Nunca te comas un animal atropellado

La poesía de Jim Dodge (autor de Stone Junction) es un cruce taoísta entre los beatniks y Walt Whitman.

DIEGO ERLAN

De algún modo supimos de Jim Dodge por Thomas Pynchon, o por ese texto fascinado de Pynchon sobre esa epopeya alquímica conocida como Stone Junction. Nada sabíamos del Dodge poeta hasta la reciente traducción de Lluvia sobre el río. En el último de los textos de este volumen, Jim Dodge deja flotando un epigrafe de Ken Kesey: “La necesidad de misterio es mayor que la necesidad de respuestas”. Parece una de esas paradojas del Tao. Parece y quizás lo sea porque todos los poemas del libro están atravesados por esa búsqueda paradójica, esa conjunción de racionalidad e irracionalidad, una estructura cartesiana que se choca contra el misterio de la naturaleza planteado en las filosofías orientales. Lo tangible de un día de pesca se cruza con la disolución del sentido frente a las preguntas constantes sobre la existencia. Una mística beatnik encuentra su linaje bastardo en la vida salvaje de Gary Snyder: “Creo en la confluencia de la memoria y el sueño,/ en cada campo mojado, cada semilla desenroscándose”, escribe. Algunos versos podrían funcionar incluso como epígrafes para cualquiera de esas historias que nos preocupamos por escribir fascinados por la entropía en el sistema de los afectos: “No hay belleza sin desaparición/ No hay amor sin ese primer desolado momento de desgarro/ cuando comprendes que algo va mal,/ pero no sabes qué es/ ni cómo detenerlo”. 

En estos poemas, lo vital de una escena de cacería se topa de repente con la certeza de la muerte: del hombre y del animal, como si la muerte de uno fuera también la muerte del otro porque de eso se trata el universo y Yourcenar también lo sabía. En ese punto implosionan los poemas de Dodge que parecen escritos por un ermitaño hacker con ansias de convertirse a la vez en Whitman y en Thoreau y en Alan Moore. “No te comas un animal atropellado que puedas arrojar en tu remolque”, advierte Dodge en otro de sus textos.

En su libro Sobre nada, Mark Strand supo entender que el poema suscita su propio sentido, no el sentido del mundo. Se inventa a sí mismo: su propia necesidad o urgencia, su tono, su mezcla de significado y sonido, están en la voz del poeta y en este aislamiento engendra su autoridad. La libertad poética de Dodge (el libro podría ser un catálogo donde se prueban desde el verso libre hasta el haiku o la prosa poética) pareciera rastrear esta idea de Strand. Cada poema se funda. Se funde. Se encierra en sí mismo para encontrar su sentido entre sus propios elementos. 

Esa tercera parte del último poema, titulada “Santa Mierda”, también es un credo y en su cadencia anafórica las experiencias se conectan, se entrelazan y se distancian hasta incluso negarse. Cito el largo último verso a manera de  ejemplo y colofón:
“Y creo que nacemos tanto para el azar como para el destino,
que estamos abocados a perseguirnos a nosotros mismos
a través de los laberintos del deseo,
perdernos, ser despedazados y descubrir
placeres extravagantes exquisitamente prolongados.
Y creo que sólo puedes lograr tal desapego
a través de un total y espléndido apego por este mundo,
aquí y ahora, todo, cada pizca,
metiendo la cara hasta dentro
mientras te desprendes de vos mismo.

Y creo que sufriremos y sufriremos y sufriremos,
y que una sola alegría incendia un millar de penas,
que hoy es mañana,
que la fe es un reflejo de gratitud,
y que la fe demanda que descendamos cantando
en vez de reducirnos a un gimoteo incesante
porque la existencia no nos da lo que pedimos.

Creo que todas la voces del coro,
en el aliento en que nace cada nota y cada sílaba.
Y creo por encima de todas las cosas
que no es necesaria mi creencia.”

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