La orgía interminable

Sexo, droga y rock and roll según Mötley Crüe

MARINA WARSCHAVER

Quizás uno de los aciertos de Peter Capussotto y sus videos haya sido construirse a partir de un mecanismo de amplificación de los elementos de una cultura para exacerbarlos hasta el grotesco sin perder su identificación. A través de ese mecanismo, el programa creado por la dupla Capusotto y Saborido tematizan aquello que en el rock (absorbido por la industria cultural) se ha vuelto idéntico y estereotipado, vaciado del sentido contra-cultural del género y carente de esencia artística. La fetichización de los gestos transgresores del rock, su emancipación de la obra, deviene cosificación y producto consumible. El personaje de Pomelo lo dice de esta forma: “¿Cómo que no puedo romper cosas? Yo no sé nada de música, no toco ningún instrumento, no me interesa cantar, no me interesa nada: eso lo puede soportar una estrella de rock. ¡Pero dejar de romper cosas no!” Podría caer en el mismo error pero en la crítica cultural si en este punto empezara a citar a Rancière (El espectador emancipado) y su análisis del teatro a partir de las teorías sobre la sociedad del espectáculo de Guy Debord. Con intención de sortear ese gesto utilizaré la anécdota personal para hablar de consumo basura: una forma de parecer contemporánea y morir en el intento. Porque pensé en Peter Capussotto al momento de embarcarme en una película como The Dirt. Me acuerdo la escena: acostada en la cama sin poder dormir y viendo dormir en la misma cama a mi futuro ex marido y a mi único hijo, agarraba del suelo la pantalla, me ponía los mismos auriculares con los que un rato antes había tratado de concentrarme en esas aplicaciones tipo noisli para conciliar el sueño y luego de fracasar una y otra vez buscaba alguna pasta base audiovisual que funcionara de tal modo que me llevara a ser abducida: tal vez un extravío para pensar en otra cosa o no pensar en absoluto. A mí, que nunca me habían interesado las bandas de glam metal (esa combinación de punteos de guitarras eléctricas, largos pelos con frizz, apretados pantalones de cuero y voces chillonas sólo soportables en un Axel Rose), el algoritmo me ofreció esta biopic sobre Mötley Crüe. La reconstrucción decadente de una década perdida. La misma en la que pasé mi infancia. La voz en off, ni bien empieza, lo plantea así: “Los años 80, la peor década en la historia de la humanidad: niños fifís, teclados, peinados ridículos, rutinas de baile y slogans al estilo “di no a las drogas”. Todo era una porquería. ¿Qué haces cuando naces en un mal momento? Te lo apropias.”

Los pormenores de la película explican un poco el resultado. Una película que iba a ser dirigida por David Fincher y la terminó haciendo Jeff Tremaine, un director de televisión que luce en su prontuario un “fenómeno cultural” como Jackass,ese show donde lo veías a Johnny Knoxville (un verdadero white trash man) rompiéndose la cabeza sin ningún sentido. Algo de esa generación Beavis and Butt-Head también gravita en el tono de la película sobre una banda que hizo del descontrol, las adicciones y el escándalo una forma de erigirse, a falta de virtud artística, un lugar en el panteón de la historia del rock. Tal vez haya sido lo único que entendieron Nikki Sixx, Tommy Lee, Vince Neil y Mick Mars, los integrantes de una banda infumable como Mötley Crüe para volverse caricaturas de sí mismos. Lo que hacemos con las biopics es verlas y luego chequear cuánto se alejan de la realidad. Lo hicimos con Luis Miguel y también con The Dirt.

Empieza la sucesión de videos por YouTube y a medida que uno avanza en el tiempo cae en un pozo de patetismo del que es muy difícil de salir y vuelve esa idea que sobrevuela también en Peter Capusotto y sus Videos: “Aquí llega el rock. Ese rock que cada tanto debe detener su vuelo para buscar el cotidiano alimento que le permita sobrevivir. Ese rock que siempre está atento a la amenaza de ese hombre que viene con su jaula para encerrarlo y llevarlo a la ciudad. Pero el rock escapa a esas manos. Esas mismas manos, que son las que le ponen de señuelo ese cotidiano alimento con que el rock se tiene que alimentar. Una vez más, intentará atraparlo. Pero el rock vuelve a escapar. Siempre volverá a escapar. O por ahí ya lo atraparon y nosotros no nos enteramos o no nos dimos cuenta.” Ese rock que es una energía o un ave fénix que intenta escapar de su jaula es la sucesión de lugares comunes de la película a la que se suma una serie de actuaciones que parecen más propias para una mala serie de televisión cómica. Dicho todo esto tal vez lo único rescatable de productos culturales basura como este sea que ponen a circular de vuelta los objetos de los que provienen. The Dirt está basada en la autobiografía coral de la banda que en español podría haberse traducido como Mugre pero se optó por la más correcta expresión Los trapos sucios. Y eso no está mal.

El periodista David Fear escribió en la revista Rolling Stone que el libro es “menos una biografía que una hoja de antecedentes policiales en forma de libro, es el tipo de glorioso relato entre bastidores que te hace sentir que no puedes pasar las páginas lo suficientemente rápido; solo Hammer of the Gods [la biografía no autorizada de Led Zeppelin escrita por Stephen Davis en 1985] puede competir con él como la última historia de estrellas de rock que superan a los emperadores romanos en términos de libertinaje”. ¿Habría que creerle? Y sí. Y lo digo por un solo dato: el escritor que está detrás es Neil Strauss. El mismo que escribió las (auto)biografías de Marilyn Manson o de la estrella porno Jenna Jameson o incluso su crónica sobre seducción que se publicó en español con el título El método, que más que un libro sobre el arte de la seducción es un manual de procedimiento para lograr que otros digan lo que no quieren decir.
“Me parece que, de algún modo, este grupo está impulsado por la disfunción –reconoce Nikki Sixx en algún momento del libro–. Nos impulsa caminar al borde de la locura y el colapso. Nos impulsa el combate a puñetazo limpio. Nos impulsan las drogas y las sobredosis. Nos impulsa saber que otro del grupo la ha cagado y es el malo de la película. No sé si otros grupos funcionarán igual.” Entonces, a partir de frases como esta, se corre el telón del escenario para una sucesión de orgías, adicciones, giras interminables, orgías, líneas de merca, traiciones, infancias de pesadilla, whisky de la botella y un par de orgías más en fiestas con pileta. De eso se trata. Un libro no apto para personas bienpensantes en épocas de revolución feminista. El crítico José Bellas lo entendió al estrenarse The Dirt: “La película trata de mantener el tono del libro, sketch & sketch de excesos: incluso con los títulos exhiben una especie de challenge de verosimilitud entre algunas escenas y las imágenes originales. Y no se privan de ejercitar una moralina de aliados machirulos para marcar límites: pueden tener una chica en situación de fellatio permanente debajo de la mesa del club que frecuentan, pero se produce un silencio de reprobación cuando Tommy Lee le pega un puñetazo a su novia en el micro de gira. Es el no va más. Lo curioso: que no haya mención al video porno del baterista y Pamela Anderson, a lo mejor un toque de rubor insospechado entre tanto plenario de sexo y drogas.” 

Para quien busque ahondar en alguno de estos personajes (quizás el más torturado de todos y el punto de conexión entre los integrantes de la banda) ahí tiene a Nikki Sixx y Los diarios de la heroína. Estas desgarradoras memorias sobre la fama y la adicción se volvieron a publicar en 2017, diez años después de que el bajista de Mötley Crüe publicara su historia por primera vez. Escrito por Sixx junto a Ian Griffins, estas memorias apuntan a los días más oscuros de Sixx, mientras luchaba con la adicción a las drogas y los problemas de ira que amenazaban con romper su relación con la banda, con sus amigos y con los pocos familiares que le quedaban (Sixx tuvo que sobrevivir al abandono de su padre, al desprecio de su madre, que lo hacía convivir, semana tras semana, con una larga lista de novios, que sólo atinaban a sopapear al chico ante cada desobediencia). La pregunta que una puede hacerse frente a un libro como este es si se puede escapar de las ruinas cuando no conoce otra cosa más que las ruinas. Sixx escribe este diario en el punto de mayor éxito de su carrera, y sin embargo su vida personal nunca había podido escapar de ese destino de desastre que había sido desde su nacimiento. Las fotos personales y las anotaciones del diario revelan a un músico que a menudo pasaba sus días atorado de cocaína, heroína o pasta base hasta el aturdimiento. Es el mismo Nikki Sixx que arengaba a sus compañeros de banda la primera vez que tocaron en un estadio: “Miren adónde estamos. Somos un viejo, un kid drummer, un cantante de covers y un fugitivo. Nadie pensó que lo lograríamos. Que se vayan a la mierda.” A falta de música, lo único que tenían era actitud. Esa actitud que el rock sigue vendiendo hasta la parodia.

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