Salas Subirat, una vida

Luis Gusmán recuerda al gran escritor y traductor autodidacta argentino a través de la notable biografía de Lucas Petersen.

Luis Gusmán

Las vidas en la literatura toman distintos rótulos. Desde Vidas paralelas de Plutarco, que apropiado por la lengua habanera de Cabrera infante se transforma en Vidas para leerlas, a las inolvidables Vidas imaginarias de Marcel Schwob; aunque, el título que a mí más me gusta es Vidas ajenas y le pertenece a León Edel. Porque una vida que se cuenta bajo el género de la biografía siempre es íntima y ajena al mismo tiempo.
Caigo en la cuenta de esto leyendo El traductor del Ulises, el muy buen libro de Lucas Petersen sobre la vida de Salas Subirat, el vendedor de seguros que asumió la empresa de realizar la primera versión del monumental texto de James Joyce en nuestra lengua. Tal vez, por su misma profesión, sin saber de dónde provenía la póliza, o quizás del Círculo Jovellanos, donde asistió como alumno a los cursos de idiomas, como nos informa su biografía.

Lo primero que Petersen anota a propósito de Subirat es que era “un hombre corriente”. Pero leyendo con atención el libro, uno se encuentra con que esta biografía va dejando una imagen más compleja de este aparente “hombre sin atributos”. Petersen reconstruye el contexto familiar, social, intelectual de Salas de manera exhaustiva y rigurosa, desde su genealogía catalana hasta a su nacimiento en el barrio porteño de San Cristóbal en 1900.
La rigurosa investigación en la que se basa el libro puede leerse como una novela familiar que comienza en su origen Barcelonés y se reinventa cuando el joven Salas le agrega a su apellido paterno, el materno: Subirat.
La segunda cuestión que subraya esta biografía es la agudeza (en el sentido de arte e ingenio que Baltasar Gracián le daba a esa palabra) con que Saer advierte la comparación entre Leopold Bloom, el judío errante de Ulises, y su traductor: Bloom vendedor de avisos, Salas agente de seguros. Pero esa caracterización se diversifica y se expande al considerar a Salas Subirat como un escritor de cartas de amor dirigidas a Iside Cima —aunque no tan escabrosas como las que Joyce le escribía a Nora Bernacle. En esa línea de coincidencias, Petersen marca también otra que brilla por su singularidad: el vendedor de seguros devenido traductor, cuando comienza la traducción tiene 38 años, la misma edad que en la novela tiene Leopold Bloom. Casi podría decirse que, al igual que Sam Spade, el personaje de Hammet, Subirat trabajó en La continental, solo que en una compañía de seguros.

Joyce cuenta que, escribiendo el Finnegans Wake, entre la cantidad de ríos que corren por ese escarpado libro, incluía nuestro Pilcomayo porque soñaba un día encontrar un gran lector por estos pagos. Sabemos que su sueño se hizo realidad en Borges y sabemos también que muchos otros llegaron a él siguiendo el cauce de la primera versión al español que Salas Subirat hizo del Ulises.
La historia de la literatura no es un río inmóvil; los lectores la modifican. Hoy la historia de Leopold Bloom parece haber sido opacada primero por la de Stephen Dédalus (alter ego del joven Joyce) y, en los últimos años, por Molly Boom y su brillante monologo. Petersen podría acreditarse el intento de recuperar ese personaje anodino para volver apasionante una vida común: un vendedor de seguros que en los años treinta traduce al español un libro como el Ulises que se ha convertido en el mito de los libros en clave.
Pero lo que hoy sabemos es que no hay libro más absurdo que una “Guía para leer el Ulises“. El de Joyce es un libro hecho para que el lector se pierda, para que no descubra las claves, para que el enigma quede abierto, sin resolver, para que las claves se fundan en la densidad propia del lenguaje. Como Finnegans Wake, es un libro escrito contra la lengua y, por encima de la lengua, contra el sentido común.
Recuerdo el número de la revista Sitio donde se publicó una discusión entre dos traductores inolvidables. Ramón Alcalde y Enrique Pezzoni tradujeron la última página de Ulises cotejándola con la de Borges —que estaba llena de “errores”, “arbitrariedades” y “caprichos”. En la biografía, Petersen dice que Borges declaró que la traducción de Salas “era muy mala” y que, en La ocasión, Saer le responde irónicamente, afirmando —desde el “Pierre Menard”— que Salas era entonces el mejor escritor en lengua española.

Si entendemos por “vida simple” a los llamados “oficios terrestres”, Salas fue más que eso. Tuvo una fábrica de juguetes, fue pionero en la edición de los libros de auto ayuda e incluso incursionó en los primeros años de la televisión. Su vida es comparable a la del personaje de Dustin Hoffman en Héroe accidental. Salas se salvó incluso de un accidente de avión que la biografía cuenta magistralmente, cuando el DC4 en que viajaba, aterrizó de emergencia en aguas brasileras. Los pasajeros fueron recatados por los pescadores y luego trasladados a San Pablo. Dice Petersen: “Tuvo que comprar ropa y se quedó en la ciudad con la esperanza de recuperar su equipaje, que incluía 500 libros y buena parte de su última producción”.
La de Salas Subirat fue la vida literaria de un hombre común que supo cargar “los fusiles del futurismo” y sostener estrechas relaciones con algunos de los conspicuos integrantes del grupo Boedo. Pero sobre todo fue un hombre común que supo supo elegir el libro a traducir como si en esa elección se jugara una declaración de principios. Es justo recordarlo desde el epígrafe que el Petersen elige para su libro: “Si la biografía la hiciera otro me gustaría leerla; es posible que supiera algo respecto a mí. En último término, una autobiografía puede resultar interesante como complemento de la obra producida. No creo que nadie se haya interesado por mi obra, y es natural que tampoco exista nadie que se preocupe por su complemento”.

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