La sangre última

Todas las noches escribo algo, un libro que pone en evidencia la extraordinaria dimensión intelectual de Carlos Correas.

Mariano Granizo

“Mientras los intelectuales y los investigadores,
especialmente los científicos y los universitarios,
se capacitan para producir conocimientos,
las masas de trabajadores y los obreros desocupados
producen realidades agónicas por el solo hecho de vivir.”
Carlos Correas, en El Ojo Mocho, Nº 15 (2000)

En ese libro fundamental para la literatura argentina que es La operación Masotta (iba a escribir para el ensayo, para la narrativa o para el biografismo, dudé, pero en realidad creo que lo es para la literatura argentina en su totalidad), Correas hace referencia al “movimiento y despliegue” en su redacción. Esos dos sustantivos marcan su trayectoria intelectual, un recorrido que no va hacia ningún lado, en sentido teleológico, porque no existe lugar o estado hacia el que ir salvo la autosuficiencia intelectual y la desazón.

Todas las noches escribo algo, recientemente publicado por Mansalva, nos permite notar el amplio espectro de trabajo intelectual que Correas le dedicó a la Argentina. Porque es innegable que todo lo que escribió y pensó (al unísono, resultado cada acción del ejercicio de la otra, enrocables y rezumando vida en cada una de ellas) persiguió irremediablemente, motorizada por una necesidad, la búsqueda de aquello que cultivara el Mal en respuesta al dios del Capital. Mansalva ya había editado Los jóvenes, donde tenemos una muestra de lo que era Correas como narrador de ficción (aunque ese límite entre ficción y ensayo en Correas es poco claro siempre, es un juego de mayor o menor presencia de uno u otro, desdibujado como toda acción tangible en su vida intelectual).
Correas, desde los límites de la revista Contorno, donde los hermanos Viñas le permitían a ese trío de jóvenes putos peronistas (quién más, quién menos) integrado por Oscar Masotta, Juan José Sebreli y él mismo publicar sus primeros escritos, hasta su suicidio a fines de 2000, ha ejercido intelectualmente –y no sólo intelectualmente– el mal. Habiendo quedado solo por el alejamiento y muerte de Masotta y el alejamiento y fama de Sebreli (“hambriento de fama, ha sido el que primero y más vastamente ha llegado a ser conocido por su fama”), el mal como forma toma posesión de su modus operandi: la homosexualidad, el alcoholismo, la excursión a los márgenes que se vuelven territorio propio y construcción político-literaria de una práctica; la polémica, la provocación en el hecho mismo de permitirse estar, “En esos años yo practicaba la homosexualidad (constituiría un exceso o una improbabilidad enunciar que ‘era’ homosexual)”; la escritura sin límites y sin pretensión de reflejo ni utilidad, la relación con las travestis de su barrio y el suicidio final. La nouvelle “Los jóvenes”, de 1953 y editada recién por Mansalva en 2012, es muestra clara que su estilo ya estaba presente antes de la publicación, en 1959 en revista Centro, de “La narración de la historia”, cuento que lo llevaría, junto a Lafforgue (editor de la revista) a un proceso por inmoralidad con prisión en suspenso. Dinero, trabajo y fracaso es la tríada siempre presente tanto en la ficción como en el ensayo de Correas; el trabajo como todo aquello que pueda hacerse a cambio de dinero, tanto de modo legal como ilegal, porque no hay legalidad posible en el imperio del dinero (“Necesito el trabajo, quiero decir el dinero” hace decir a un profesor suplente en Un trabajo en San Roque, ese relato mezcla de noir y epopeya arltiana: allí la presencia omnipotente del fracaso).

El dinero es la cosa que circula en la obra de Correas afectando a todos los que son nombrados (Masotta, Arlt, hasta a Kafka, de quien niega el intento de Brod por darle un movimiento estético hacia la elevación religiosa cuando solo era la escritura del hombre, kafkiano, sí, ante el sistema, el dinero, el trabajo, la familia); circula como los putos en sus yires, como el semen que se esparce, se da, se recibe, se desperdicia y se derrama así como ocurre con los adjetivos en su ficción y los ejemplos (a veces él mismo) en sus ensayos.
La discontinuidad en Correas fue la misma que la del país en que vivió. Si para culminar sus estudios de filosofía entró y salió de la universidad por años, no podía ser de otra manera para la publicación de sus libros. Los jóvenes reúne relatos dispersos entre 1953 y 1996; pero su primer libro publicado es el ensayo Kafka y su padre, de 1983, al que seguiría la novela Los reportajes de Félix Chaneton en 1984. Todas las noches escribo algo grafica un proyecto (de facto) amplio, desmesurado, que podía hablar tanto de Arlt, Borges, Sartre, Kierkegaard, Marx y Kant, como del peronismo, Mariano Grondona, la película Comodines (sí, la de Suar y Carlín), Diego Maradona y Adolfo Pedernera. Eso fue lo que hizo siempre, y no en compartimentos estancos donde las cosas podían distinguirse con facilidad, sino en medio de ensayos como La operación Masotta, donde se cuela El salario del miedo, esa joya de Henri-Georges Clouzot, o en “La narración de la historia”, donde un personaje puede decirle al otro que él no es Erdosain, sin que el otro sepa a qué se refiere. Las tres entrevistas que son colofón del libro dan muestra clara de esa capacidad para ir y venir, para la polémica constante como generadora de nuevos modos de pensar, de replantearse cosas para funcionar críticamente (“Solo compito conmigo mismo y en esto radica uno de mis orgullos”, escribe en el correo de lectores de El Rodaballo, a principios de 2000, no desde una lógica neoliberal propia de la época sino como consecuencia de un recorrido intelectual marginal); un entrar a la polémica sin jugar un papel impostado, siempre dispuesto a pensar sobre y ante el tema que salga al ruedo, encarando al toro con la firme seguridad de que de alguno de los dos brotará la sangre última.

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