Ricardo “El Flaco” Zelarayán

Un retrato a destiempo para un amigo entrañable y un autor macedoniano.

Luis Gusmán

El título del libro parece suponer una intimidad cómplice; un guiño al lector que en estos tiempos se ha ido convirtiendo en tópico editorial repetido y remanido en cuanto al género biográfico se trata: un tipo de intervención que se sitúa entre el documento y el testimonio oral. Felizmente, el libro que Inés Busquets ha escrito sobre Ricardo Zelarayán es otra cosa. Como bien aclara el subtítulo, lo que se presenta es un “retrato” de su vida y su obra.

La elección genérica es justa y pertinente: como cuenta John Berger, en la historia de la pintura el retrato comenzó siendo un género al margen, producido por encargo y concebido con un criterio referencial, y luego se fue volviendo una forma de interpretación histórica del personaje retratado.  El retrato es hoy un género que se apropia de recursos narrativos y retóricos diversos. Uno de ellos es el montaje de testimonios. Busquets trabaja ese procedimiento incluyendo la voz de Margarita, la hija de Zelarayán, quién con suma sobriedad habla y nos trae recuerdos del escritor. Lo hace sin renunciar al sentimiento de fidelidad que el parentesco justifica. Esa voz particular se articula junto a los testimonios del poeta Darío Cantón y de Fabián Casas. Una gracia no menor del libro radica en que ninguna de esas voces queda capturada por la lógica del chisme, el dato desconocido, la anécdota irreverente en que aquel que la cuenta ocupa el centro de atención desplazando al protagonista. Es probable que a Ricardo se hubiese divertido con la sola idea de estar ante un retrato articulado sobre esas voces. Y aunque no habría dejado pasar la ocasión para deslizar una ironía, seguramente le habría gustado el libro de Busquets: uno de esos libros que la vida le debe, por desgracia, a la muerte. Un libro justo y necesario, hecho con la palabra de sus amigos: la estela de un hombre y un escritor sin espíritu gregario.
El lugar paradójico que ocupó Zelarayán, con quien compartí dos revistas (Literal y Sitio), además de una amistad generosa y cotidiana, es el que pone en evidencia la diversidad y la coherencia de escritura que evidencia Ese maldito canario. Zelarayán es uno de esos seres a quienes uno recuerda por su trasmisión oral sólo después de haber hecho la experiencia de lectura de sus extraordinarios escritos. El reconocimiento llega siempre después, “a destiempo”. O, mejor dicho, en el tiempo macedoniano de lo desplazado. Una temporalidad diferente, como diría Piglia, una novela eterna que nunca comienza porque siempre está comenzando.
Por la voz Margarita, nos enteramos de su padre matemático, de su segundo nombre (Isidro) casi oculto, de una serie de escenas que, como alguna fotografía desconocida, ofrecen matices enternecedores. Pero, junto a eso, el libro de Busquets ofrece también algunos documentos, como el programa del hermoso texto que escribió sobre Erik Satie, el dibujo de Noemí Spadaro para La gran salina. La gran salina podría oficiar de metáfora central de su apuesta de escritura. Porque Zelarayán conocía el espacio que existe entre una palabra y otra, había hecho la experiencia de ese silencio blanco que las distingue: había hecho el aprendizaje de la respiración poética cuando escribía y cuando hablaba, conocía el valor de los silencios.

Ese maldito canario, el volumen compilado por Osvaldo Aguirre, lo confirma en esa singularidad. Poeta del movimiento, del suspiro el estertor, la carcajada y el relincho de piel de caballo. Poeta ácido, pero de una piedad que a veces hasta la ironía admite como en el gran poema que llegó a dedicarle a Oscar Masotta: “Piedad por esas imbéciles moscas”. En sus textos se ponen de relieve tres rasgos decisivos: el humor, la polémica, la ironía. Y se presentan sin ostentación, sin dobleces y sin mezquindad. Constituyen lo que Leo Spitzer llamaría sin vacilar: un estilo.
Zelarayán respiraba estilo. Como cualquiera de nosotros, representaba además un personaje; quiero decir, exageraba un rasgo. Recuerdo una foto que nos sacamos en la plaza Lavalle donde estaba envuelto con su poncho como si viniera de recorrer una salina. Huérfano de reconocimiento, pero no de la lengua, ocupó cierto lugar de paso, cierta deriva, no marginal, sino más bien entrelíneas. Eso que Fabián Casas describe como una “implosión de los géneros” es a mi entender una disrupción: la abertura brusca de un circuito lógico. La gran salina es un ejemplo claro y luminoso: uno de los grandes poemas de nuestra gran literatura. Pero esos son reconocimientos que también llegan a destiempo: el elogio siempre es muy difícil de hacer cuando se comparte la cotidianeidad en este mundo. Los motivos siempre están desplazados: por uno, por el otro, o por ese maldito malentendido que cada vez más se convierte en eso que convenimos en llamar literatura.
El nombre de Zelarayán resuena en el pasaje que va de un lugar a otro, del malentendido a la literatura y de la literatura al malentendido. Por eso me lleva a evocar una justa frase de Chesterton: “Sospecho que la dignidad, tiene algo que ver con el estilo”. El retrato de Busquets es también digno en ese sentido: tiene la dignidad de aquello que ha sido hecho en nombre de un estilo. Zelarayán, el amigo, el poeta, el escritor emponchado que venía de cruzar una salina se lo merecía. Macedoniano consecuente, está siendo reconocido a destiempo.

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