas de la historia, casi como para advertir al lector de que no hará maniobras evasivas sino que se asirá de esa particularidad para edificar un retrato “gracias a” y “a pesar de” ella. De este modo, la mexicana nacida en 1973 sienta una base y describe algo parecido a un destino, que no solo le atañe, la modifica y la atraviesa a nivel personal sino también a la cosmogonía familiar. Si bien “eran los años setenta y mi familia había abrazado alguna de las ideas progresistas que imperaban en ese momento” —una educación en colegio Montessori, la regla marcial de nunca mentirse y una prohibición a creer en Papá Noel, entre otros— los padres de la protagonista de El cuerpo en que nací no se tomaron a la ligera la mancha en el ojo de su hija y la forzaron a usar un parche que prometía, eventualmente, enmendar aquel pequeño distintivo que le había asignado la naturaleza. Entre el rigor de las indicaciones médicas, más la carga que puede resultar para una niña cumplirlas, y las prácticas libertinas (y no ocultadas) de sus padres asociadas al amor libre y los mantras apologéticos contra la propiedad privada, a la niña y su hermano no se les informó que sus padres habían adquirido “el derecho de ir a copular con quien le diera la gana”. Ellos entendían lo que sucedía cuando les presentaban “a una gran cantidad de amigos nuevos que aparecían por la casa, saludaban y se iban, casi tan rápido como habían llegado”, a quienes también escuchaban a través de la pared.
Sin embargo, aquella ideología tan atractiva en los papeles no demoró en afectar el vínculo de sus padres, asunto por el que la protagonista comienza a dar giros que hasta el momento solo habían sido una nebulosa fuera de todo cálculo. El esplendor familiar —los días en la casa de campo, las vacaciones impostergables y las comodidades de clase media— fue de a poco desgastado hasta que irrumpió el momento de la migración, un cuadro de situación que Nettel no narra con penuria pero sí con una mirada sumamente íntima y desprejuiciada. Instalada en Francia, la joven de El cuerpo en que nací cambia de imaginaciones como también de cuerpo: a su singularidad de nacimiento se le suma la metamorfosis de la pubertad y el vivir en los márgenes como migrantes, junto a su hermano Lucas y su madre. Amistades extrañas, lenguas desconocidas, una cultura inexplorada, todo lo recorre la mexicana antes de regresar a su país natal para reencontrarse con un padre que había sido sotto voce privado de la libertad.

En La hija única (Anagrama) Guadalupe Nettel aborda uno de los temas más resonantes de la literatura (siempre) escrita por mujeres en el último tiempo: la maternidad. Y lo hace nuevamente desde la primera persona no para contar la suya tampoco para caer en los lugares comunes del panfleto —que hoy en día ya no vende ensoñaciones maternas sino su opuesto, los calvarios desatados entre pañales sucios y libertades cercenadas— sino para ubicar a Laura, la protagonista, como espectadora de dos maternidades que se acercan de manera más o menos sigilosa a la rotura. La ganadora del Premio Herralde en 2014, logra así una maniobra novedosa e imbrica en el deseo de no maternar de su personaje central una visión más desafectada que la que se ciñe en la de su amiga Alina y su vecina Doris. Y es que todo lo trascendental de la novela ocurre, transcurre y circula entre mujeres.
Basada en la historia de una amiga muy cercana de la autora, La hija única partió de entrevistas de esa experiencia real que desmintió todos los pronósticos científicos de una muerte anunciada. Las frustraciones en el esfuerzo por concebir, la alegría de haberlo logrado y los descubrimientos durante la gestación son vueltos añicos cuando, bien avanzado el embarazo, Alina es informada por los médicos que su bebé no sobrevivirá mucho después del parto. La destreza de Nettel, de prosa ligera pero de dimensiones múltiples, está en hacer de esta montaña rusa de experiencias un viaje vertiginoso también para el lector, que se siente desollado a medida que avanza con la historia: “habían visto a Inés en el ultrasonido, la habían visto mover sus manitas y sus dedos, tan frágiles que parecían de cera. Ahora les decían que se iba a morir. No que estaba muerta sino que se iba a morir. Hacía falta esperar un mes y medio para ello. Esperar un mes y medio para que naciera y luego, casi de inmediato, perderla para siempre”.
En paralelo, mientras entre las vigas de su techo una pareja de palomas construye un nido, Laura se familiariza con la vida del otro lado del muro de su hogar, para encontrarse con Doris, una joven viuda a cargo de un hijo con trastornos en el comportamiento. “Ayer el niño que vive en el departamento de junto volvió a rebasar los límites de la convivencia. Hacia las cinco de la tarde tuvo una crisis de rabia durante la cual golpeó muros y puertas”, constata Laura que ya no puede mantenerse al margen de la escucha y se involucra en algunos de los cuidados que la madre de Nicolás, presa de una depresión paralizante, ya no puede ejercer. Alterna visitas con paseos al parque, comidas y viandas con películas y dibujos animados, y se disfruta de la compañía de un pequeño como para recordar que no hay un odio a la niñez en quienes eligen vivir childfree. De este modo, los días de Laura —con la decisión política de no reproducirse nunca en su haber— se ven trastocados por la maternidad de otras dos mujeres cercanas y por su vínculo, de ningún modo sencillo, con su propia madre: “Aunque nos queremos mucho, nuestros encuentros están llenos de fricciones y a veces también de dolorosas chispas. Según dice, yo siempre estoy cuestionando el pasado, y a ella nada de lo que hago en el presente le parece bien”. La hija única es una novela narrada desde la libertad que apela a despertar en quienes la lean espanto y simpatías, goce y dolor.