El mapa y el territorio

Algunas vidas, algunas muertes (17grises) es el primer libro de cuentos de Jorge Jinkis, una serie de textos contundentes e implacables.

DIEGO ERLAN

En el primero de los ensayos que Jorge Jinkis reúne en El anacronismo interminable apunta una cita bíblica del evangelio de Mateo que dice: “Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí; cuando digan ‘no’, que sea no. El resto es obra del maligno”. Lo advirtió también Pier Paolo Pasolini un día antes de su asesinato: estamos en manos del maligno porque nunca hay un sí o un no. Es decir: no hay, en el artista, posibilidad de certezas, porque ellas, justamente, debilitan la profundidad de sus obras. Es posible que ese ‘resto’ lleno de pliegues y sombras, alejado de la contundencia de las sentencias, sea finalmente territorio de la literatura. El hallazgo no es menor ante la aparición del primer libro de relatos de Jinkis, Algunas vidas, algunas muertes: en la repetición del adjetivo que modifica esos destinos del título, en esa falta de especificidad, puede encontrarse relación con la idea esbozada por Pasolini.

Desde el mapa que se incluye en las ultimas páginas del volumen, Jinkis señala una geografía particular; pero sobre todo reconstruye un territorio literario y emocional. Lo que el autor recupera no es el lenguaje regionalista o estereotipado del campo sino un elemento mucho más inasible y escurridizo: ese paisaje omnipresente definido por el silencio y las tensiones que ese silencio genera al convertirse en hilo conductor de las relaciones interpersonales. Ese fermento es lo que el autor dejó macerar durante años para despacharse con estos ocho relatos implacables. Pareciera que Jinkis, en todos estos años donde se dedicó al ensayo y al psicoanálisis, supo ajustar el oído para saber escuchar balbuceos, gestos y traumas que no hacen otra cosa más que configurar una serie de escenas donde la fuerza está puesta deliberadamente en los fuera de cuadro.
Si el minimalismo de Raymond Carver hubiera nacido campo adentro, seguramente tendría encima la respiración que se encuentra en la prosa de Miguel Briante. En el linaje clásico de esa aspereza se inscribe este sólido y contundente libro de Jinkis. Y decir aspereza no significa, por supuesto, prescindir de sensibilidad o de emoción. Al contrario. La inteligencia y la agudeza de Jinkis para observar esos pliegues, claroscuros y sombras (especialmente en relatos como “Sin nombre” o el descomunal “Emperrado”, por ejemplo) requiere sin duda de un grado de empatía que sólo escritores como Briante han sido capaces de alcanzar. Es la estética del esbozo articulado: en unas líneas implacables Jinkis instaura una literatura que consigue trazar en la mente del lector las coordenadas precisas de un universo propio.

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