Todos los hermosos caballos

Enigmático y de una belleza conmovedora, el nuevo libro de poemas de Valeria Meiller la consagra como una poeta imprescindible para las nuevas generaciones.

DIEGO ERLAN

El diminutivo engaña. El libro de los caballitos, desde el título mismo, quizás nos empuje al territorio de la ternura o la nostalgia. Sin embargo, agazapada detrás de esa forma se encuentra una densidad que en el libro de Valeria Meiller crece verso tras verso y configura en el interior de los poemas una sensación de intemperie. Desde las primeras líneas advertimos ese pasaje: “En el corazón de las tinieblas los niños/ amontonan un cúmulo de nombres, una libreta/ sin teléfonos a dónde llamar/ en la adultez para preguntar cosas.” La memoria intenta recuperar lo concreto para tener, quizás, de dónde aferrarse y esas imágenes traen tanto luces como sombras y la oscuridad arrastra a la voz del poema hacia su enigma.

Ahora intento recuperar la primera imagen que surge al pronunciar la palabra caballito y anoto un recuerdo: Una vez, en un campo al amanecer, abrí la ventana y vi pasar, entre la neblina, un caballo blanco. Nada más irreal y concreto que esa imagen. Nada más extraño. Porque pensar en “caballitos” también me empuja a esas figuras abandonadas en las calesitas de las plazas: inevitablemente tiesos pero en marcha, a veces destruidos y casi siempre sucios, como si esa infancia estuviese detenida en un espacio al que no podemos volver. Y entonces vuelvo al libro de Meiller porque en esos campos que la voz del poema atraviesa encuentra en los caballos su motivo recurrente: en la imagen pero también en el sonido. La figura del potrillo recién nacido y tambaleante, sin otra opción más que la de caminar, se revela como una fuerza salvaje y misteriosa y también impredecible, que habita en los sueños que no es otra cosa más que una variante de la memoria. Padres e hijos comienzan así una historia cargada de preguntas y miedo. De incomprensión y extrañeza. En el campo, en medio de la neblina, la voz que habla conecta como esa linterna que se enciende en el primer verso de uno de los textos el sueño de la vigilia. Otra constante en el libro es quien duerme y quien mira dormir haciéndose preguntas. Nada más infranqueable para quien está de un lado la cabeza del otro: esa sensación de descontrol, la razón de ciertos movimientos involuntarios, producto de actos reflejos que ocurren en un mundo paralelo que es el mundo construido por las pesadillas. En ese trance, alguien cercano puede volverse desconocido. 

Dice Meiller que en el origen del libro está “La pesadilla”, una conferencia que Borges ofreció en el teatro Coliseo de Buenos Aires en 1977 y que después se publicó en la recopilación Siete noches. En el ensayo, Borges analiza la etimología de la palabra “pesadilla” en diferentes lenguas: desde efialtes en griego e incubus en latín, que evocan a los demonios que oprimen al durmiente, hasta “el nombre español” que “no es demasiado venturoso” ya que “el diminutivo parece quitarle fuerza”. En su recapitulación, anota Meiller, Borges escribe que “la palabra más sabia y ambigua” es el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que se traduce al español como “la yegua de la noche”.  Borges nos cuenta que así la entendió Shakespeare, que en uno de sus versos escribe “me encontré con la yegua de la noche” y en otro “la pesadilla y sus nueve potrillos”. “Siempre me fascinó esa imagen de la pesadilla como un caballo de la noche no tanto por creer que existe algo ominoso en esa figura, sino porque evocaba para mí la idea del galope e inmediatamente me llevaba a imaginar el sonido de los cascos de un caballo golpeando el suelo en la oscuridad. En ese sonido imaginario aparece el ritmo de El libro de los caballitos, la ilusión de un traqueteo incesante, que todo el tiempo busca cortarte la respiración. Hay otra idea en ese ensayo, una hipótesis que Borges dice tomar de los metafísicos y los místicos, que sostiene que ‘para el niño los sueños son un episodio de la vigilia’. Cuando empecé a escribir, imaginé que los caballos eran los animales de ese pasaje fantástico por el cual los niños se separaban del orden de la vida diurna e ingresaban en el bosque de la noche, donde soñaban una realidad de su propia creación. En contra del sentido pesadillesco del ensayo borgeano, el sueño me provocaba pensar en la posibilidad en una realidad no reglada, que escapa de los imperativos del día, en los que los niños respondían a las órdenes de los padres y eran libres de imaginar un universo con una idiosincrasia diferente.”

Hay algo singular en el libro. Los cortes de verso, en muchos momentos, producen una sutil articulación distorsionada y eso los vuelve fascinantes. Son a la vez imágenes en suspensión que de repente pegan un cimbronazo, como la sensación que produce el paso de un trote al galope. “¿Hasta dónde se extiende esa oscuridad?/ La fugacidad de ciertos instantes/ en los que la luz está muy cerca”. En los poemas, los adultos hablan como si rezaran y los niños escuchan y asienten pero también se extravían en una imaginación que se expande con una potencia irrefrenable, como la invasión de la noche en las tardes nubladas de invierno. Pienso en ese caracter meditativo y trascendental del rezo y encuentro vinculación entre estos poemas de Meiller y el pulso sacramental de la obra de Viel Temperley. Uno de los más hermosos poemas del libro se llama “Zaino” y termina de esta manera como un susurro que se repite en el mantra de una oración.

La madre dice como si rezara:
‘Fue en este caballo que visitaste la noche.
Te acechó el pasado y su silencio
–a veces el amor se separa
con sabiduría de tu cuerpo para salvarte
y otras tus ojos avistan un campo no tan verde
donde tu corazón se comprime como el desastre.
Estuviste buscando la luz 
durante un largo rato –el galope
de tu caballo negro no vió
que otros iban sobre caballos blancos:
el trote de los hechizados, tan distinto
a la furia rebelde de tu zaino.
A veces el amor se separa
con sabiduría de tu cuerpo para salvarte
y otras tus ojos avistan un campo no tan verde
donde tu corazón se comprime como el desastre’

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