La escritura del mito

A fines de 2019, al cumplirse los 20 años de la aparición de Restos pampeanos, se realizó en la librería Caburé un homenaje a ese libro fundamental de la cultura crítica argentina. Alejandro Boverio leyó en esa ocasión este texto (inédito hasta hoy) donde subraya un punto central del pensamiento político de Horacio González.

Alejandro Boverio
Horacio González (1944-2021)

La primera vez que leí a Horacio González fue a través de la revista El Ojo Mocho. Llegué a la revista (que hoy puede consultarse en el Archivo Histórico de Revistas Argentinas) muy tempranamente, era todavía un adolescente, y no hubiera llegado a ella si no fuera por Eduardo Rinesi, que un día llevó varios ejemplares al curso de sexto año del Nacional Buenos Aires. Ese número, de color blanco, tenía el borgeano título “El idioma de los argentinos” y venía con entrevistas al Turco Asís y a Oscar Landi. Me acuerdo haberlas leído más de una vez. No eran entrevistas fáciles como las que solía leer en el diario, pero me resultaban mucho más accesibles, en aquel momento, que los ensayos. En ese entonces yo era todavía un chico. Leía los ensayos de la revista asombrado, de pronto acaso cazaba alguna frase en el aire, pero esos ensayos eran, ante todo, un enigma. Allí residía su potencia: sabía que en ellos había algo trascendente, pero a lo que al mismo tiempo no podía acceder. Lezama Lima comienza La expresión americana diciendo “Sólo lo difícil es estimulante”. Y es una frase que leería muchos años después pero que experimenté por primera vez frente a ese número de El Ojo Mocho. La semilla del gonzalismo en mí comienza entonces, con ese estímulo inicial. Luego vendrían las lecturas de sus libros, las clases en la facultad, las conversaciones en el bar.

Habré leído Restos pampeanos alrededor de 2007. No es uno de los primeros libros de Horacio que leí, antes fue La crisálida, aunque cronológicamente sea un libro posterior. Antes también leí La ética picaresca, y no porque fuera su primer libro, sino porque lo encontré de casualidad en la sucursal de El Aleph de Quilmes, donde yo vivía entonces. Casualmente La ética picaresca fue re-presentada, en una nueva edición, hace dos años, en esta misma librería, veintiún años después de su primera edición. Tuve el gusto y el honor de participar de esa nueva presentación. Hoy no se trata exactamente de la aparición de una nueva edición de Restos Pampeanos, pero sí acaso de una re-presentación, ¿y no es una re-presentación toda mesa, toda clase, y finalmente todo parlamento? Es finalmente una de las grandes enseñanzas de Horacio. No solo la circunstancia de que una clase pueda no diferir esencialmente de una obra teatral, sino también y sobretodo el hecho de que cada vez que se pronuncia una palabra o una frase no se hace otra cosa que volverse a pronunciar.
No existen palabras completamente nuevas. Tampoco temas. Aquellos que nos obsesionan desde siempre no dejan de reiterarse. Repetición y diferencia: de eso se trata la cultura. También la historia. Por ello los acontecimientos milagrosos, que abren un surco desde la nada solo son abstracciones.
Restos pampeanos, como toda la obra de Horacio, descansa sobre ese convencimiento. Cuando en el segundo número doble de la revista La Biblioteca, que tuvo como dossier la pregunta “¿Existe la filosofía argentina?”, además de proponer la pregunta que le da título al número, Horacio escribe un ensayo en donde la cita y los modos en que ella se trama en el marco de la filosofía y la escritura nacional organizan lo que es, a su modo, una respuesta a la pregunta por la cuestión de la filosofía argentina. ¿Cómo hacer para que la escritura filosófica no sea un simple comentario vicario, una glosa de pensamientos que se producen en el continente europeo? De lo que se trata no es de repetir, sino de reescribir los grandes temas de la cultura de Occidente. Esa es también la gran apuesta que plantea Borges en el célebre ensayo “El escritor argentino y la tradición”.

Ahora bien, lo interesante es cómo hacerlo pensando, al mismo tiempo, “la pampa”. Creo que ése es el gran reto de Horacio en Restos pampeanos. La pampa es un conglomerado de materialidades textuales y, como tal, un desafío interpretativo. ¿Cómo escribir sobre la pampa sino partiendo de los grandes textos que, en tanto tales, la constituyen? Los restos son, en efecto, pensamientos, imágenes, citas que nos ofrece el horizonte pampeano en libros como Radiografía de la Pampa o el Mito gaucho, por poner ejemplos paradigmáticos, pero en tanto restos deben articularse de una manera novedosa al punto que, en la pluma gonzaliana, no son un mero comentario sino una reescritura de los grandes mitos.
Y acaso los mitos o, mejor dicho, la cuestión del mito, sea la gran brújula del pensamiento de Horacio. Me veo tentado a decir que más que la pampa, el tema de Restos pampeanos es el mito. Es el tema que, en vuelo rasante, se picotea en decenas de textos que el libro aborda, pero al mismo tiempo es el mito mismo tratado como problema para el pensamiento.

¿Se puede o no se puede pensar adentro del mito? Ésa es la discusión que González ha venido desarrollando durante todos estos años y que en Restos pampeanos aparece explícitamente como un debate con Beatriz Sarlo y con los pensadores de la social-democracia. A fin de cuentas, en ello se cifra la polémica con la historia de las ideas y su modo de concebir la cultura.
Horacio sostiene que no sólo es posible pensar dentro del mito, sino que no hay pensamiento crítico que no parta, para construir su “afuera”, en un envolvimiento con el mito. Cito: “No es posible pensar sin el mito (o sin los mitos). Es decir, sin un momento de recalque, de fijeza, de reiteración sorda de aquello que vendría a ser el pasado esfumado o el flujo natural de una historia. Con el mito no podemos nunca tener la garantía de que la materia se ha sedimentado o se ha evaporado para siempre. Todo lo contrario, hay momentos de revelación inesperada, puntos sutiles de un continuum que repentinamente se acentúan hasta que prorrumpe el sentimiento de que estamos en un ´presente del pasado´”.
Esa idea de mito, en donde el pasado se actualiza en el presente y hace saltar el continuo de la historia es, como sabemos, el concepto de historia liberado de una línea homogénea y progresiva. Walter Benjamin estableció su crítica a la socialdemocracia alemana justamente a partir de este principio. Continúa Horacio: “Con el mito, comprobamos hasta qué punto no se pierde nada de la materia. Si todo se transforma, como proclama el dictum habitual, todo se transforma en una aparición súbita”.
Esa aparición, la de la imagen dialéctica, pero también la del súbito de la imago lezamiana es la aparición de algo que, de alguna manera, no deja de volver. Lezama Lima lo dice también cuando apunta que “la historia en la imagen no es la historia de la sucesión, sino la del súbito en la eternidad”. Habría algo del orden de lo eterno que aparece y desaparece, en su irrupción única e irrepetible es al mismo tiempo una salvación y una negación del mito.

Es Benjamin, es Lezama Lima, es Nietzsche. Y todo ello entreverado con Martínez Estrada, Carlos Astrada, Borges, Lugones, entre tantos otros. El método González es justamente una daga contra el pensamiento academicista, una crítica en acto a esa triste voluntad de estudiar cada idea en su contexto de aparición, junto con sus antecedentes históricos y sus influencias posteriores. Contra el método cronológico de la historia de las ideas, Horacio pespunta su método alegórico en donde cada idea o frase, como una pepita de oro, refulge y se proyecta hacia adelante o hacia atrás, sin importar tiempo ni espacio. Lo que importa, para Horacio, son los grandes problemas del hombre, y esos problemas no tienen fronteras ni cronologías: son eternos. Abordarlos es, entonces, tener que estar a la altura de la eternidad.
Creo entonces que Restos pampeanos, como problematización del mito se va enhebrando, también, como lo hace toda verdadera crítica, en tanto negatividad de ciertos textos. En este caso: de la tradición socialdemócrata de historia de las ideas. Si bien el gesto escriturario de Horacio suele ser contemporizador, y en este sentido cuando emprende una crítica, nunca es totalmente destructiva, ya que siempre produce pausas, detenciones, volutas, puntos a tomar en consideración, sin embargo hay momentos en donde la escritura se tensa y funciona como un chicotazo. No es el estilo del libro como un todo, puesto que lo que Horacio en general plantea en éste y en todos sus actos escriturarios son las grandes alternativas del pensamiento, esto es, se presenta una vía, la otra vía, se detiene en cada una, las sopesa, pero nunca se da una resolución completamente acabada del dilema, y en eso reside acaso la gran libertad de sus textos, puesto que son sobre todo impulsos de lectura, apetencias de textos. Pero decía, al margen de esto, hay algunos nudos en donde el texto se tensa y se concentra su voluntad crítica.

Alejandro Boverio, ensayista.

Por ejemplo, luego de estudiar el higienismo en Argentina, a Ingenieros y a Ramos Mejía, entre otros, Horacio acomete el libro de Hugo Vezzetti sobre el tema. Casi como una coda del capítulo sobre positivismo, lee a quien ha leído el problema con anterioridad en clave de historia de las ideas. ¿Qué dice Horacio? Que todo lo que afirma Vezzetti en La locura en la Argentina es incontestable. Pero que ninguna de sus afirmaciones permite una interpretación de los textos, capaz de reconocerle su singularidad y las propiedades ‘con las que ellos mismos se nombran’. La voluntad de Horacio es hacerlos partícipes de un juego de la interpretación, darles una verdadera potestad, y en este sentido una autonomía que los desvíe del destino que efectivamente tuvieron públicamente a favor del orden político amenazado por la locura. Inmediatamente Horacio cita a Masotta y a un pensamiento que figura en Sexo y traición en Roberto Arlt que dice que hay que “arrancarle” a los escritores de derecha el uso exclusivo que hacen de la idea de destino. Arrancar y sustraer conceptos para luego ponerlos a jugar en lugares inesperados para el orden que la historia misma dispuso para ellos, ése es el gran desafío del pensamiento de Horacio. Acaso todo su pensamiento avance así. ¿No era eso también aquello de leer la historia a contrapelo?

Ya que de historia hablamos, y para citar otro breve ejemplo, tiene ocasión en Restos Pampeanos una discusión con Tulio Halperín Donghi a propósito de Fray Servando, en la que se produce la misma tensión en torno a la cuestión del mito que se produce con Sarlo y en general con los escribas de Punto de vista. A propósito del célebre sermón de Servando sobre el origen del culto de Guadalupe, Halperín dice que Servando deja abiertamente de lado la verdad, en vistas de “satisfacer mejor las ambiciones de una nacionalidad”. Así Servando sería un malicioso fabricador de mitos en vistas de objetivos prácticos que deja de lado lo que debería ser una serena vocación de verdad. ¿Realmente importa el hecho de que el culto a Guadalupe fuera o no verdaderamente prehispánico? ¿Tenemos que optar entre “criterios de verdad” versus “fabricación deliberada de mitos”? ¿Es esta la alternativa? Frente a este modo de pensar, Horacio destaca unas líneas de Lezama Lima sobre el mismo personaje: “Fray Servando, bajo apariencia teologal, sentía como americano, y en el paso del señor barroco al desterrado romántico se veía obligado a desplazarse por el primer escenario del americano en rebeldía. Fray Servando fue el primer escapado, con la necesaria fuerza para llegar al final que todo lo aclara, del señorío barroco, del señor que transcurre en voluptuoso diálogo con el paisaje. Fue el perseguido que hace de la persecución un modo de integrarse (…) José Martí representa en una gran navidad verbal la plenitud de la ausencia posible. En él culmina el calabozo de Fray Servando, la frustración de Simón Rodríguez, la muerte de Francisco Miranda, pero también el relámpago de las siete intuiciones de la cultura china…”. En ese debate en torno al modo de concebir la figura de Fray Servando, entre la crítica del mito y el rescate del mito, se cifra el gran debate de nuestra cultura. Y creo que es el debate profundo que descansa en las páginas de Restos pampeanos.
¿Por qué estamos del lado del mito? Porque no existe una exterioridad al mito. Una lectura rápida de “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” basta para despachar rápidamente esa argucia. Pero también, y sobre todo, porque en la idea de una cierta transustanciación espiritual se sitúa el secreto íntimo de la historia, en donde una figura es siempre el relevo de otra anterior, en la que desde su antigüedad encuentra salvación y una nueva proyección emancipatoria. Porque es el lado de Nietzsche, el lado de Lezama, el lado de Borges. Por eso estamos del lado de González.

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