Papito

El libro de Katherine Angel hace foco en la transformación cultural de la figura del padre en la era del #MeToo.

Paula Puebla

Katherine Angel, autora de Unmastered. A Book on Desire Most Difficult to Tell (2012), es doctora en Historia de la Sexualidad y en Psiquiatría por la Universidad de Cambridge. De nacimiento belga y crianza británica, esta vez irrumpe en el debate público en español con Daddy Issues. Un análisis sobre la figura del padre en la cultura contemporánea. El ensayo publicado por Alpha Decay —y traducido por Alberto G. Marcos—  apunta, en primer lugar, a desarmar el aparato de santificación que embebe a las figuras paternas en series, películas y libros en la era del #MeToo. Y en una segunda línea, se esmera por perforar el blindaje de la primera persona autobiográfica que hace furor en la literatura contemporánea alrededor del mundo.

“Existe una larga relación, a menudo antagónica, entre el feminismo y el padre”, escribe Angel para referir que en la larga lista de hombres sujetos a nuevos juicios —de comportamiento actual y pasado, de hábitos y costumbres, de gustos y rechazos— los padres han quedado exentos. La autora no apunta únicamente a los padres “en general” sino, y especialmente, a los padres de las mismas feministas que revisan toda estructura vincular. “A pesar de todo lo que se habla sobre el patriarcado, ¿se ha olvidado el feminismo del padre? Los padres, y por extensión la familia heterosexual, siguen siendo intocables”. El culto a la familia, fomentado desde la escritura de los libros sagrados a la máquina de hacer espuma de la publicidad, ha logrado permear incluso en el estilo de vida queer, a riesgo de haberse convertido en una versión de aquellos valores y aquellas instituciones que alguna vez se propuso desarmar. Katherine Angel se pregunta por qué persiste ese espíritu “con la admisión trivial y entre paréntesis de que los padres son así”.
Patriarca, patriarcado, ¿cuán larga o cuán corta es esa soga? Con la ayuda de ejemplos derramados a lo largo y ancho de nuestro universo de consumo cultural post 2017 —la fecha de las primeras denuncias contra el voraz productor hollywoodense Harvey Weinstein—, Angel analiza tanto la relación padre e hija en “Meet the Fockers” (2004) las declaraciones floridas de Donald Trump acerca de su hija Ivanka. La película protagonizada por Ben Stiller y Robert De Niro trabaja sobre la consolidación de un vínculo amoroso mediante y a pesar de la irrupción de un tercero en discordia que no es un amante sino un suegro, y las palabras del ex presidente norteamericano en un reportaje cobran el tono de lo escalofriante—“¿Sabéis quién es una de las mujeres más bellas del planeta según todo el mundo? Pues yo contribuí a crearla. Ivanka. Mi hija, Ivanka. Mide un metro ochenta y tiene un cuerpo espectacular”—, la autora apunta a la objetificación inquietante, y ampliamente aceptada, internalizada, naturalizada, cifrada en “la hija” o “las hijas” y sus vínculos de filiación.

En ambos casos —ficción uno, biográfico otro— queda de antemano establecido “un acuerdo de adoración mutua” en una cultura que insta a “una asunción de que debe establecerse una suerte de relación amorosa entre un padre y una hija”. Ni en el caso del personaje de Pamela Focker ni en el caso de Ivanka Trump hay un repudio a ese rol ambiguo de padre protector, de padre pulpo, de padre celoso, de padre capaz de cometer grandes ridiculeces con tal de no perder su objeto de deseo amoroso. Hay una expresión en el argot sajón, no sujeta a delicadezas, ni tampoco pensada para calificar a padres, que condensa ese papel: cock blocker.
La autora refiere a varios ejemplos para concluir en el factor común de una zona inexplorada y señala, como quien lo hace a un agujero, una tarea pendiente de los feminismos: “no solo afrontar nuestro estatus de víctimas de la dominación masculina, sino también lidiar con nuestro deseos de represalia, venganza y castigo, con nuestras fantasías de delación y agresividad”. Un punto interesante acerca de los deseos punitivos que sobrevuelan los imaginarios contemporáneos.

Sin embargo, esta no es la única propuesta de Daddy Issues. Docente de escritura creativa y crítica literaria en la escuela Birkbeck, Angel indaga también sobre los riesgos de abordar la intimidad, en tanto “es narcótica, una amenaza para la consciencia, la vigilia, el estado de alerta”, como posición de intervención. Se vale del trabajo de dos estadounidenses, los versos de Sharon Olds y fragmentos de Vivian Gornick, para tratar de aflojar un nudo que el mercado —de los dos lados del mostrador— insiste con hacer cada vez más fuerte. “Todo el mundo presupone e insiste en que escribir desde la propia experiencia es sinónimo de desnudez y vulnerabilidad”, conjura sin pasar por alto el riesgo de ubicarse, en carne propia, sin el tamiz de la ficción, ante el tribunal público que de todas formas ya no puede valorar críticamente ese texto por las imposiciones de la época. “La escritura en primera persona insinúa algo más: es una elección literaria que no solo desnuda, sino que también protege”.
En este sentido, la exposición “en general” y la exposición de mujeres en particular, la revelación de todo aquello que acontece en la intimidad, cobra la función de trinchera con su doble rol, donde el espacio es a la vez de ataque y de protección. Esta combinación funciona en un marco de capitalismo afectivo, donde la moneda de cambio es una sonrisa o un corazón, porque ¿acaso que ogro puede atreverse a “criticar” el hecho traumático de equis derramado en las hojas de un asegurado best seller? La crítica se vuelve entonces una ofensiva ad hominem y un atentado a la choricera editorial: no prospera, queda anulada frente a la violencia de la positividad, ante las páginas extorsivas que quieren parecerse a la literatura. Intimidad, intimidar, ¿cuán larga o cuán corta es esa soga?
Katherine Angel cita la novela El beso, escrita por Kathryn Harrison, en la que la autora  relata una relación incestuosa con su padre, y la pone en contraste con una lectura crítica del libro realizada por James Wolcott (¡un hombre!), que se pregunta “¿Recuerdan cuando había que excavar un poco para desenterrar un secreto?”. Ofuscado por la plaga de memorias y novelas autobiográficas, sentencia que hoy, en la era selfie, “el problema es el inverso: conseguir que la gente se reprima” frente a esa escritura que “ansía la atención del público tanto como la mirada penetrante de su padre”. De manera frontal Wolcott, de manera tangencial Angel, ruegan por otras formas de aproximarse, exorcizar y conjurar historias que corten el hilo ahí, justo en ese punto donde la victimización prolifera como la forma última del machismo.

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