Cómo le brillaban los ojos

Emmanuel Carrère recuerda su relación con su amigo y editor Paul Otchakovsky-Laurens.

Emmanuel Carrère

Paul murió el 2 de enero de 2018, en una pequeña carretera de Guadalupe, donde estaba de vacaciones con Emmie. Tenía setenta y cuatro años y la silueta y los entusiasmos de un adolescente, y estaba locamente enamorado. Pienso, siempre he pensado, que a cada uno de nosotros nos rodean las personas, pueden ser cinco, pueden ser diez, no muchas más, con las que atravesamos la vida. Junto con Emmie, Hervé, Olivier, Ruth y François, Paul formaba parte para mí de esas personas, el grupito esencial de aquellos con los que hacemos la travesía, y su muerte fue el primer gran duelo de mi vida, hasta entonces asombrosamente preservada en este sentido. Envié a Paul, y solo a él, sin conocerle, el primer libro que he escrito, porque P.O.L era el editor de Georges Perec.

Desde 1984 publicó todas mis obras y para mí es muy extraño terminar este último sabiendo que él no lo leerá. A veces me han preguntado cómo trabajábamos juntos, qué tipo de observaciones hacía sobre un manuscrito, si intervenía mucho… En realidad, no mucho. Paul consideraba que un libro era algo orgánico, que se toma o que se deja, no algo que se formatea. Estaba convencido de que a menudo lo que se consideran defectos, cuando se los somete a examen revelan ser, con la perspectiva, lo que hace que un libro sea el más singular e inimitable. Así pues, por supuesto que hacía observaciones, y eran sagaces, pero otros pueden hacérmelas y me las hacen y me las harán no eran sus comentarios sagaces lo que para mí hacían a Paul único. Lo que para mí le hacía único es el modo en que le brillaban los ojos cuando le llevaba un manuscrito. Es la certeza de que iba a leerlo inmediatamente y a llamarme en mitad de la noche cuando lo terminase, y si no me llamaba de noche querría decir que estaba muerto; es justamente lo que sucede hoy: Paul no me llamará en mitad de la noche porque ha muerto. Tendré, tengo, otro editor, Fréderic Boyer, al que conozco desde hace veinte años, que es como yo autor de la casa y amigo mío, pero nunca más lo que yo escriba será deseado por alguien tanto como por Paul. Y lo que digo aquí no soy el único que puede decirlo. Por descontado, nuestra relación era particular: hemos pasado la vida juntos, éramos grandes amigos, sabíamos el uno del otro si no todo al menos mucho. Pero creo que todos los autores a los que publicó han conocido cómo le brillaban los ojos; de lo contrario no los hubiese publicado. Era una de las cosas que hacían tan extraordinarios a esta editorial tan pequeña y a su fundador: los autores que vendían tiradas de quinientos ejemplares a lo largo de toda su carrera disfrutaban exactamente de los mismos miramientos y de la misma fidelidad exigente que los escritores cuyas ventas producían grandes ganancias.
Los ojos de Paul brillaban de amor por sus libros. De ahí que brillasen, celosa, posesivamente, porque también era celoso y posesivo, y sería una lástima, a estas alturas de mi texto, omitir la historia, que me encanta, de L’Élégie de Chamalières, y de su autor, Renaud Camus. Que no se me enfade el lector, no se ponga usted el abrigo, por favor, ni se vaya dando un portazo. Vuelva a sentarse. Si usted sabe quién es Renaud Camus y abomina de él, yo también, se lo juro, no se inquiete. Si no lo sabe, digamos muy rápidamente que es hoy en día un ideólogo de extrema derecha, el inventor de la teoría del “gran reemplazo” (franceses de pura cepa sustituidos por los negros y los árabes) e inspirador de los supremacistas blancos que hasta en Nueva Zelanda, a la salida de las mezquitas, exhiben pancartas en las que se identifican con la doctrina de Camus. Dicho esto, es interesante saber que hacia el final del siglo pasado era un escritor para happy few vanguardistas procedentes de dominios que eran los de Roland Barthes y Andy Warhol, conocido por un clásico de la literatura gay (Tricks) que nunca pasa de moda y por un Journal monumental que Paul publicaba año tras año, sin falta, y del que yo también soy un lector incondicional. Con la cabeza sobre el tajo yo seguiría diciendo que Renaud Camus era un escritor excepcional y que su locura actual no puede cambiar nada, lo hecho está hecho. Por entonces éramos amigos y los pilares, junto con otros, de la editorial P.O.L, hasta casi cabría decir que éramos los elementos de su ADN.

Ahora veamos lo que sucedió. Paul publica desde hace veinte años todo lo que escribe Renaud Camus, deben ser cincuenta volúmenes que cautivan a un círculo muy pequeño de lectores y que estrictamente no reportan beneficios, son incluso un sumidero económico, pero a Paul le tiene sin cuidado, piensa que Renaud Camus es un gran escritor y que su oficio, el de Paul, consiste en publicar a los grandes escritores que descubre y publicar todo lo que escriben. Pues bien, hete aquí que un día Renaud, que vive en el Gers, acepta la propuesta de un pequeño editor de Lectoure, especializado en la erudición local y vecino suyo, de que escriba un folleto de una treintena de páginas titulado L’Élégie de Chamalières, porque Renaud, así como Valéry Giscard d’Estaing, es oriundo de Chamalières, en el Puy-deDôme. Es una publicación tan modesta, tan discreta, tan departamental que Renaud ni siquiera piensa en notificárselo a Paul, su editor principal. Pero cuando Paul se entera la noticia le desquicia. Y convoca a Renaud en París para que se explique. “¿Sabes lo que es terrible, Renaud?”, le espeta Paul, sin darle tiempo a sentarse cuando entra en su despacho. “Lo terrible, lo que me pone enfermo, no es solo que hayas publicado L’Élégie de Chamalières en otra editorial. Es que, y tú lo sabes bien, Renaud, es que L’Élégie es tu obra más hermosa” Renaud no se esperaba tanto; nunca habría pensado que se pudiera encumbrar tanto en su obra este folleto escrito una tarde a la remanguillé, y más por cimentar una buena relación con un vecino que por enriquecer la literatura, pero sería conocer mal a Paul creer que se conforme con este juicio, de por sí muy fuerte. “¿Has leído o has visto Fahrenheit 451?”, continúa “¿Te acuerdas del argumento, un mundo donde están prohibidos los libros, donde el Estado ordena quemarlos? ¿Te acuerdas de que en ese mundo hay un grupo de residentes clandestinos que se aprenden de memoria los libros prohibidos? Cada uno aprende uno, uno solo, y se apropia de su título. Ya no se llama Pierre o Paul, no, en adelante y hasta la eternidad se llama Un corazón sencillo o Un héroe de nuestro tiempo o Una temporada en el infierno. ¿Te acuerdas, Renaud?” Este asiente, sin atreverse a adivinar lo que va a seguir y sigue. “Pues bueno, Renaud” concluye Paul “¡en el mundo de Fahrenheit 451 yo me llamaría L’Élégie de Chamalières!” (Quizá, lector, ahora vea mejor de qué hablo cuando hablo de cómo le brillaban los ojos a Paul.)

Emmanuel Carrère. Yoga, Anagrama.
(traducción de Jaime Zulaika)

Emmanuel Carrère y Paul Otchakovsky-Laurens
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