Bulgákov y la construcción socialista

Con la publicación de Morfina, de Mijaíl Bulgákov, La Tercera Editora recupera un texto emblemático de la literatura rusa que muestra la vida cotidiana en los primeros años de la URSS.

Mariano Granizo

La literatura soviética de los primeros años de la revolución (hasta que en 1934 el Primer Congreso de Escritores Soviéticos instauró al realismo socialista como teoría oficial en la creación literaria) fue producto del trabajo de escritores proletarios y compañeros de ruta. Ese era el panorama literario soviético luego de la “literatura de guerra”, aquella que se creaba en el fragor de la lucha por instaurar un nuevo sistema que reemplazara al del zarismo. En esos años, década del 20 y comienzos de los 30, se dio el período de la construcción socialista. Es en estos años cuando la figura de Mijaíl Bulgákov adquiere cierta notoriedad entre los escritores de una Unión Soviética en plena construcción.

Bulgákov (1891-1940) es conocido por su novela El maestro y Margarita, que fue el trabajo de toda su vida, la había comenzado en 1928 y recién pudo ser publicada en 1965 gracias al esfuerzo de su esposa, una magistral sátira, de profundo calado filosófico, cercana al Fausto de Goethe. Pero durante su vida en la Unión Soviética (su familia había conseguido emigrar luego de la revolución, él no recibió permiso para hacerlo) publicó novelas y relatos que fueron bien recibidas, se dedicó al periodismo y escribió obras de teatro. Al partido, y al mismo Stalin, le interesaba que su trabajo continuara, aunque no conseguía evadir la censura fácilmente y, muchas veces, los cambios que hacía en sus obras de teatro arruinaban la versión original y las condenaban al fracaso. Walter Benjamin, en su Diario de Moscú 1926/1927 da cuenta de haber ido al teatro a ver la adaptación hecha por Bulgákov de su novela La guardia blanca: “Representaban Días de las turbinas, dirigida por Stanislavsky. El decorado naturalista era especialmente bueno, la actuación no tenía nada destacable; la obra de Bulgákov, una provocación repulsiva. En el último acto en particular, donde la Guardia Blanca se “convierte” al bolchevismo, la fábula a nivel dramático es insulsa y su idea, mendaz. La oposición de los comunistas a la obra es lógica y está justificada. Si el último acto se incorporó por orden de la censura o estaba ahí originariamente, no tiene ninguna importancia a la hora de valorarla”. En esas condiciones debía escribir Bulgákov, cuyas obras caían víctimas de los cambios y morían a poco de su estreno. 

Pero por sobre todas las cosas, Bulgákov es un autor de relatos. De fuertes raíces gogolianas por su veta satírica, único modo de evitar las críticas por su predilección por narrar la época prerrevolucionaria y los primeros años del socialismo, llenos de contradicciones y choques entre la teoría socialista y la realidad rusa. Los relatos de Bulgákov son una fuerte crítica a la burocracia soviética (que vino a reemplazar a la del zarismo) y que sin el recurso satírico hubieran conducido a su autor a Siberia. Pero Morfina es otra cosa.
Bulgákov, hay que decirlo, es un escritor extraño, de esos que no se dejan limitar por los géneros o las definiciones taxativas: ¿compañero de ruta?, sí, aunque no del todo; ¿autor satírico?, sí, pero no siempre; ¿autor de alegoría científica, como en Los huevos fatales?, sí, pero a su modo. Esta imposibilidad de reducirlo a creador de sátiras es quizá lo que lo mantuvo activo en medio de tantos escritores proletarios y censura atenta. Morfina es una muestra de su talento para poder escribir algo que sobreviva al paso del tiempo y permita comprender una época.
Además del relato que da nombre al libro y que plasma la experiencia de Bulgákov como morfinómano debido a las heridas sufridas en la Primera Guerra Mundial, los restantes giran en torno a su experiencia como médico en un hospital de provincias, en el medio de la nada. Alejado de todo lo que significaba progreso, “la lámpara de petróleo es comodísima, ¡pero yo prefiero la electricidad!”, rodeado de tormentas de nieve que impiden cualquier tipo de contacto con el exterior, se debe hacer cargo de los problemas médicos del campesinado en los primeros años del triunfo de la revolución. Es un médico joven que debe enfrentarse a todo tipo retos que, a lo sumo, ha realizado alguna vez antes: partos, infecciones, sífilis, difteria, fracturas; estos relatos son un reflejo no sólo del aprendizaje de un médico sino también del aprendizaje de los primeros años del socialismo. 

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