La almohada no sabe

Laura Crespi presenta una nueva antología de poetas japonesas

Karen Garrote

Si bien los japoneses adoptaron la escritura china en sus inicios, a partir del siglo VII los singulares caracteres chinos adquieren lectura japonesa, y poco a poco se inicia un proceso de fonetización y de aparición de una sintaxis, que, a lo largo de los siglos, culminará en la invención de los silabarios kana japoneses conocidos como hiragana y katakana. Mientras que el katakana era duro y angular, el hiragana se caracterizó por la suavidad de sus trazos y sus estilizadas curvas. Durante los siglos X y XI surge en Japón una nueva corriente: una generación de mujeres que constituirán lo que, con aguda perspicacia, Amalia Sato ha descrito como un “gineceo literario”. Las mujeres comienzan entonces a utilizar el hiragana en vez de la escritura china ideográfica (destinada, más que nada, a la episteme, a los escritos jurídicos, teológicos e históricos pero imposibles de pensar “para obras de ficción que intentaran expresar sentimientos originales”). Se trata de un momento muy especial y que no volverá a repetirse, un paréntesis extremadamente breve pero que a la postre sentó las bases de una nueva forma de narrar. Este grupo de mujeres, en su mayoría cortesanas y pertenecientes a una clase media emparentada con la aristocracia, marcan un momento de eclosión literaria único.

Akiko Baba, poeta japonesa tanka y crítica literaria.

En Mujeres Japonesas (Postales Japonesas, 2016) Laura Crespi selecciona y traduce una serie de poemas (tanka, haiku y canciones) del libro The burning heart. Women poets of Japan de Kenneth Rexroth e Ikuko Atsumi, cuyas traducciones son directas del japonés. Se trata de mujeres que vivieron y escribieron entre los siglos VII y XX. El rango es amplio, y se divide en Clásicas, Haikus del período Tokugawa, Modernas tanka y Canciones anónimas de geishas. En mi lectura me enfrento a una resistencia y a un hallazgo. La resistencia: buscar los poemas originales en japonés. El hallazgo: las notas. No quedar atrapada en la tentación del original, no caer en la problemática feroz de la traducción. Aceptar la versión de Laura Crespi de la versión Rexroth y Atsumi, que a su vez es una versión del original japonés. ¿Qué lee y traduce la primera y qué leen y traducen los segundos? Quizás la incomodidad inicial quede diluida al dirigir la búsqueda no al qué sino al cómo de la lectura. Cómo se lee independientemente de la traducción de la traducción. Una operación de lectura entre líneas, una apuesta ficticia al mejor estilo barthesiano en El imperio de los signos: leer la versión de la traductora como un significante puro, completamente liberado del significado, ir a la búsqueda de determinados rasgos que permitan llegar a lo otro, a lo diferente, a un sistema de signos completamente ajeno al conocido. Subvertir la fantasía occidental de que el lenguaje significa, atento siempre a la fidelidad de una traducción “correcta”.

Las notas al final del libro constituyen en sí mismas otro libro. Son “reescrituras, abreviaciones o resúmenes” de algunos libros específicos de literatura japonesa y de Wikipedia. En las notas se abre un universo nuevo y paralelo a la lectura de los poemas que nos permite espiar el contexto de producción de algunas de las poetas (otra elección, otro recorte que a su vez abre también un paréntesis que produce y ejerce una fascinación particular y hace que me pregunte por qué esas y no todas). Prostitutas, mujeres sin nombre, hijas de, esposas de, cortesanas, todas ellas hermanadas en la escritura de los encuentros y desencuentros amorosos, la decepción, la tristeza y la melancolía de lo que ya no es o no pudo ser jamás.
Con Sei Shônagon como testigo, este libro podría ser un libro de la almohada. Antiguamente, al dormir, las geishas posaban su cuello sobre una caja de madera hueca para no desarmar la complejidad de su peinado. En el interior de esta almohada podían guardarse cosas. Estos poemas pueden ser cuidadosamente depositados en el interior de estas cajas como se guarda lo que importa, o lo que no queremos que se sepa. Allí dentro, una delicada selección de los infortunios y los secretos de la pasión, o, como escribe Izumi Shikibu:

La almohada que lo sabe todo
no va a contar, porque no lo sabe,
y no lo digas, nuestro sueño
de una noche en primavera.

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