La falta permanente

Georges Bensoussan, la Shoá y el pecado capital

Facundo Milman

Escribir sobre la Shoá, la historia de los judíos en Europa y los usos del Holocausto es imposible. Se presenta siempre tarea insuficiente porque no hay manera de abordar el abismo que produjo el genocidio de los judíos en los campos de la muerte, pero hay algo que todavía podemos hacer y Simon Dubnow lo dijo antes de morir: Yidn, shraybt un farshraybt (Judíos, escriban y graben). La historia confiscada de la destrucción de los judíos de Europa, el libro de Georges Bensoussan, publicado por Waldhuter Editores recorre los usos de la Shoá a través de siete capítulos que adoptan esta particular premisa. Entonces escribir el horror y, aunque sea imposible, seguir insistiendo en la errancia del Libro para no convertir esta vida en una tragedia tan dramática.
La vida judía da testimonio de habitar constantemente un entre: las aguas superiores e inferiores; lo infinito y lo finito; el comienzo y el final. Los judíos se ubican en el intersticio de la existencia, allí aparecen y la tragedia se consuma porque recorren la periferia de la historia. Esto es la errancia. La catástrofe nos habita ya no solo en el epicentro de Alemania, sino también en el mundo. Si bien la destrucción de la cultura judeoeuropea terminó en el siglo XX, los restos de tal violencia siguen resonando hasta hoy. Los efectos nos hacen temblar, pero ¿cómo no temblar? En este sentido, Georges Bensoussan expone una verdad (que preferiríamos no tener que escuchar): Europa oriental se convirtió en un cementerio judío. La cultura y, sobre todo, la tradición judeoeuropea se extingue por la matanza de seis millones de judíos que se transmutan en espectros que pasan a acosarnos.

Todo el libro de Bensoussan recorre tanto testimonios de sobrevivientes como allegados y generaciones posteriores, pero algo que hace Bensoussan es leer un uso en particular de la tragedia: la transposición en voces que nos reenvía a la necesidad de buscar una dignidad propia. El pueblo judío investiga, indaga y trata constantemente de inscribirse en un lugar propio para hacer de ellos sujetos humanos, es decir, seres que hablan por sí mismos y no seres hablados como lo hace el discurso de la Historia. Sin embargo, se recobra un sentido específico por el sentimiento de culpa de las distintas naciones que participaron o dieron vuelta la cara frente a las matanzas, por ejemplo, se menciona la literatura donde niños alemanes salvan o le mejoran la vida a los judíos. De todos modos, la culpa quiso convertir el silencio sobre el genocidio en una manera de hacer mirable y soportable la historia que rechazaron. Esta inclinación también intentó reconciliar a los alemanes con los judíos solicitándoles a los muertos que perdonen el hecho del genocidio para edificar una nueva sociedad sobre “el cementerio judío” en el Viejo Mundo.
Hay una pregunta que subyace todo el texto: ¿qué hacemos con los muertos? Por un lado, hay uso de las muertes que hace mea culpa edulcorando la realidad de la posguerra y, por otro lado, hay una utilización de las generaciones herederas. Por esta razón es que no se puede dejar de mencionar el caso del Estado de Israel junto a la seguidilla de las tres conmemoraciones: Iom HaShoá, Iom HaZikaron y Iom Haatzmaut. La primera es para conmemorar la Shoá, la segunda para conmemorar la bendita memoria (Z’L) de los caídos y la tercera, por último, para conmemorar la independencia de Israel. Estas tres conmemoraciones fueron leídas a posteriori como el precio a pagar por la independencia, aunque no deja de ser importante subrayar el hecho del uso de esas memorias para constituir una memoria colectiva de la autodeterminación del pueblo judío. En este sentido, se vuelve pertinente recobrar el posicionamiento de Yehuda Elkana donde matiza que apoyarse en las lecciones del pasado para construir el futuro —aprovechando el sufrimiento como argumento político— significa involucrar a los muertos en la vida política de los vivos.

Georges Bensoussan, historiador (responsable editorial del Mémorial de la Shoah).

Luego de los silencios, las transposiciones en voces y los usos específicos de la Shoá, Bensoussan recupera la vieja hipótesis de la sobre-vida. La sobre-vida se constituye como un tiempo extra, una prórroga, para dar sentido a la existencia de la humanidad que se pregunta: ¿por qué sobrevivimos? La culpa por sobre-vivir se adquirió, en un primer momento, por los sobrevivientes de la Shoá, luego se extendió a otros judíos y, por último, a toda la humanidad. Algunos testimonios indican que para sobrevivir era necesario infligir al otro tomando su vaso de agua o su ración diaria de pan, en otras palabras, la sobre-vida era vivir cruzando el límite de la propia humanidad. Todos eran culpables, no podían mirar el rostro del otro que les decía “no matarás” y se convertían en mudos o —como Primo Levi los designa— en “musulmanes”. Humanidad se convirtió en sinónimo de crimen y vivir ya no era estar entre el comienzo y el final, sino ser criminal y convivir con la falta. Sin embargo, vivir esa vida era una tragedia. Los judíos habían sobrevivido, habían obtenido este tiempo extra, por milagro o error. Ellos vagaban como seres de otro planeta porque la tragedia se había consumado. Después de la Shoá, el pueblo judío quedó inscripto en la tragedia y desde entonces se lo consideró un grupo homogéneo. El sentimiento, la conciencia y el pensamiento colectivo se unen en la circuncisión de la Shoá. Marca, precisamente, una escatología: un antes y después de la historia de los judíos a través del exilio. Todos nos convertimos en sobre-vivientes de la Shoá ya sea porque hayamos estado allí o no, hayamos tenido un familiar o no, tengamos relación con el genocidio o no. Sobreviviente que habla por aquellos asesinados en los campos de exterminio y afirma, al mismo tiempo, dando testimonio de la humanidad negada. Esa es la verdad que interpela luego de la matanza de seis millones de judíos. El judío fue puesto por fuera de la humanidad porque adquiere una prórroga. Los testimonios transcritos en el libro lo confirman: si bien los judíos no los fusilaban, tampoco eran ayudados. Un fantasma recorre la vieja Europa: el fantasma de los judíos. El signo judío viviente —y este es el peso del mundo entero— erra a través de los márgenes de los textos, de la periferia de la tierra y deambula como un espectro en el límite de la vida que le fue negada. Vivir con esta falta, continuar la vida y observar un nuevo mañana, pero sin dejarlo de tener presente porque las vidas destruidas nunca se podrán recuperar.
La vida judía sobre-vive en la palabra, en la errancia y en el alma. Transita como milagro de la supervivencia a la Shoá para escribir y grabar el nuevo sentido del mundo. Así la historia se inscribe como escatología luego de Auschwitz para que los otros, los que actuaron o miraron hacia otro lado, continúen con la falta de no haber intervenido en la tragedia. Bensoussan lo ilustra de manera concisa: “La Shoá fue el desastre de Lisboa del siglo XX”. El gran cataclismo no solo cambió la historia del judaísmo y de los judíos, sino también la historia de la humanidad al presentarle un límite infranqueable: un rostro al que no se puede mirar.

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