La magia de Deleuze

En un experimento de escritura estimulante, Matías Moscardi logra con “¡El gran Deleuze!” cruzar filosofía, humor y poesía para explicar el pensamiento de Gilles Deleuze.

VICTORIA D’ARC
¡El gran Deleuze!, con ilustraciones de Aruki.

Hace varios meses que el escritor Diego Erlan viene agitando en redes un libro que se llama Las interrupciones, escrito por Nicolás Schuff (Galería Editorial). La historia es simple: un escritor intenta escribir un cuento fantástico y es interrumpido por una mosca que entra por la ventana. A partir de su necesidad de sacar a la mosca empiezan a entrar, por esa misma ventana abierta, una cantidad desopilante de personajes que lo llevan del género fantástico al policial, del romántico al terror: y así irrumpen desde un dinosaurio hasta un vampiro rumano, desde un detective privado hasta los tres chanchitos y los siete enanitos manifestándose conra los dominutivos. Lo que logra Schuff con esa arquitectura narrativa que utiliza como pilares la repetición y el delirio punteado por juegos de palabras, polisemia e incorrección política es una reflexión fascinante sobre la imaginación y el acto creador. 

No soy original si digo que los buenos libros de literatura infantil son realmente objetos de una belleza estimulante: tanto textual como visual. En este pequeño catálago de autores clásicos y contemporáneos en donde debería estar Schuff no podemos dejar de mencionar títulos de Isol, Oliver Jeffers o Sendak. A ese grupo podríamos sumar también a ¡El gran Deleuze!, de Matías Moscardi (Beatriz Viterbo). ¿Se puede traficar filosofía en un libro dirigido a niños? A ver. De alguna u otra manera los buenos supieron hacerlo: desde el relato onírico de la Alicia de Lewis Carroll. Sin embargo pretender explicar conceptos como rizoma o multiplicidad es un verdadero desafío. ¿El anti-Edipo para niños? Calma, querides mapadres. Con un tono de espectáculo circense dirigido a las pequeñas máquinas infantes (y por qué no también a los adultos no adultizados), Moscardi logra explicar con claridad, humor, ejemplos de la literatura infantil y homeopáticas cuotas carrollianas de poesía, el aparato filosófico de Deleuze, y también de ese “criatura” de dos cabezas que son Deleuze y Guattari. 

Acierta Moscardi al iluminar el impulso filosófico de Deleuze a partir de la energía del infante. Porque de alguna manera este volumen podría ser leído como una introducción a su pensamiento. Sabemos que la filosofía procura por lo general construir un orden, fijar lugares y jerarquizar las cosas. Pero ya en Diferencia y repetición, Deleuze buscaba organizar la distribución del ser de modo nómada, con ausencia de un arché, con elementos distribuidos de forma anárquica. Esta visión se opone a la clásica organización sedentaria del mundo, con una distribución jerarquizada y con un rango interno que se adhiere en función de la distancia de las cosas con el primer principio. Deleuze entiende la filosofía como crítica, como empresa de desmitificación al estilo nietzcheano, y como creación de conceptos. Busca un pensar sin imagen, no representativo, expresivo, sin fundamento, intensivo, unívoco, no distributivo ni dividido, en la línea de Spinoza y Nietzsche. 

Moscardi logra explicar con claridad, humor y poesía el aparato filosófico de Gilles Deleuze.

Aunque lo parezca no es tan fácil leer un experimento de escritura porque se requiere, a su vez, un experimento de lectura, que es una cosa mucho más rara. Que el corazón lata al leer los textos es un preámbulo necesario, más aún, una afinidad requerida para comprender; pero eso no es más que la mitad de la comprensión, la parte, como dice Deleuze, de “comprensión no filosófica” de los conceptos. En esa instancia resulta estimulante la propuesta de Moscardi con sus síntesis de conceptos como peceideas, lluviosofía, los parpagundos o los truchos de magia para tratar de pensar una vez más, de darle vueltas, ponerlo patas para arriba y revelar el mecanismo secreto del pensamiento deleuziano.

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