La imaginación peronista

Carlos Piñeiro Iñíguez, una voz singular de la narrativa argentina nacional y popular.

Paula Puebla
Carlos Piñeiro Iñíguez

Arribo a la obra de Piñeiro Iñíguez a través de la lectura de Cipriano Peralta. Un náufrago metódico (Mansalva). Luego, continúo con Hubiera preferido tablas (17grises). Un encantamiento particular, signado sin dudas por el pensamiento justicialista volcado en las páginas, me conmina a concertar una entrevista con este autor, más que prolífico, premiado y cultor del bajo perfil, casi como si fuera un hombre contra su propio tiempo.
El encuentro se da al fondo de un café de franquicia sobre la avenida Callao. Adentro hay aire acondicionado pero afuera los 35 grados de sensación térmica caen sobre el cuerpo. “¿No te molesta el calor?”, le pregunto a Carlos, rindiendo honores al cliché, para romper el hielo. “No, viví varios años en África con temperaturas de 60°”, me contesta. Es que Piñeiro Iñíguez además de autor, de investigador, de ensayista, de músico —invitado frecuente de La 25, la banda de rock stone oriunda del conurbano sur— fue durante la mayor parte de su vida un diplomático de carrera de jerarquía.
Antes de encender el grabador, conversamos una hora completa porque, a las claras, es cierto aquello de que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. El autor de Perón: la construcción de un ideario (Siglo XXI) es una usina de conocimiento, reflexiones y anécdotas, de voz apacible y escucha, capaz de hilar mínimos gestos históricos con las luchas que hoy lleva a cabo la juventud.
Ahora, con el material desgrabado, resulta difícil discernir cuándo en la entrevista se aborda la ficción y cuándo la realidad; es complejo identificar los bordes de la literatura dentro de la verdad política argentina. Pero no muchas veces, arriesgo, el peronismo ha encontrado un narrador tan ubicado a la altura de sus circunstancias.

¿Por qué subtitulaste la novela “Un náufrago metódico”? ¿Por qué retomas a Luis Rosales?
Rosales es un poeta que a mí me interesa mucho. Cuando se producía la Guerra Civil Española y perseguían a García Lorca, García Lorca se va a cobijar en la casa de un poeta falangista que era Rosales. Él y sus hermanos casi pierden la vida por defender a Lorca, en un momento donde las pasiones estaban desatadas.
Rosales es un hombre que después fue prácticamente olvidado, posiblemente por esa militancia política juvenil, pero no dejó de ser uno de los poetas más sensibles que tuvo España y ese poema, “Un náufrago metódico”, siempre me impactó mucho. Sobre todo por el cierre “jamás me he equivocado en nada / sino en las cosas que yo más quería”. Podríamos agregar miles de cosas a esos versos que creo que es casi una constante del ser humano, pero el coraje de poder decirlo en un poema siempre me impresionó. Creo que es un tema que nos pasa a todos, que acertamos en todo menos en lo que es importante. O como decía John Lennon: la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, ¿no? Es algo bastante parecido.

Tu prosa está ceñida a los hechos, no se demora en volutas o en grandes lapsus metafóricos. Sin embargo, en la primera parte de la novela, el niño protagonista vivencia algo que describís como “toda una autobiografía en lila”. Me gustaría profundizar un poco ahí, en el color, en el filtro, en esa pátina que signa la vida de este chico educado en un colegio inglés. ¿Qué me dirías que se esconde allí?
A veces los textos no son necesariamente autorreferenciales o lo son parcialmente. La ventaja del escritor es que puede tomar, mezclar, un poco a su libre albedrío. El lila es un color que me interesa mucho, produce en mí una especie de fascinación. Recién te comentaba que una vez tuve una banda de rock que se llamaba “Sangre Lila”, después hubo otra que se llamaba “Grulla Lila”. Siempre ese color me interesó mucho y siempre sentí una gran admiración por un poeta, que es T.S. Eliot, y precisamente él en Tierra baldía, si no me equivoco en el libro cuarto, en “El entierro de los muertos”, tiene ese famoso poema que es  [recita de memoria] “Abril es el mes más cruel, engendra / lilas de la tierra muerta, mezcla / memoria y deseo, remueve / turbias raíces con lluvia de primavera”. Leí desde muy joven a Eliot, posiblemente tuve que leerlo muchísimas veces de más grande para poderlo entender, pero siempre me impresionó ese poema. Especialmente el título del libro, Westland, que se tradujo como Tierra baldía pero en inglés puede tener otras acepciones, todas ellas teñidas de dramatismo y cierta melancolía. Entonces en este libro lo hago a ese niño interesado en Eliot como yo estuve interesado y por la importancia que en la vida puede tener un color.

Describís a ese mismo niño como alguien melancólico, con “fama de lobo solitario”, frente a esa descripción de todo lo que pasa en el colegio, en especial referido a los deportes. Cipriano es un niño retraído, podría decirse. ¿Se hizo peronista porque no pudo ser feliz en soledad?
No. La expresión “lobo solitario” encierra dos cosas. Hay un cierto retraimiento, pero era un tipo de soledad que estaba cobijada en la lectura, la escritura y la música. Posiblemente se sentía separado de sus pares pero no solo, porque tenía todo lo demás. Vos lo decís en forma completa, era un lobo solitario. El lobo también es muy agresivo, sobre todo si se lo molesta. Generalmente, como todos los animales, suele no ser agresivo de manera gratuita. Pero si lo molestás, suele ser muy peligroso, que creo que es el caso de Cipriano. El lobo es un  animal que tiene muchas convicciones, logra  sus objetivos, caza en manada.

Se organizan.
Sí, sí. Entonces es muy propio que ese lobo solitario después deviniera en un importante cuadro político. En su vida lo que más quiso fue, en ese barrio tan especial, organizar la manada, darle sentido, que actuasen juntos porque así sería más fácil. Él conducía pero no se los hacía sentir. Como el macho alfa de una manada de lobos, no anda mordiendolos a todos sino que son de componer las cosas.

La segunda parte de la historia, la parte juvenil del protagonista como militante, transcurre en los pasos previos a la escalada de violencia durante la proscripción del peronismo. Allí hablás del “peronismo de Perón” y de Villa Real. ¿Qué construcción era posible entonces que no ves posible ahora?
Bueno, hay una diferencia abismal entre aquellos tiempos y hoy. No solo por el simple paso del tiempo, cincuenta años son casi dos generaciones, y a lo mejor otro poquito más. Y tampoco hubo en el medio el proceso de extrema violencia que es el que comienza posiblemente ya con los últimos estertores del peronismo en el poder y que luego se continúa con el proceso militar. Después también hay otro tipo de violencia, que es la violencia económico social.
Hasta el día de hoy, y con esto a lo mejor muchos no estén de acuerdo, seguimos regidos por el modelo de Martínez de Hoz. Eso no cambió, no cambió en absoluto. Se lo maquilló en algunos momentos con un contenido un poco más socialdemócrata, después con algunas cosas de cierto socialcristianismo, pero básicamente nos sigue rigiendo el modelo neoliberal que entraña en sí mismo, con sus desigualdades y su poco sentido de lo social, un germen de violencia que siempre está presente en nuestra sociedad. Y los hechos lo comprueban, la sociedad argentina pasó de una violencia política muy focalizada por razones muy fáciles de explicar —a lo mejor no de compartir pero sí de explicar por qué ocurrió— a una especie de violencia generalizada que se vive hoy como una especie de gigantesca mancha de aceite que se esparce en un mar sin saber cómo abordarla.
Hay violencia en los que pasan hambre, en los que llevan tres o cuatro generaciones sin trabajar, hay violencia inusitada sobre la mujer, sobre distintos sectores que se los sumerge en la pobreza. No vivimos en una sociedad que no es violenta, hay una violencia de otro tipo, centralizada e institucional, muy fuerte. La otra violencia era mucho más rimbombante, la de la metralleta, pero tenía una explicación que podríamos debatir largamente. Inclusive podríamos decir que la violencia represiva, con la brutalidad con que se ejerció, puede ser explicada, acotada. Luego vivimos desde hace cuarenta años en una violencia de tipo institucional, de carácter económico social, que yo no sé si no es más perversa que la directa.

Daniel Santoro, Colonia de vacaciones en Mina Clavero
(2009, óleo sobre tela).

Más perversa en tanto está más aceptada, ¿no? Sería injusto llamarla invisible porque es muy visible en las condiciones materiales de existencia, pero pareciera que es una especie de atmósfera que nos ha revestido…
Vivimos dentro de eso, no está invisibilizada, pero sí estamos más insensibilizados. Empezamos a ver muchas cosas como algo natural. Es natural que tengamos un índice de mortalidad infantil más alto que los que teníamos en los años cincuenta. Y nos parece normal. O todavía peor: no nos parece nada. Ni siquiera le prestamos atención. La violencia social tiene muchas formas de expresarse.

¿Cuánto sentís que cambiaría la novela si ese militante que fue Cipriano al comienzo de los setentas fuera un militante de mi edad, de la generación post 2001?
Ese militante no podía estar en este momento. Esto es importante aclararlo, no digo que no deba haber o que no pueda haber militancia juvenil. Al contrario, ojalá que la haya y mucha y pueda transformar esta sociedad en lo que mi generación intentó hacer y fracasó. Y posiblemente generaciones posteriores, a quienes no les atribuyo un signo de maldad manifiesta. Aclaro que el camino al infierno está adoquinado de buenas intenciones, muchos pueden creer que hay soluciones y que realmente ayudamos a consolidar el proceso de sumisión que vive gran parte de la sociedad argentina. Ese militante, como fue Cipriano, podría tener espacio en esta sociedad pero no para hacer lo que hizo en aquel barrio.

Daniel Santoro,
Descamisado gigante expulsado de la ciudad

¿Qué sí pensás que permanece vivo de aquel peronismo de Perón en la periferia, en los barrios, en el conurbano? ¿Qué pensás que quedó en pie?
El sueño. El sueño de poder vivir una vida más justa. El otro día hablando con Juan Diego Incardona hablábamos de esto. El peronismo nos hizo un poco más justos y un poco menos brutos a cada uno de nosotros porque nos introdujo una cuota de sensibilidad en donde uno puede llegar a pensar que no puede realizarse solo si no se realiza dentro de una misma comunidad.
El camino que nos muestran determinadas doctrinas político-sociales, en donde “la salvación” es un hecho individual, tiene mucha relación con un concepto teológico. La teología muestra que la salvación es un hecho individual. O sea que me porto bien, hago un montón de cosas y el Señor se apiada de mí y me salva. ¿Y por qué no me pregunta alguna vez por qué no hice nada para que mis hermanos también se salvaran? Bueno, el peronismo enseñó eso, a tratar de salvarnos de forma colectiva. Y ese sueño de justicia es muy limitado, porque cuando lo llevamos a la práctica es prácticamente lo que debería hacer cualquier equipo gobernante o cualquier agrupación que sustenta un determinado mundo de ideas, ya sea que las basemos en un socialcristianismo, en una socialdemocracia o inclusive en ciertas versiones de la derecha progresista. Poder tener educación, poder tener salud, una casa en donde no entre el agua cuando llueve, tener algo que me evite caminar cuarenta cuadras para llegar a tomarme un colectivo o no tener que viajar dos o tres horas. Veranear diez días, no en Punta del Este sino en Las Toninas…

Una preciosura.
Me parece que no es mucho pedir, ¿no? Y muy fácil de solucionar si existe el concepto de solidaridad que dejó el pensamiento peronista. Es muy sencillo de resolver. Pero también es cierto que hay muchos que están empecinados en que eso no ocurra y eso va a traer un problema muy serio. Uno sabe, por una ley física, que cuando uno somete una cuerda a determinada tensión, esta se rompe. Uno sabe que se va a romper, el tema es cuándo. El egoísmo de los sectores dominantes, en realidad, termina conspirando contra su propio y genuino bienestar.

Daniel Santoro,
Niños peronistas combatiendo el Capital

Vuelvo al libro. Más adelante, aparece otra dimensión del personaje.  Cipriano primero es perseguido, se esconde, logra escapar; luego se exilia y se transforma en diplomático. ¿Qué te interesó de hacer entrar en tensión la militancia de base de Villa Real con ese mundo que tiene un imaginario —en el común denominador de las personas que no pertenecemos a él— de rosca, de poder, de pasillo, de cafecito, de acuerdo? ¿Qué es lo que más te interesaba de combinar esos dos universos? En mi lectura es ahí, en ese punto, donde la novela enciende como el motor de un auto.
Esa descripción que hacés de ese mundo es bastante cierta, es así. Yo le podría agregar un montón de cosas más, ciertos preconceptos, prejuicios, actitudes, formas, pero es básicamente así. Ahora el personaje que, a lo mejor siguiendo un instinto peronista, decide sobrevivir, tiene una altísima capacidad para camuflarse, que es otra forma de resistencia. Por eso Cipriano toma esa misión diplomática que nadie quería tomar, siendo muy consciente de que tenía un alto riesgo. Pero él era un hombre que estaba acostumbrado desde muy niño al riesgo físico, habiendo vivido en los setenta, habiendo organizado un barrio en contra de los poderes que detentaba el Estado y aquel otro poder paralelo que estaba dentro del propio peronismo. O sea, el riesgo a Cipriano no lo amedrentaba en absoluto.
Es muy raro que un hombre ecléctico que desarrolló su vida en la diplomacia, negociando y resolviendo conflictos, pero que también sobrevivió a los setentas, que era capaz de integrar la barra brava de un club como Quilmes, no fuese capaz de solucionar ese problema que se le presenta. Si arregló muchos otros más complejos en el violento conurbano sur que nosotros conocemos.
Bueno, una de las características del peronismo es sobrevivir a las mil tormentas y a los miles de acosos a los que la sociedad argentina lo sometió. Y lo tenemos como una fuerza viva. Eso está representado en Cipriano, es el ejemplo de un hombre que sobrevive a las tormentas y, como siguiendo la historia del propio peronismo, es un náufrago metódico pero que siempre al final, de alguna forma, sale a flote y continúa molestando.

Esto es muy de libre asociación, perdoname, pero lo que decís me remite un poco a Rodolfo Zalim, el mítico personaje de Jorge Asís, que es de Villa Domínico.
Mi primer libro se llama Una noche en Quilmes, baby y es un secreto homenaje a su libro Flores robadas en los jardines de Quilmes.

Me parece que a ese tipo de personajes, como bien podría ser Cipriano Peralta aún con sus distancias, el venir de abajo los dota de herramientas para moverse en lo más alto. Me parece que la persona que solo conoce lo alto, por llamarlo de una manera imprecisa y deficiente, que nunca estuvo en un barrio, nunca pisó una cancha de fútbol, nunca estuvo en un asentamiento, nunca fue a un hospital, le cuesta mucho hacer ese camino, si se quiere, inverso, ¿no?
Creo que tener todas esas características te hace una persona más sofisticada. Sofisticada en el sentido de que es capaz de entender todos los matices que se producen en la compleja relación humana. Cuando vos tenés una sola mirada, unidireccional, muy condicionada por tu origen, por un acotamiento del espacio físico en donde te movés, es muy difícil que puedas entender y tener una visión global. No solo del mundo inmediato y cercano, sino de lo que ocurre más allá de tus fronteras.
Si algo te enseña, por ejemplo, la diplomacia es a que aprendas, aunque no todos lo aprenden, que el mundo es uno, aunque con millones de diferencias. Y precisamente en la capacidad de poder interpretar todos esos matices está la diferencia entre entender lo que pasa y no entenderlo. Una persona que tiene en la Argentina una mirada muy parcializada de la realidad y no conoce lo que ocurre a menos de quince kilómetros de donde está viviendo, realmente me parece que va a ser muy difícil que pueda entender todo lo que le ocurre incluso a él mismo. Muchas veces la pregunta es “¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué me asaltaron y me trataron de esa forma?”. Bueno, a lo mejor la respuesta, como decía el gran Bob Dylan, flota en el viento.

Daniel Santoro,
Pegan a un niño en el barrio los perales

En ese mismo contraste de la base y la rosca, se termina de cerrar también esa alusión que hacés del nombre del barrio “Villa Real” y la aspiracional, nobiliaria, de realeza.
Exactamente. Sí, Argentina tiene una especie de proceso de nobleza frustrado, algo así. Hoteles que se llaman Emperador, siempre hay un rey de algo, el del bulón, el de la papa frita. En fin, hay una cosa de esa naturaleza. Por eso situé la novela en ese lugar, en Villa Real, que es un barrio muy particular, el más pequeño de la Capital Federal. Típico, de casas bajas, de clase trabajadora pero que supo vivir largos periodos de su historia con mucha dignidad, con escaseces propias. Pero con pobreza, no con miseria, que es una diferencia cualitativa y muy fenomenal. En el conurbano hoy se vive miseria, degradante y humillante. La mayoría de esos barrios, en esa otra época, vivían con una pobreza honorable y aspiracional.

¿Qué literatura que narre el peronismo recomendarías?
Primero, hay un gran libro que se dedica al estudio de la literatura peronista que se llama El bombo y la palabra, editado por Seix Barral, escrito por Rodolfo Edwards. Hace un exhaustivo estudio de todas las vertientes peronistas reflejadas en la literatura  argentina.
Después, sin ponerle la etiqueta peronista, que puede ser sumamente restrictiva, yo diría que en las generaciones jóvenes a mí me ha impresionado muchísimo siempre la literatura de Juan Diego Incardona, de Fabián Casas, que no necesariamente tiene que encuadrarse dentro de una literatura de concepto peronista porque, insisto, es circunscribirla mucho. Un mismo Luis Gusmán tiene un libro netamente de literatura peronista, Villa, que se acaba de reeditar, y sin embargo no podemos decir que sea un autor de literatura peronista. Pero sí hay una serie de escritores que diría que el tema social y de los márgenes, la marginalidad en general, tiene un impacto muy grande. Leonardo Oyola, es otro caso, del que realmente recomiendo su lectura.

Leo un fragmento tuyo que me gustó particularmente: “Error, amigo, craso error; las cosas son lo que su apariencia dicen que son. El gorilaje contrera no tiene mundo interior, es eso que se ve: plata, mucha plata, desdén gestual y mirada abusiva sobre el trabajador, empaque engominado de su raíz oligárquica, armas potentes para desactivar cualquier asomo sublevado del pueblo trabajador”.
Alguien podría decir que eso es una descripción caricaturesca. Yo creo que es una humilde descripción sociológica. Es así, por más que nos pese y nos duela. Es el grado de injusticia que encierra la sociedad argentina que, por supuesto, tiene formas estéticas de expresarse. La política es un fenómeno a la vez ético y estético. Y a veces la pobreza nos produce un rechazo no ético, que es lo que nos debería motivar para tratar de que no haya montones de compatriotas sumidos en ella, sino que es un problema estético: “me molesta, me afean el paisaje”.

Compartir