Ante el dolor de los demás

Los relatos de María Fernanda Ampuero tematizan tópicos de violencia y marginalidad para describir la alienación contemporánea.

Paula Puebla

Si uno se atuviera a una primera lectura de Sacrificios humanos (Páginas de espuma), diría que a los cuentos de María Fernanda Ampuero los une el horror de la violencia de género. ¿Pero qué pasa si el ojo del lector se resiste a ese sesgo, a esa problemática social, y se atreve a ir todavía más allá? ¿Qué hay del otro lado del muro de la hostilidad hacia las mujeres, de aquello cuya lucha es política de Estado y que se ha convertido a la vez, tan rápidamente, en otro de los temas que alimentan a la bestia del mercado? La prosa de Ampuero hace una danza siniestra por los pasillos del desamparo, la horripilancia, las violencias y se atreve a mostrar, en relatos vibrantes, el salvajismo de un sistema asentado sobre las desigualdades, de un capitalismo, por cierto, sacrificial. En ese sentido, la autora no se limita a contentar a los algoritmos y las métricas de la feminist lit sino que se parapeta sobre ellos para decir algo más. Algo del orden de la distribución material de los recursos, algo de la pobreza estructural, algo de la carencia, asuntos que en la mayoría de los casos son (elegantemente) omitidos del aluvión de páginas que se pliega —pero, sobre todo, se declama— a cierta militancia.

La argentina Clara Obligado, exiliada desde los fatídicos setentas en España, también autora del catálogo de Páginas de espuma —con, por ejemplo, La biblioteca de agua—, en entrevista para este mismo portal, ha sabido identificar una generación en los transterrados. Y María Fernanda Ampuero es guayaquileña, una de las tantas personas que ha emigrado a Europa en busca de un destino distinto al que ofrece el habitar latinoamericano, en la diáspora a la que fuerza el neoliberalismo. Nada de la herida del destierro, de la indocumentación, del desamparo, de la soledad, del desarraigo, de la necesidad, la precarización y el riesgo de vida, puede ser escindido de aquella segunda lectura que propone Sacrificios humanos. Sin ahorrar amarguras, sin escatimar terrores y ascos, la autora hace terror de la experiencia, casi como si no le fuera posible hacer otra cosa. Desde esa inevitabilidad, construye su política.
Con reminiscencias a los mundos darkies de Mariana Enríquez, a los fierros retorcidos de la prosa del brasileño Rubem Fonseca, al universo sensible de Dolores Reyes, los cuentos de María Fernanda Ampuero se inauguran con “Biografía”. Allí, ante la búsqueda larga e infructuosa de cualquier trabajo, una inmigrante indocumentada que vive con lo justo se ofrece como ghost writer a través de un aviso en el diario. Alguien, al fin, pide sus servicios; alguien, al fin, la necesita; alguien, al fin, parece verla en ese país que no acoge a quienes no espera. Es en el suspiro, es en ese “al fin”, donde Ampuero vierte lo siniestra que puede volverse la necesidad: “¿A qué he venido si no es a ganar dinero? ¿A qué he venido si no es a poner el pecho? ¿A qué he venido si no es a intentar a sobrevivir a la paliza? Las mujeres desesperadas somos la carne de la molienda. Las inmigrantes, además, somos el hueso que trituran para que coman los animales. El cartílago del mundo”.
En ese nudo que forman supervivencia y desesperación, pueden cifrarse también otros de los cuentos. En “Creyentes”, la voz de una niña es testigo de cómo el trabajo en sus diversas formas —doméstico, asalariado, junto al universo obrero, las tomas de fábrica, las huelgas (y la inevitable represión policial)— incide en la rutina familiar, atravesada por la curiosidad que le despierta la presencia de unos hombres rubios, de extraños rituales, que ocupan un cuartucho de la casa.  De un modo similar, “Invasiones” retrata el ascenso y la decadencia de una familia mudada a un barrio nuevo, un barrio montado sobre un estero que prometía vidas felices y vecinos “como uno”. Pero a las plagas de bichos, de murciélagos, de grillos y alimañas, se le sumó otra muy distinta: “Ellos fueron llegando muy poco a poco: una familia a la vez, por la noche, en silencio. Las casas las hicieron de cartón, aluminio y trozos de madera vieja. Los que pudieron las pintaron y los que no las dejaron así: propaganda de candidatos a la presidencia, cajas de electrodomésticos o bicicletas, telas de saquillos de arroz, colchas de tigre” para que pronto, no sin que un padre diera pelea, “estaba pasando lo impensable: que la gente sin casa invadiera los terrenos y viviera ahí, como si hubiera pagado por algo, como si tuviera algún derecho”.

La muerte, la tragedia, el abuso, la fealdad, las envidias, la maldad, lo contrahecho: las zonas en las que se mueven los cuentos de Ampuero no pueden ser sino el margen. Pero no solamente el margen en tanto una estética “border”, con sus oscuridades y sus tripas, sino como posición de escritura, como una manera de metabolizar las crueldades del mundo, como forma de entenderlo. “Así como las chicas guapas juntas potencian su atractivo, solapando con sus virtudes grupales cualquier defecto y se embellecen unas a otras hasta brillar como un solo gran astro, las chicas como nosotras cuando estamos juntas nos transformamos en un espectáculo casi obsceno, exacerbados los defectos como en un freak show: somos más monstruas”. La literatura de María Fernanda Ampuero no es sin la monstruosidad a la que nos somete la vida todo el tiempo, día tras día, como una máquina que exige sacrificios solo para poder seguir picando carne.

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