Llovido sobre mojado

Isidoro Blaisten fue uno de los más importantes cuentistas de la literatura argentina. En sus textos fundó su propia escuela: una mirada poética y sofisticada cruzada por un lenguaje sin solemnidad.

FERNANDO SEGAL

Isidoro Blaisten está parado en una esquina del barrio de Boedo. Es una tarde de lluvia y la gente corre a refugiarse debajo de los balcones, pero él no se mueve de su lugar: la brújula que le regaló la mujer que ama acaba de estrellarse contra el asfalto. De pronto, entiende que la mujer lo ha abandonado y que no puede hacer nada para recuperarla. Años más tarde, en otra tarde húmeda, repara en que no solo esa sino todas las cosas importantes de su vida le sucedieron en la lluvia, y de esa revelación surge su primer y único libro de poemas. Blaisten cuenta todo esto en Anticonferencias, cuando ya ha dejado de ser aquel joven que escribía versos: el que escribe ahora es el poeta frustrado que abandonó la poesía por miedo a volverse loco, el hombre que recuerda la edad, la mujer y la brújula perdidas.

Blaisten habrá sido fotógrafo de plaza, vendedor de bromuros coloreados, viajante de comercio y librero; pero si llegó a ser una especie de personaje en sí mismo es porque nunca dejó de mirar el mundo con los ojos de la poesía. Basta con pensar en cualquiera de sus cuentos, en la forma que tenía de hablar en las entrevistas y en ese humor tan suyo que daba vuelta las cosas al revés, para darse cuenta de que se trata de un poeta, es decir: “alguien que no ve pasar el cadáver de su enemigo, tampoco el de su amigo, sino el propio; el único ser que se baña dos veces en el mismo río, el único que se moja dos veces en la misma lluvia”.

En aquel primer y único libro de poemas –titulado, justamente, Sucedió en la lluvia–, ya está el Blaisten que todos conocemos: están los enamorados, los solitarios, los soñadores; están los tuertos, los mancos y los perros; los que fracasan y vuelven a intentar. Si es cierto que los poetas llegan tarde a todas partes salvo a esa hora peligrosa en la que el miedo se acerca, entonces Blaisten es como un alquimista del dolor. Así, por ejemplo, recuerda a su hermano asesinado y lo convierte en una estrella que habita una guitarra, o le habla a su madre muerta y le cuenta lo imposible: “Que estoy bien de salud y que he crecido / que me dejo el bigote y tengo amigos / que fui audaz, tuve miedo y de a ratos escribo”. Blaisten escribe como si supiera que hay cosas que no necesitan ser dichas con complejidad, como si entendiera que la poesía es también una forma de la magia: ese largo amor al cual se aferran los desamparados.

Incluso su humor va en la misma dirección, tan inseparable de la piedad: “En última instancia, el sentido del humor es una defensa. Es dar vuelta la cara para no ver el rostro. El humor siempre es subversivo, descolocado y ambiguo. ¿Por qué se ríe la gente en los velorios? Es una fuga hacia la eternidad”. La risa es para Blaisten un modo de conjurar la angustia, de exorcizar el dolor, de salvarse. Su cuento “La salvación”, en el que un hombre compra un paquete que lo salvará y luego es atropellado por un auto al salir del negocio, tal vez sea la medida justa de su humor. Pero también está la otra cara de esa ironía feroz. En “La felicidad”, un hombre lleva a cabo todo tipo de proyectos para conseguir dinero y fracasa incansablemente hasta que descubre la solución: levantar objetos perdidos de la calle y revenderlos. Empieza con un peine, con una birome; sigue con una lámpara, con un electrodoméstico. El hombre se pasa cabizbajo toda la primera parte del cuento y uno imagina que no va a llegar a ningún lado, pero a pesar de cualquier pronóstico, el proyecto funciona y termina volviéndose rico: al final, ya no tiene que andar por la vida mirando al piso. Esa manera de dar vuelta las cosas también es parte de su humor y de su magia, como si dijera que la salvación, después de todo, es efectivamente posible.

Si uno abre el mapa de cuentitas argentinos de su generación (Castillo, Constantini, Heker y todos los que pasaron por El escarabajo de oro), Blaisten parece una calle que se va por la tangente. Pocos como él supieron trabajar el lenguaje coloquial y sortear la solemnidad con un arsenal de recursos tan amplio. Para alguien que no fue sartreano por un problema existencial y que buscó que sus cuentos le gustaran tanto a Barthes como a los muchachos de San Juan y Boedo, lo que salta a la vista es su extraordinaria capacidad para ubicar la palabra justa en el momento indicado. Como dijo Mario Jorge de Lellis en la edición de aquel primer libro de poemas, es como si Blaisten fundara su propia escuela, un estilo que es exclusivamente suyo. Sus cuentos son instantes que dinamitan la realidad, destellos en la oscuridad que hacen que uno termine la lectura y vea las mismas cosas de todos los días con una iluminación diferente.
Aunque también existe un riesgo: que se lo catalogue como humorista. Blaisten siempre se resistió a esa etiqueta diciendo que él no se proponía divertir a nadie y que, en todo caso, un humorista es alguien que se ríe de nervios, un enfermo de lucidez, un enfermo de los ojos que, como los poetas, le sale al paso al dolor y lo conserva en su memoria. Del mismo modo, en el prólogo a Dublín al sur, Blaisten escribe: “Se habla de la realidad; yo creo que no existe. Creo que hay dos realidades y que siempre lo que nos sucede a nosotros es paralelo a lo que le acontece a otro”. Ese es el punto exacto en el que aparece la magia: en esa simultaneidad en donde el humor y el dolor cumplen su inesperado destino. No importa si es un cuento o un poema. La magia existe y está ahora mismo en esa esquina del barrio de Boedo, mientras Isidoro Blaisten observa la brújula rota y la lluvia empieza a hacer su trabajo.

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