La dama del gótico andino

La literatura de Mónica Ojeda expone con crudeza la violencia terrible del mundo contemporáneo y los cuentos de “Las voladoras” son un catálogo de esos miedos y pesadillas.

PABLO DÍAZ MARENGHI

La violencia de su Guayaquil natal —ciudad a la que, cuenta, apodan Guayakilll City— y los paisajes espectaculares en donde se crió la impactaron en partes iguales. Esa ambivalencia se percibe en los textos de Mónica Ojeda (1988), una de las voces más potentes de la literatura contemporánea, elegida en 2017 dentro de la prestigiosa nómina de Bogotá 39. Sus novelas oscilan entre lo esplendoroso y lo perturbador. Allí se exponen historias de una crudeza y una violencia terrible que trabajan sobre aspectos ominosos de la existencia en torno a la corporalidad, el universo femenino, la infancia, la sangre y la sexualidad. El terror aparece pero ya no como un género trillado sino como una cristalización del miedo en un paisaje urbano, digital —los creepypastas en Mandíbula, los videojuegos en Nefando— o, incluso, en torno a escenarios montañosos, cultos y ritos que se funden con las creencias ancestrales de su región, dando como resultado lo que llama “Gótico andino”.
Desde aquellos primeros textos escritos a los once, influenciada por las lecturas de la enorme biblioteca de su madre y por series de televisión como Cuentos de la Cripta, hasta hoy, se ha convertido en una escritora que transforma a la violencia extrema en narración poética. Su último libro de cuentos, Las voladoras (Finalista del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero) es un muestrario de sus búsquedas y obsesiones en torno a ello.

¿Cómo explicas el “Gótico andino”?
En Las voladoras me propuse hacer un libro de cuentos sobre lo que para mí sería el “Gótico Andino”. Hasta entonces, nadie hablaba de eso. Lo hice un poco por jugar, no desde un lugar teórico o académico sino me puse a fabular a partir de una investigación que estaba haciendo sobre narraciones orales en Los Andes. Pensé en las líneas del gótico sureño, que son autores/as que no siempre escribían terror pero tenían ciertos rasgos perturbadores. Pienso en William Faulkner o en Carson McCullers. No hacían terror pero  tenían rasgos que que aludían a la violencia, el miedo, el horror. Miedos colectivos. Decidí que iba a trabajar el miedo, como siempre, a través de la violencia, sin por eso tener que hacer cuentos clásicos de terror, no porque no quisiera sino porque no me salieron así. Son cuentos que trabajan con aspectos de lo mitológico, lo simbólico, el paisaje, la geografía, su historicidad y miedos colectivos primitivos en historias rabiosamente contemporáneas. Ese era mi objetivo. Siento que cuando alguien lee mis textos y siente miedo, muchas veces es una consecuencia natural del tipo de relatos que les estoy poniendo por delante, de violencias extremas.

¿Cómo te posicionás ante ciertos discursos que condenan la violencia extrema en la ficción, ya sea en literatura o en cine?
Es difícil que una obra de arte que sea buena sea solamente violencia porque tienen distintas capas. Puede ser una obra de arte tremendamente violenta, del arte de la crueldad, la cuestión es que cuando es una buena pieza se justifica el por qué de esa violencia. Entiendes cuál es el motivo de retratarla de la manera en la que te la están retratando y no de otra, entiendes que hay una poética y una ética detrás. Cuando como espectadores/lectores nos molesta la presencia de la violencia en alguna pieza, a veces tiene que ver con que no es lo suficientemente buena o a veces nosotros no somos el público para poder valorarla. De todos modos, creo que es un tema complicado. No creo que el arte, por el solo hecho de serlo, tenga el derecho a pasarse por encima cualquier reflexión ética. Hay obras de arte y artistas que me parecen abominables por cómo trabajan sus piezas con un planteamiento ético que considero peligroso. Pero eso no tiene que ver con la cantidad de violencia que le pongan sino con el hecho de dañar o abusar de algo o alguien. Son cosas que un artista tiene que plantearse y decidir hasta dónde llegar. Creo que los libros normalmente son bastante inofensivos, afortunadamente. ¡Uno puede cerrar el libro cuando quiera! Un libro no se te impone.

Respecto a los cuentos de Las voladoras, hay frases muy potentes en los comienzos. Dos ejemplos: “Hija guardaba la dentadura de papi como si fuera un cadáver”. “Bárbara quería cortarle la lengua a su hermana gemela con un estilete”. ¿Cómo las trabajas?
La mayoría de los cuentos del libro tienen comienzos así. Cuentos como “Canino” o “Slasher” ya comienzan con escenas turbadoras. Otros van in crescendo. Como escritora no me interesa la idea de sorprender. Esta tradición, que creo ya está caduca, del cuento que tiene que, de repente, sorprenderte, llevarte lentamente hacia un sitio, no me interesa tanto. De hecho, “Cabeza voladora”, el cuento más clásico, es el que menos me costó escribir porque me desafiaba menos. Cuando empiezas un cuento de forma tan contundente estás diciendo dos cosas: primero, te estoy diciendo que va a ir sobre esta cosa turbadora, entonces ya no hay engaño desde el principio. No va a haber sorpresas. Pero, también, estás diciéndole al lector: ya te he dado el golpe al principio, todo lo que venga después va a ser un ejercicio en el que te tienes que separar un poco de la idea de que este cuento te tiene que seducir o sorprender o te tiene que llevar a puntos más altos. ¿Por qué todo tiene que ir in crescendo? A lo mejor podemos empezar ya en el punto alto y seguir allí para pensarlo, analizarlo, ver los matices. ¿Qué es eso de una chica queriendo cortarle la lengua a su hermana? Me deshago de tener que ponerle miel en los labios al lector. Lo pongo en la primera línea y de ahí en adelante vamos a la literatura.

Cada uno de los ocho relatos plantea caminos narrativos diferentes.
Algo que me gustó bastante al escribir el libro fue imponerme a mi misma el reto de tratar de que cada cuento tuviera una estructura distinta. Por eso “Cabeza voladora” es un cuento que va in crescendo pero no lo es así “Caninos” o “Slasher”. Hay un cuento polifónico ( “Soroche”), cuentos en primera persona (“Las voladoras”, “Sangre Coagulada”), un casi cuento-poema (“Terremoto”) y un cuento slash conjuro que tiene una estructura episódica como si fuera un western zombie andino (“El mundo de arriba, el mundo de abajo”). Quería que cada cuento me representara una posibilidad de escritura diferente.

Las voladoras abre con dos citas de poetas (Raúl Zurita y Mario Montalbetti). ¿Cuál es tu relación con la poesía?
Siempre he tenido una vinculación estrecha y natural con la poesía en la escritura. Cuando escribo narrativa estoy buscando una experiencia poética con el lenguaje, a partir de empatizar con personajes y con lo que estoy contando. Incluso mis libros de poesía son narrativos, tienen sujetos líricos ficcionales. Cuando hago poesía estoy utilizando la ficción. Soy una lectora bastante rabiosa de poesía, la disfruto un montón. Mis libros favoritos son, en su mayoría, de poesía. Al escribir, me interesa hacer que el lenguaje sea sensual, sensorial, musical, que genere imágenes en la cabeza. Creo que el lenguaje también es un lugar de turbación, miedo y violencia. No sólo lo que se cuenta. Lo que se cuenta sí, también, puedes contar cosas horribles y ya está sin preocuparte por las palabras que usas para contarlas. Pero si cuentas cosas y, encima, te preocupas por las palabras que estás utilizando en un sentido realmente sensorial, como si fuera una especie de conjuro, eso te va a llevar a trabajar el lenguaje de esta manera.

En tu prosa se podría distinguir cierto terror urbano relacionado a temáticas contemporáneas como las redes sociales, los femicidios o las adicciones.
Es que el monstruo no está tan lejano, ¿no? No hay que pensar en esa figura encarnada en algo deforme sino en el monstruo metafórico, alegórico. Soy una persona atravesada por un montón de miedos. Soy bastante cobarde en muchas cosas. Cuando escribo tal vez no pero en otras cosas sí (risas). Vengo de un país muy violento. Ecuador es muy violento. Además de una ciudad muy violenta, Guayaquil: en Ecuador la llaman Guayakill City. Es sobre todo muy violenta con las mujeres. Una cosa insoportable. Entonces, para mí el miedo es la pobreza, la injusticia, la inequidad, el desamparo, la crueldad o que le pase algo terrible a tu entorno familiar, algo que trabajo mucho en mis textos. Ecuador es un país en donde la mayoría de las niñas que han sido violadas, son violadas por sus familiares. La casa me representa una estadística espeluznante. Tengo amigas que han sido abusadas por familiares. Esos son mis miedos; los horrores de la violencia que no siempre están ligados a fantasmas o monstruos sino a cosas más concretas que producen miedo y generan este ambiente de horror.

Vivís en España desde 2017 y recién hablábamos de Guayakill City. Se nota que tus orígenes aún se filtran en tu escritura. ¿Cómo atravesás estas cuestiones a la hora de escribir?
Ecuador está en toda mi literatura y va a seguir estándolo, sin duda. No creo que vaya a escribir un libro donde no esté presente. No porque le rinda un culto nacionalista sino porque estoy vinculada emocionalmente a su geografía. Sobre todo con el contraste que me genera haber vivido la mayor parte de mi vida allí. Esa tensión, entre la belleza y el horror constante, construye toda mi narrativa. Ecuador es un país increíblemente bello, con paisajes que te dejan sin aliento. Y, sin embargo, es un país del que he salido por miedo, porque ya no soportaba más la violencia de tener miedo a salir a la calle. Cuando me fui, además, estaba viviendo una crisis de ansiedad muy intensa. Mi literatura está atravesada por la sensación de no poder más y, a la vez, de estar absolutamente alucinada, de forma casi pesadillesca, de eso que te da miedo. Hoy vivo más tranquila en España. No tengo miedo de salir a la calle y que me vayan a hacer algo. Como mujer eso es algo muy valioso. Ya no tengo miedo de caminar por la noche, que me violen, algo que también me podría pasar acá, pero no es un miedo tan palpable como en Ecuador. Acá hay otras violencias, por supuesto. Las violencias que tengo que vivir como migrante ecuatoriana, que somos tratados como si fuéramos la peor cosa. Es cambiar una violencia por otras pero creo que siendo mujer latinoamericana es difícil escapar del todo. Me puedo aguantar al racista de mierda pero no al que me pone un cuchillo en la garganta, aunque ambas cosas sean horribles.

¿Tu mayor miedo está relacionado con eso, con el terror urbano?
Creo que, como todo el mundo, temo que le pase algo a la gente que amo. Mi familia vive en Ecuador. Cuando estalló el Coronavirus me asusté mucho al ver las imágenes de cadáveres en las calles y estar a trece horas de distancia. Repito: Guaya Kill City. Un panorama atroz. Pero sí, en macro, mi mayor miedo es que mi libertad se vea mermada al extremo por el miedo, que era lo que sentía en Ecuador. A mi no me pasaron grandes cosas horribles pero sí a mi entorno afectivo. Tenía amigas violadas, amigos que les habían roto las costillas robándoles. Mi padre a los 18 me llevó a un campo de tiro y me enseñó a disparar. Me puso un arma en la guantera del coche para que si me hacían secuestros express —en una época en la que secuestraban a muchas mujeres jóvenes— intentara defenderme. Mi mayor miedo es que mi vida se vea paralizada por el miedo mismo. En Ecuador me pasó. Cuando decidí venir a vivir a España definitivamente, en 2017, estaba con ataques de ansiedad, había hecho trabajos de activismo en Ecuador y vi situaciones complicadas. Mi vida era trabajar y estar en casa. No salía a la calle por miedo. Luego empecé a temer que la gente entrara en mi casa. No dejaba entrar ni a mis amigos. Ahí me di cuenta de que el miedo me estaba comiendo.

Otro aspecto que aparece en tus cuentos y en tu novela Mandíbula, por ejemplo, es aquel que tiene que ver con la sangre y la adolescencia, algo que podría establecer un guiño con Carrie, de Stephen King, por ejemplo. ¿Cómo té interpela esto?
Creo que es algo que la literatura de terror lo ha trabajado bastante, sobre todo las escritoras, como Shirley Jackson o Charlotte Perkins. En mi cuento “Las voladoras” está el tema de estas mujeres que vuelan y representan el deseo, vienen a turbar una casa. La entrada de una voladora implica que al papá se le tense el pantalón, que la mamá riegue leche al suelo y que la lama, que a la hija le broten y se le hinchen los pezones y empiece a sangrar. Es como si la sexualidad entrara a la casa de una forma turbadora y no amable. Luego está la sangre que aparece en “Sangre Coagulada”: No sólo me interesa la sangre menstrual sino, también, la de los animales con las cabezas cortadas, de la violación y los abortos. Hay una línea de tradición de terror que muchas/os escritoras/es estamos trabajando bastante y tiene que ver con los arquetipos de la feminidad. Uno de ellos es el de la bruja como la representación de un cuerpo femenino no-normal, que no responde al deber ser. Entonces, esa sangre recuerda a una corporeidad excesiva, incómoda, oscura por enigmática. Esto también lo ligo con la adolescencia, que también estaba en Carrie. Nunca hay brujas niñas, siempre lo son al entrar en la pubertad. Como si la sangre te iniciara en los secretos de un mundo oscuro y subterráneo que es el mundo telúrico de las mujeres. Te separa radicalmente de los hombres y estos le temen a esa sexualidad que si no es controlada y educada, dentro de determinados parámetros, puede devenir en una sexualidad de brujas para el mal. Algo que aparece, también, en la película The Witch, de Robert Eggers.

¿Creés que este tipo de relatos perturbadores gozan de buena salud en la literatura latinoamericana contemporánea?
Creo que estamos en un momento muy especial porque más que el género de terror, se trabaja la violencia desde el horror que causa. Así ya podemos hablar de muchísimos escritores más, como Fernanda Melchor, por ejemplo, con Temporada de Huracanes y Paradais. Si bien no son novelas de terror, uno termina turbandose, estremeciéndose, sintiéndose desamparado cuando la lees. Sientes el horror desde otros lugares. Luego está, por supuesto, Mariana Enríquez, que explora el género de terror de una forma increíble. También podría mencionar a Liliana Colanzi, quien en Nuestro mundo muerto hace una suerte de ciencia ficción andina que transita lugares místicos, enigmáticos. Pienso en Ariana Harwicz y en sus novelas Mátate amor y La débil mental, profundamente inquietantes, que trabajan sobre pasiones y relaciones familiares que terminan siendo violentas. Me gusta pensarlo más ampliamente. Incluso pensar en el término gótico más que sólo en terror. Creo que se está trabajando desde la violencia y el horror desde distintos géneros y formatos.

Ampliando el concepto hacia diversos modos de relatar el horror, se podría sumar literaturas como la de Nona Fernández en Chile, que trabaja el horror de la dictadura, el pasado que no está resuelto Totalmente. Siempre se ha trabajado la violencia en la literatura latinoamericana. Creo que ahora se está trabajando con mucho énfasis en el horror que genera la violencia y no tanto en su retrato. No tanto en describir un hecho violento sino en crear toda una tensión en torno al suceso, inquietar el cuerpo de quien lee. Hay un abordaje diferente de la violencia hoy en día. Eso es lo interesante. Las escritoras en Latinoamérica están haciendo un trabajo fascinante. Aquí me saco porque, obviamente, no quiero hablar de mí. Hablo de las autoras que he mencionado, por ejemplo, y muchas más. Creo que están contando los horrores de tener unos determinados cuerpos en sociedades como las nuestras desde determinados lugares y como no se había contado antes. Ya podemos hacerlo con un marco distinto. Nadie nos repudia por ello. Incluso ahora se nos está leyendo más. Entonces, una se siente más segura de poder abordar ciertas cosas con más crudeza.

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