Superficies de placer

Virus marcó el rock argentino de los años 80 y a partir de testimonios y crónicas, Daniel Riera y Fernando Sánchez reconstruyen surgimiento y ocaso de la banda.

MARINA WARSCHAVER

En el principio fue el sonido.
Así podría empezar un texto bíblico, alguno de los libros sagrados del rock. Pero es el comienzo de la historia de una banda fundacional: Virus. Desde los primeros acordes de “Soy moderno, No fumo”, la primera canción de Wadu Wadu, el primer disco de Virus, hay algo en el sonido de la banda que es una declaración de principios: un manifiesto. Una guitarra que suena como si estuviera en un sótano de Manchester y arremete con una letra desfachatada, a contrapelo de cualquier cosa que pudiera escucharse. Federico Moura lo dijo en el número 3 de la revista Cráter (1983): Wadu Wadu salió de un sonido.  Ese es el núcleo y el sentido. El álbum tenía quince temas, cortos y contundentes, disparados en treinta y nueve minutos y medio: el promedio con el que se manejaban los Ramones, siempre, o los Beatles en sus tres primeros discos”. Nunca había analizado esos tiempos ni las referencias, pero se entiende el efecto que pudiera producir en la escena musical de Buenos Aires a principios de los ochenta: salir a tocar, sin respiro y hacer explotar una bomba estética frente al auditorio. 

Y decir fundacional no es una sentencia injustificada. Para nada. Tenemos claro quiénes conforman el panteón del rock en la Argentina: es indiscutible en el caso de la obra descomunal de Spinetta, de las rupturas de Charly García, en los aportes sonoros de Luca Prodan (algún día habría que analizar los casos de esos extranjeros –como Luca, como Gombrowicz– que cimentaron la particularidad de la cultura argentina), pero es extraño que no sea indiscutible la presencia de Virus en ese lugar. No podrían pensarse grupos como Babasónicos sin el antecedente de Virus. En ese linaje rupturista se creó toda una verdadera galaxia. Eduardo Berti, en 1994, escribía en el prólogo a Virus, una generación, que Soda, Sumo y Virus encarnaron en los 80 –respectivamente– a Almendra, Manal y Los Gatos. Y que la muerte de Federico Moura –con las de Miguel Abuelo y Luca Prodan– marcaron el fin de los años 80 para el rock argentino. Con la reedición de este libro de Daniel Riera y Fernando Sánchez asentimos una vez más esa postulación de Berti y a partir de esos testimonios, recuerdos, retazos de entrevistas y reseñas de la época, logramos articular la historia de ese virus, registramos aquello que la banda quería decir y hacer. Y las dificultades que encontró para lograrlo.

Gloria Guerrero se lo preguntó una vez a Moura en la revista Humor: “Y si ustedes son modernos, ¿qué es ser moderno? Federico respondió: “Es vivir en 1983, estar en acción. Es vivir ahora, pero dando la posibilidad al futuro.” El artista Roberto Jacoby, por entonces sociólogo, publicista y agitador cultural, empezó a trabajar con Federico Moura en las letras a partir de 1979 y juntos hicieron temas convertidos en clásicos como “El rock es mi forma de ser” que, como confiesa Jacoby, parte de una confusión: “Lo escribí como un sarcasmo hacia la ontología del rock y, debido a la interpretación del público, terminó convertido en himno”

Daniel Melero, en su libro Ahora, antes y después, reconoció que al principio la aparición de Virus no le dijo nada porque consideraba que no llegaban a oponerse en verdad a todo lo que existía. De todos modos, con el tiempo entendió que la aparición de la banda fue significativa: “sobre todo en la etapa de los teatros Olimpia, esa etapa medio entre teatral y moderna”. La postura de Melero se entiende a partir de esta idea: él apuesta por la “desigualdad total”. Con desigualdad no se refiere a la de oportunidades sino a que todos nos convirtamos en algo distinto. “Eso sería lo más rockero que podría existir, y ver cómo se convive en esa diferencia.” La fuerza de Virus radica en sus búsquedas sonoras y escénicas (la desfachatez que heredó Babasónicos). ¿Quedan dudas? No creo. Pero si alguna duda queda, entonces, hablemos de un disco como Locura (1985), hablemos de ese comienzo de “Luna de miel en la mano”: el teclado sosteniendo la nota, creando el ambiente, el ritmo punteado por el sintetizador y la explosión del baile. “Salto en la música, entro en tu cuerpo”.

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