El lujo de la distopía

Marge Piercy y una obra radical, que por contraste expone las tibiezas y los límites ideológicos del feminismo mainstream.

Luján Stasevicius

Produce cierta ternura releer hoy cierta ciencia ficción que, a mediados de siglo XX, se animaba a imaginar cómo sería nuestro presente. Pero, en casos como como el de 1984 o Fahrenheit 451, la relectura puede incluso prodigar cierto dejo de amargura al descubrir un futuro temido y cumplido de la forma menos esperada y más boba. Así, en lugar de que el peligro mortal esté en tratar de acceder a la información censurada por el poder, el riesgo cierto reside sin embargo en ahogarse en un tsunami de banalidades. Decididamente la ciencia ficción esperaba más de nosotros.
Con respecto al feminismo distópico, la obra que hace tiempo marca tendencias es, indiscutidamente, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, o, seamos justos, la exitosísima serie de Hulu del mismo nombre. Particularmente en Estados Unidos, existió en los últimos años una pulsión irresistible por parte de ciertos grupos por encontrar puntos de contacto entre la novela/serie y los atropellos de la gestión Trump, al punto tal de cooptar, como si de una comic-con se tratase, el vestuario descrito en la novela para las puestas en escena de los reclamos bienpensantes cool. Existe, definitivamente, algo en El cuento de la criada que hace que, aún habiendo sido escrita en 1985, mantenga su poder identitario intacto.

Nueve años antes de la aparición de El cuento, se publicaba, en Estados Unidos, Mujer al borde del tiempo, de la escritora y activista Marge Piercy, por la cual Atwood ha declarado públicamente su admiración y que llega a nosotros en traducción de Helen Torres por el sello editor Consonni. Las dos novelas tratan sobre el futuro de la condición femenina, pero donde Atwood pudorosamente se limita a un par de aristas, Piercy arremete y discute en su novela sentidos comunes de los setenta que aún hoy persisten fuera de ella. Entre sus particularidades, Mujer al borde del tiempo no sólo tiene como protagonista a Connie Ramos, una chicana pobre, obesa y víctima de varias adicciones, sino que dentro de la narrativa la prostitución es un próspero medio de vida, el lenguaje inclusivo está resuelto sin vocales, la insania mental resulta una excusa para la experimentación con humanos y el poliamor, antes que una estrategia para afrontar cuernos públicos, se presenta como un sistema familiar eficaz, aunque no exento de limitaciones y miserias. La trama se desarrolla en tándem entre la Nueva York de 1976 y la aldea ficcional de Mattapoisett del año 2137, un espacio al que Connie accede mediante viajes en el tiempo telepáticos con Luciente, la persona del futuro que la contacta al principio de la novela. A partir de sus traslados temporales, Connie comprenderá que, en ese futuro, menos es más, y que la posibilidad de esa panacea depende de las acciones que pueda tomar en su de por sí limitado presente. Inspirada en las trincheras del mañana, y luego incluso de haber conocido el lado más amargo de ese mundo, recupera su agencia y ataca en pos de facilitar comunidad que no verá surgir. “Ahora yo también soy una muerta. Lo sé. Pero les hice frente. No estoy avergonzada. Lo he intentado.”
Mujer al borde del tiempo es la cuarta novela de Marge Piercy y la más aclamada por la crítica académica. La trama y los motivos de la novela se retomarán en He, She, It, de 1991, que la hará acreedora al Premio Arthur C. Clarke. Escribirá luego otras 12 novelas – la última, del año 2005, llamada, sugestivamente, Sex Wars —junto con libros de poesía, obras de teatro y ensayos varios, además de la encantadora Sleeping with cats del 2002, en la que ordena sus intensos años de escritura y activismo a través de los felinos que la han acompañado en la tarea. Acusada no siempre injustamente de panfletaria, su obra es sin embargo coherente, por más que muchas veces desigual en su complejidad.

Mujer al borde del tiempo es considerada un clásico en las cátedras de literatura “feminista” o “de mujeres”, junto, por supuesto, con la novela de Atwood. Sin embargo, el caso de Piercy es, si se quiere, diametralmente opuesto al de Atwood, y no sólo en términos de celebridad masiva. Mientras que en el presente que El cuento de la criada anticipa existe un estado de infertilidad extendido, por el que se fuerza a las mujeres a la procreación, en Mujer al borde del tiempo ésta no sólo es compartida entre hombres y mujeres, sino que es gestada a través de laboratorios —esta idea proviene en rigor de los libros de Shulamith Firestone—, relevando a la mujer del castigo pero también de la exclusividad del alumbramiento. De este modo, los hombres pueden decidir ser madres si así lo desean y los hijos no son “de” una pareja, sino criados por un trío parental en conjunción con el resto de la comunidad. Estas tres personas no comparten lazos genéticos con el humano que tienen a cargo ni están involucradas románticamente entre sí, para evitar “malentendidos de amor” en las criaturas. El trío de madres se responsabiliza de la educación hasta los 12 años, cuando la persona adquiere su independencia y también elige en ese momento si quiere mantener el nombre que se le fue dado al “nacer”. Ser madre, en este sentido, no depende del género sexuado ni del sexo mismo como práctica. Ante las preguntas azoradas de Connie, Luciente explica que, lejos de cercenar el “poder” de las mujeres por antonomasia, este sistema apoya y avanza las luchas feministas, ya que todos finalmente son iguales. En el mismo sentido, en Mattapoisett no existen las clases sociales ni el lujo. Todo se decide de forma comunitaria y, al menos en las visitas de Connie, la dinámica parece funcionar, incluso al momento de la muerte de sus habitantes.

Es experimentar este futuro idílico, en contraste con sus condiciones materiales, lo que lleva a Connie a la acción. Dicho de otro modo, en Mujer al borde del tiempo, es el presente la distopía, y no un posible futuro. En 1976, la protagonista es hospitalizada en un neuropsiquiátrico, básicamente, por ser pobre, lo que la deja a merced de experimentos médicos para los cuales no se necesita su consentimiento. En este lado del mundo que nos habilita Piercy, las grandes y pequeñas miserias de las personas se encuentran en primer plano, los cuerpos babean y supuran, y los olores nauseabundos impregnan las páginas. Cuenta la autora en los agradecimientos que esta representación no obedece a su imaginación, sino que sus observaciones sobre las condiciones de las clínicas y pacientes vienen de primera mano. En este sentido la novela es mitad ciencia ficción especulativa y mitad naturalismo. Mientras la novela de Atwood es fácilmente mercantilizable, con sus códigos cromático-ideológicos, la de Piercy nos muestra un futuro que no nos merecemos, en el que ni siquiera el feminismo es ya necesario. El porvenir siniestro de Atwood ya llegó en Mujer al borde del tiempo; es el presente, de ese momento y también el nuestro; aún hoy ser pobre en Estados Unidos es un delito, aún hoy caerse del sistema significa ser despojado de toda dignidad. Es cierto, ya no existen el tipo de hospitales psiquiátricos que eran una realidad bien definida en 1976. Poco importa, ya que el binomio pobreza/salud mental sigue siendo imposible de separar en lo inevitable de consecuencias. Marge Piercy no levantaba en 1976 el dedo para advertirnos sobre la probabilidad de futuro peor, sino que sonaba las alarmas sobre un presente que claramente se volvió un antepasado digno del desamparo actual. Mujer al borde del tiempo denuncia en su vigencia no cómo podríamos empeorar, sino todo lo que no hemos mejorado. La relevancia de Piercy es, a la vez, prueba de su talento y nuestra incapacidad para afrontar problemas sistémicos. Pensar el futuro como una distopía es un lujo propio de quienes pueden reconfortarse en no encontrar nada urgentemente peligroso en su presente.

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