Lo primero es la familia

La argentina Camila Sportuno Ghermandi y la francesa Monica Zwaig y dos libros que reflexionan sobre la estructura fundamental de lo social

Paula Puebla

Libros diferentes, autoras distintas. Lo que las entrelaza es que dirigen su escritura al gran tema que es la familia para exponer las raíces de aquello que se aferra a nuestra tierra, la constituye. Las idas y vueltas, las peleas y distancias, el amor con y sin condiciones de esa primera sociedad a la que todos pertenecemos, con gusto, a pesar. Con plumas disímiles, aunque ambas dueñas de primeras publicaciones, la argentina Camila Sportuno Ghermandi y la francesa Monica Zwaig trabajan con los materiales de sus propias vidas, sin desentenderse de los huecos en la memoria, de las reediciones, de las negaciones. El dolor, las alegrías, los secretos y el “seguir adelante”, todo está en estas historias familiares.

No quiero volver a mi casa, de Camila Spoturno Ghermandi (Malisia)

El de Sportuno Ghermandi es un libro de cuentos que quiebra la regla de la unidad de sentido. Hilvanados unos con otros, ya sea por los personajes o los escenarios, y sin importar la hora que marquen las agujas del tiempo, los once relatos de No quiero volver a mi casa pueden ser leídos como los episodios de una novela que aún no termina. En ese gesto de trastocar la estructura del cuento, hay una intención doble: “los personajes están atrapados bajo el microscopio de la autora, y también lo están por esa familia, y por sobre todas las cosas lo están por sus vidas, y por las interpretaciones y miradas que los llevaron a construir sus vidas, por y pese a su familia”.
Conforme se avanza con la lectura, la mirada de diferentes miembros de este grupo familiar tipo cambia, madura y se reconfigura. Ubicadas dentro de las postales idílicas y romantizadas del Sur argentino, delante de paisajes florales y nevados, las hermanas Natalia y Sofía no son las mismas en “Llaves”, relato en el cual la primera le propone a la segunda una fuga infantil del hogar, que en “El regalo”, donde toma lugar un reencuentro en un bar que incluye también a su hermano varón, Francisco. “Quizás era el día de las malas noticias. Su único hijo. Si hubiera tenido dos. De dos uno homosexual no es tan grave”, resuelve para sí el padre de la familia en “Pez” cuando, en una excursión de pesca, de ligazón del vínculo masculino, es anoticiado por su hijo de que es gay.
En la prosa de Sportuno Ghermani, se infiltran en pequeños detalles el infierno en el que puede convertirse el pueblo chico cuando las cosas no salen de acuerdo al cálculo de las buenas costumbres o la suerte: una perra moribunda, vacaciones con los tíos, un abedul resistente, las desavenencias y peleas en el matrimonio de Gabriela y Roberto.
Los cuentos de la barilochense ponen de manifiesto que la historia no es un hecho único, un monolito indiscutido, sino que llevan consigo el peso subjetivo de la vivencia, sus omisiones y regurgitaciones. Algo que se manifiesta en el último cuento, donde dos de los personajes se encuentran en un café a discutir la verosimilitud de un evento narrado páginas antes.

Una familia bajo la nieve, de Monica Zwaig (Blatt & Ríos)

“Una hermosa novela francesa escrita en argentino” es una descripción precisa, una caracterización justa, de Una familia bajo la nieve. Con la inteligencia de quien sabe reírse de sí misma —y porque cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia—, la autora narra la historia de Harmonica, una mujer nacida en Francia que, por circunstancias más profesionales que familiares, llega al país de origen de su progenie revolucionaria. “Yo empiezo con hache, para que suene más francés porque en este país hay un montón de letras mudas y porque mis padres tenían la secreta esperanza de tener una hija más bien silenciosa, que no opine mucho sobre las cosas”.
La novela está dividida en tres grandes partes: una primera arraigada a los años de la protagonista en los suburbios franceses, rodeada de árabes, en una casa donde acontecieron muertes y que aloja algunos fantasmas, una segunda que cobra la forma fechada del diario, durante el 2012 con la protagonista ya instalada en Buenos Aires, y una tercera, signada por el regreso inesperado y la visita de María, la madre de Harmonica, a la Argentina.
Una familia bajo la nieve propone una lectura por momentos lúdica, por momentos triste pero que nunca cae en la tentación de la solemnidad. A los juegos escolares de la infancia —“Después de hablar de nuestro futuro profesional, empezamos a jugar a los violadores en el recreo. Yo tenía que violar a Arnaud, el chico más lindo del colegio. Él tenía diez años y yo solo siete”—, la autora le surce las escenas de la lenta disolución del matrimonio de sus padres, con la madre instalada en un pequeño departamento en París para estudiar: “Su ausencia se hacía sentir sobre todo a la noche. Había una persona menos para luchar contra los vampiros y los fantasmas. Y una persona menos para mirar el noticiero de las ocho conmigo. Papá trataba de volver más temprano del trabajo pero no lo lograba muy seguido”.
Camino inverso del que hicieron sus padres, Harmonica hace trama con su presente y urdimbre con un pasado familiar que no se atreve a serle del todo revelado. El textil que resulta de esa prosa ubica a Zwaig como una escritora efervescente, que se atreve a combinar las situaciones más superfluas con el tema sagrado de la lesa humanidad.