El secreto de la escuadra

Un recorrido por la historia, las fuentes, los símbolos y los misterios de la masonería.

MARINA WARSCHAVER

Mi padre repetía siempre una anécdota le había sucedido varias veces: al estrechar la mano de alguien en una reunión de trabajo o al saludar en la calle a algún amigo de un amigo, el otro solía preguntarle si acaso había recibido la luz. ¿Qué significaba? ¿Una especie de mapa? Nada más vulgar que un pago, una coima tan habitual durante las privatizaciones en el menemismo o, tal vez, pensaba, ¿sería algo relacionado con la comunión católica? Digo que la frase me resultaba enigmática como si mi padre perteneciera aunque no lo supiera a una extraña secta que celebraba ceremonias prohibidas en un palacete del microcentro.

¿Era una especie de elegido? Luego supe que se consideraba a mi padre, el arquitecto Warschaver, un iniciado en la masonería y durante años me resultó una palabra misteriosa. Siempre decía que, a pesar de ser arquitecto, nunca había pertenecido a ninguna organización, que le resultaba una práctica anacrónica. Mi padre no tenía el aura de alguien que supiera un secreto que nadie más sabe pero hace dos años, cuando murió y fue enterrado en Chacarita, observé con atención la lápida donde descansaban los restos de mi abuelo Toto. Nunca me detuve en la frase que estaba calada en el mármol: Indefesso Nisu Repellamus Ignorantiam. Mis escasos conocimientos de latín aprendido en el colegio me permitían traducir con cierta dificultad la frase (“Con infatigable esfuerzo rechacemos la ignorancia”), que siempre supuse estaba sacada de algún versículo bíblico o de alguna escena de los evangelios como la cristiana Igne Natura Renovatur Integra. Ese mediodía lluvioso, cuando volvíamos del cementerio, le pedí a mi abuela si podía ir a su casa a pasar la tarde. Ella entendió que su nieta necesitaba hablar sobre ese padre parco y distante pero amoroso, entendió que necesitaba desahogarse, sentarse bajo la acacia y recordar, porque sabemos que la memoria se construye y se expande de manera colectiva.
Es cierto que necesitaba hablar. Entender. Aunque creo que más que nada quería conocer un poco más a Toto, porque los pocos años que tuve la suerte de estar con él sólo era el hombre sonriente que nunca me decía que no a nada.
–Era un hombre silencioso –dijo mi abuela–. La persona ideal para contarle un secreto.

Aquella tarde anduve por que fuera de su estudio, lleno de planos y reglas y esa mesa ratona en la que me sentaba para dibujar mientras él, a pesar de la artrosis, se dedicaba a imaginar parques y edificios y en los últimos años también, más que nada, las casas de sus hijos y las habitaciones de sus nietos.

En algún momento le pregunté a mi abuela si papá era masón pero enseguida respondió que no, que nunca le había interesado. Demasiado solitario, agregó como al pasar. Y cuando pregunté si mi abuelo había sido un iniciado prefirió responder con evasivas. ¿Por qué? ¿Qué ocultaba? ¿Qué secreto rodea a la masonería para que nadie pueda hablar de ella? El silencio, como siempre, despertó en mí una curiosidad irrefrenable. Empecé a investigar, a hablar con gente, a obsesionarme con la historia de mi abuelo Toto. Alguien me dijo que los masones, en los últimos años, habían abierto las puertas de sus templos a la comunidad y permitían que uno presenciara sus ceremonias. Una tarde asistí a una iniciación en la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, en su edificio de la calle Perón, y me di cuenta que desde las clases de historia de la escuela primaria, el nombre de la Logia Lautaro, integrada por personajes como San Martín o  Juan Martín de Pueyrredón, me había fascinado de un modo particular. Había quedado como un recuerdo entre penumbras. Hace unos meses accedí a un libro extraordinario de José Julio García Arranz, Simbolismo masónico (Sans Soleil), donde este profesor en historia del arte reconstruye las fuentes, las definiciones y se detiene en el enorme aparato simbólico que rodea a la Orden. ¿Quiénes eran masones? Aunque sabemos de muchos, ellos podían reconocerse mediante una serie de signos que de a poco empecé a conocer: la forma de saludar al otro, por ejemplo, formaba parte de esas señales que confirmaban o descartaban la pertenencia a la hermandad. Quizás eso fuera lo que algunos encontraban en los saludos de mi padre.

El universo de las logias masónicas está rodeado por un misterio que fue abusado, desde luego, por la literatura de Dan Brown, o por alguno de esos muchos y malos best-séllers basados en conspiraciones al estilo sociedades secretas tipo Illuminati. Sin caer en esa vulgaridades, García Arranz recorre la historia de la masonería con un profundo conocimiento sobre el tema abriendo el abanico de definiciones y disputas que las distintas ramas masónicas tuvieron a lo largo de la historia. Y lo más imortante, pone sobre la mesa las diferentes versiones de sus orígenes. Un grupo de albañiles de la antigüedad que se convierten en una sociedad secreta organizada, como entiende Frances Yates, para atesorar un conocimiento sobre el mundo, me resultaba una versión bastante plausible para relacionar con mi historia personal: abuelo y padre arquitectos, de cierta tendencia filantrópica, creyentes y humanistas, unidos en el silencio de un conocimiento que sólo ellos sabían y que a partir de ese silencio final inquebrantable me lo revelaban de algún modo. 

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