Una forma de despedida

Adiós a Tamara Kamenszain (1947-2021)

DIEGO ERLAN
ph. Sebastián Freire

Tamara Kamenszain fue una de las grandes poetas de América latina, una ensayista lúcida y una autora admirada. También fue la madre de uno de mis grandes amigos. Creo que hay muchas formas de abrazar a esos amigos que perdieron a su madre. Ojalá que estos apuntes sean una de esas formas.

Me acuerdo, ahora, la última imagen que tengo de Tamara: rodeada de sus hijes, de sus nietos –esos “lectores chiquites”– un sábado a media mañana en una plaza de Colegiales. Me acuerdo verla de lejos tratando de calmar los llantos de Pedro. Lo acunaba. No sé qué le cantaba. Imagino quizás una canción de los Beatles. Fue el 26 de junio. Apenas un mes.

Esa mañana hablamos de la pandemia, de la angustia de estos años y de esa esperanza que parecía atisbarse ahora que empezaban a llegar los turnos de vacunación a diferentes generaciones. Pienso en esa charla y en esa imagen. Nada más. Y quiero llorar y quiero leerla.

Siempre subrayé la idea de que para ella leer poesía era “leer estribillos”. Así lo dice en Libros chiquitos: “Creo que lo que a mí me atrajo desde chica de leer poesía fue justamente ese murmullo que segregan las historias cuando se suspenden y se retoman desde un ritmo que se escucha cerca, íntimamente. En esa voz que devuelve la historia a la lectura al mismo tiempo que la abandona, lo que se escucha es siempre el estribillo.”

Alguna vez, Tamara me dijo que no tenía rituales para escribir y con esa sinceridad bastante inusual confesó la escritora que hubiera querido ser: “me gustaría escribir mucho, a cualquier hora y en cualquier lugar. Me gustaría llevar conmigo una libreta para anotar ideas y que después me sirvan para algo. Me gustaría poder concentrarme durante muchas horas seguidas sin levantarme del escritorio. También sería deseable poder escribir de noche o durante los viajes. En cambio, escribo sólo en algunas situaciones y lugares y, no sé si como consecuencia de eso, mis libros no son de “largo aliento”. Además, cuando escribo me levanto a cada rato con cualquier pretexto: un café, el teléfono, un mail, Facebook, etc. Confieso que nunca pude rescatar nada interesante de las anotaciones en libretas y que, cuando viajo, me llevo todos mis materiales y ni los saco de la valija. Por otra parte, si no escribo a la mañana estoy perdida porque, según yo, mi concentración es exclusivamente matinal. Resumiendo: no soy para mí misma la escritora que hubiera querido ser. Así y todo, se podría decir que cada tanto escribo.”

Eso me lleva a una escena de escritura de El libro de los divanes, unos versos que narran la salida de una de sus sesiones de psicoanálisis, cuando se sienta en el bar de enfrente y entonces sí logra asociar libremente:
“porque ni bien la gente enciende sin mí los decibeles de su charla
ya sé que las servilletas me van a servir
para ajustar unas palabras desteñidas
a los rigores de mi impresora cuando vuelva a casa.
Eso me gusta
porque escribir se escribe para constatar
que no hay ningún inconsciente que aguante
las ganas de futuro la alegría de saber que aunque todo se repita
algo siempre va a cambiar de la casa al bar y del bar
hasta la casa alguna novedad alguna letra chica
que arrastre otra vez los términos del contrato:
el diván le cierra a la boca
lo que no vale la pena decir
mientras abre para este libro nuevo
las expectativas del qué dirán.”

Me concentraría en ese proceso que va de la adjetivación de las palabras desteñidas al rigor de la impresora y más que nada en esa caminata hasta la casa donde todo puede cambiar; marcaría la ausencia de comas, y la forma de conjugar las ideas, y esa fluidez característica de los versos para convertirse en una arroyo que cae y en algún momento hace un rulo para cambiar el sentido. Y esos puntos suspensivos que aportan las vocales abiertas del “qué dirán”. Ahí está la poesía: en esa explosión.

Pienso en cómo escribía. En la facilidad que parecía tener para decir lo que había que decir. Sin impostaciones. Durante meses fui su editor en las columnas mensuales que ella publicaba en una revista cultural. Era un placer trabajar con ella. Luego fui editor de sus memorias de lectura: Libros chiquitos. Reconozco que yo no quería titular de esa manera el libro. Durante meses intenté buscar una alternativa y ella me escuchaba y asentía y por momentos estaba de acuerdo (o tal vez me hacía creer que estaba de acuerdo) para después arremeter con su primera opción. Yo argumentaba que tenía un problema con esa palabra. “Chiquitos” me llevaba a un universo que no me interesaba: de alguna manera infantilizaba un trabajo que, a mi entender, tenía una potencia silenciosa, un libro de memorias personal, construido como artesanía de ideas luminosas y un elogio al grado cero, al error, a la poesía inadvertida, que completaba una obra crítica deliciosa. Barajamos “pequeños”, “chicos”, “mínimos” y nada nos convencía hasta que poco antes de enviar el libro a imprenta Tamara supo convencerme: había un concepto ahí detrás de “chiquitos”, una forma de enfrentarse a la escritura, al hecho poético. Había una historia. En ese disfraz candoroso se agazapaba toda una posición frente a la literatura. Mientras escribo esto tengo el libro en la mesa. Vuelvo a mirarlo. El título es perfecto.