Camposanto

A 150 años de la creación del cementerio de la Chacarita

VICTORIA D’ARC

El artista uruguayo Juan Manuel Blanes será recordado por haber pintado uno de los cuadros más dramáticos de la historia del arte en el Río de la Plata: una madre muerta en el suelo, un bebé acariciando su pecho, la sorpresa y el dolor de los médicos al ingresar al lugar por la puerta que ilumina ese instante y deja en las sombras, en segundo plano, al padre muerto en la cama. La historiadora Laura Malosetti Costa supo estudiar bien en su libro Los primeros modernos las circunstancias de producción y exhibición de este cuadro titulado “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”. La escena retratada tenía todo el componente de emoción y tragedia para cautivar a las masas y por eso, durante varias semanas de 1871, fue vista por una multitud en el Teatro Colón. La obra no deja de tener sus golpes bajos (una crítica en su momento de Schiaffino) y además funcionaba, como entendió Sarmiento, para reconocer la labor de los doctores José Roque Pérez y Manuel Gregorio Argerich, miembros de la Comisión Popular de Salubridad.

Tampoco deja de ser interesante la interpretación que hace Roberto Amigo acerca de ese “ritual fúnebre colectivo” que significó el desfile del público para ver el cuadro en el Teatro Colón, antigua sede de la masonería, sumado a la representación de esos dos doctores masones, como un reconocimiento al papel que desempeñó la sociedad secreta en la participación política y ampliación de la esfera pública en tiempos de la peste. Pasaron 150 años de aquella peste, de aquel cuadro y de aquel ritual fúnebre colectivo. En esas circunstancias y con los cementerios de la ciudad colapsados –el de la Recoleta prohibía que se inhumaran restos de infectados en ese lugar por miedo a los contagios– se decidió crear un nuevo camposanto, el que sería el más grande, y al que se bautizó como Chacarita, ya que estaba emplazado en la chacra que la Compañía de Jesús tenía en las afueras de la ciudad a mediados del siglo xviii. Durante aquellos días aciagos de pandemia, la Chacarita llegó a quemar más de quinientos cadáveres en un día. 

Luego de una sucesión de clausuras, reformas y reaperturas, la Chacarita llegó a convertirse en un lugar de devoción para los poetas (yacen los restos de Alfonsina Storni), los deportistas (Luis Ángel Firpo, el “toro de las pampas”, tiene su última esquina en el lugar) y tangueros (el rito dice que en la tumba de Carlos Gardel, sobre la mano del cantor, hay que dejar un cigarrillo encendido). Solía estar el mausoleo de Juan Domingo Perón, es cierto, pero todo terminó con el robo de las manos. Es decir: es un lugar que tiene miles de historias. Un detalle de color quizás sea la creación del tranvía fúnebre para llegar al destino final: un transporte que no se privaba de ningún detalle; tenía asientos laterales para que se sentaran los deudos y en medio, flanqueado por los bancos de los costados, se colocaba el ataúd del finado. La última parada del trayecto se anunciaba con el nombre «estación fúnebre». Todo eso ya no existe pero las pandemias azotan de vuelta por estos parajes.

Para conocer más

Compartir