“Las pequeñas virtudes”, de Natalia Ginzburg, reúne una serie de ensayos imprescindibles sobre la felicidad, la escritura y la vida.

DOLORES GIL

1.
Las pequeñas virtudes pertenece a la literatura de las pequeñas cosas: los hijos, los zapatos rotos, las amigas, la melancolía del invierno, las costumbres insidiosas de los ingleses. Este mundo mínimo e íntimo, paradójicamente, contiene el todo: resuenan los ecos del nazismo, las penurias de la Segunda Guerra Mundial, la dificultad de las relaciones amorosas, la muerte de Cesare Pavese, el problema del trabajo. Natalia Ginzburg es una escritora engañosa: cuando se aproxima a uno de estos problemas menores, termina desplazándose hacia el corazón de las cosas, precisa como un dardo que se clava en el blanco.

2.
El ensayo que da título a Las pequeñas virtudes también funciona como un manual de crianza a contracorriente. “Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia; sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”. Una zambullida directa in medias res que contiene más sabiduría práctica y poética que cualquier bibliografía sobre el arte de criar a un ser humano en tiempos hostiles.

3.
Ensayo, crónica, semblanza, memorias, autobiografía. Ginzburg se mueve entre estos géneros con una voz que nace del contraste entre lo alto y lo bajo, lo doméstico y lo nacional, el yo y los otros. “Invierno en los Abruzos” es un ejemplo claro: el frío de ese exilio en el interior del país —los sabañones en los pies que se curaban con la llegada de la primavera— convive con la reflexión sobre el destino de los hombres. Todo está teñido de una nostalgia casi insoportable de tan dulce y dolorosa.

4.
Sus incipit son siempre deslumbrantes: Ginzburg usa las palabras como si las probara por primera vez. “Ha pasado la guerra y la gente ha visto derrumbarse muchas casas, y ahora ya no se siente segura en su casa como se sentía tranquila y segura antes. Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca. Quizá tengamos otra vez una lámpara sobre la mesa, y un jarrón con flores y los retratos de nuestros seres queridos, pero ya no creemos en ninguna de esas cosas, porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o las buscamos inútilmente entre los escombros”. Este desencanto resuena hoy, cuando todavía no sabemos qué quedará en pie en este mundo pospandémico.

5.
Su fuerza parece estar en su actitud humilde frente al lenguaje, que pasa de lo pequeño a lo grande sin transiciones forzadas, sino más bien inesperadas, sorprendentes. En “Mi oficio”, Ginzburg habla sobre volver a escribir después de haber tenido a sus hijos “como quien no ha escrito nunca”, curada de la necesidad de hacerlo como un hombre. “Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto de las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital”. La sopa de sémola y tomate y el papel y el lápiz conviven en la escena que condensa los temas centrales de este libro imprescindible: la felicidad, la escritura y la vida.