Sigue girando

El clásico trabajo de Alberto Giordano sobre las escrituras autobiográficas vuelve recargado a las librerías argentinas.

Edgardo Scott
Alberto Giordano

Que este volumen reúna, como se explicita, dos libros publicados anteriormente, El giro autobiográfico en la literatura argentina actual, de 2008 y Vida y obra. Otra vuelta al giro autobiográfico, de 2011, además de cuatro ensayos nuevos sobre el mismo tema que Alberto Giordano fue escribiendo y publicando durante estos años, habla de la vigencia tanto de los temas abordados por Giordano como de su calidad e influencia como autor, lector y crítico. Porque mientras Beatriz Sarlo, en los últimos años, se dedicó en sus intervenciones públicas, sobre todo al comentario político, “volviendo” cada tanto a comentar libros, Alberto Giordano, sin proponérselo, ha ido gravitando cada vez más en la construcción del gusto y valor literario, y de las razones para todo eso. Lo hizo, paradójicamente, cuando a su performance como crítico le sumó la escritura de una serie de diarios que le deben tanto a lo autobiográfico como a la ficción misma. De manera que leer El giro autobiográfico hoy es leerlo también a partir de la práctica que Giordano hizo de, podría decirse, su objeto de estudio, en los volúmenes El tiempo de la convalecencia, El tiempo de la improvisación, Tiempo de más; también es encontrar o reencontrar esa voz cálida, honesta e inteligente que parecía estar atada a un discurso —el de la crítica literaria—, una voz que después se desató o liberó de ese discurso, pero sin olvidarlo.

Dice Giordano: “Desde que tengo uso de razón crítica, me gusta pensar que la literatura es, tanto para quien escribe como para quien lee, una experiencia de algo íntimamente desconocido (la secreta extrañeza de lo familiar) que se realiza en las palabras.” Escritura e intimidad, intimidad y extrañeza. ¿Qué es la intimidad hoy? ¿Existe todavía? En la realidad es dudoso, en la literatura, seguro. Porque lo que parecería brillar de la intimidad —y a su modo, Giordano lo detecta en este libro— es su particular representación. Así, mientras la realidad de lo íntimo se disuelve o satura en escenas, videos y fotografías de lo privado —vuelto consumo—, se revela por otro lado en detalles, a la vez personales y simbólicos, luminosos u oscuros, postulando un tipo de relato y literatura —un tipo de forma— que toma a la vida como materia; “no es a partir de la amplitud de los temas (mayor, menor o mínima, ya sea que comprometan las esferas pública, privada o íntima), sino a partir de la intensidad con que la escritura sobre cualquier tema imagina posibilidades de vida que hay que pensar el nervio político de las experiencias literarias.” Giordano recupera entonces a través de lo autobiográfico, el elemento literario, y como tal, acaso sin advertirlo del todo, el elemento político, arrebatándoselo nada menos que a la ideología, la gran protagonista de las ficciones actuales, tanto en Argentina como en todas partes.
Giordano persigue un rastro a lo largo de todo el libro. Lo hace con sagacidad y lo encuentra, por ejemplo, en un texto falsamente autobiográfico de Daniel Link. “Lo que resulta encantador en esta confesión “ladina” es que nos parece estar leyendo los recuerdos de un niño de clase media que, para divertirnos y parecer más interesante, se empeña en que creamos que es un niño pobre.” En ese acierto, hay también un interés desplazado que atraviesa el libro: ¿Qué sería verdaderamente lo autobiográfico? Porque en ese elemento, como se ha dicho, en esa especificidad, Giordano encuentra un sinónimo, otro nombre de la literatura. Pareciera entonces que lo autobiográfico se realiza —que la literatura se realiza— cuando la impostura es declarada, adquiriendo una bella y extraña forma de verdad. Es como si en la delicada indagación que este libro va desgajando, Giordano lograra precisar que la verdad de lo autobiográfico que la literatura persigue y enseña, no pasaría por confesar la verdad, una verdad, sino por confesar la impostura. La crítica de Giordano se vuelve así una crítica que viene a desenmascarar, a adivinar el rostro detrás de la máscara, y por eso El giro autobiográfico… obtiene dos cometidos; por un lado, es preciso y original en sus juicios de valor, y por otro, suele hallar —y aislar— también de manera precisa la emoción, ese instante en que el enmascarado mismo se quita la máscara y se deja ver, aunque más no sea por un momento.

Además, el libro arma un mapa de lecturas. Escari, Pablo Pérez, María Moreno, Elvio Gandolfo, entre otros autores y libros con los que trabaja Giordano en este libro también dan cuenta de una curiosidad incansable; la curiosidad como una ética.
También se deja oír una serie de disensos y reflexiones respecto de la palabra crítica de Sarlo y Josefina Ludmer. Por ejemplo, “Ludmer confunde el presente con la actualidad, que siempre es una trama de convenciones reconocibles, el aquí y ahora vueltos evidencias, porque necesita de esa reducción para ejercer su voluntad de dominio: imponer criterios de lectura, como el que dicta no volver a usar las categorías de autor, obra y estilo, antiguallas de la modernidad. ¿Para qué, si no es para fijarlo a determinados valores, alguien se arrogaría el trazado de los límites del presente, la localización de su centro?” La discusión que da Giordano respecto de la idea de literaturas postautónomas, así como el lugar de la formulación en el análisis de los Viajes, de Sarlo, sirven para poner en acto políticas y éticas diferentes frente a la tarea del crítico, la escritura y, finalmente, el lugar de esa escritura.
“Hace tiempo dejamos de preguntarnos qué es la literatura”, escribe Giordano, pero El giro autobiográfico es sin embargo un sensible y sincero movimiento por despejar qué es hoy lo literario (tal vez eso sea siempre un buen libro de crítica). Repleto de hallazgos y perspicacias, Giordano lo busca y lo define una y otra vez, pero siempre al pasar: “Cuando la literatura se afirma como artificio, la vida y la intimidad quedan reducidas a la deprimente condición de materiales para el trabajo. El lector de diarios siempre espera más.” Si suprimimos diarios —la superstición o fetiche de Giordano para nombrar lo literario— la frase queda así: El lector siempre espera más. Esa ambición sagrada resiste en el misterio de lo literario que a Giordano a la vez le encanta descifrar y conjurar, como un coleccionista de tesoros. ¿Pero qué otra cosa colecciona un coleccionista?

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