Como muchos de los escritores judíos de su generación, Joseph Roth vivió entre fronteras y fue un cronista implacable de su tiempo.

Luis Gusmán

En un exhibidor ubicado en la recepción de los hoteles turísticos suele haber expuestas habitualmente postales de la ciudad en la que está emplazado. Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras, el título y el subtítulo de este libro de Joseph Roth recientemente editado por Acantilado subrayan especialmente esa curiosa duplicación de espacio e imagen. Pero si una postal es algo que se escribe y generalmente se envía cuando está de viaje, y que por ende suele identificarse rápidamente como un pequeño género feliz, en Roth la cuestión se presenta siempre bajo un matiz diferente. La maestría del autor de La rebelión pone en evidencia que la postal puede tomar también otra dimensión.

Lo primero que se hace notar en la selección de crónicas preparada por Michael Hofmann y traducida por Miguel Sáenz es que Roth pone especial atención sobre la instancia de pasaje. Sus viajes son siempre son viajes por una geografía política de la lengua: “Brück – Királyhida se escribía en otro tiempo así, con guion. Luego vino el derrumbe, el guion desapareció y con él la Monarquía dual”; porque “si el guion se hubiera mantenido, quizás perduraría la dualidad”. El narrador de estas magistrales crónicas vive, como muchos escritores judíos de su época, atravesando fronteras por líneas demasiado frágiles (“El guion era en realidad un puente sobre el Leitha que conectaba lo que estaba de ambos lados”) entre mundos sólo en apariencia homogéneos (“El tránsito por el puente no encontraba impedimento alguno. En este lado, la gente hablaba alemán y húngaro; en el otro, húngaro y alemán”). Al dar sentido de pasaje al guion, Roth pone de relieve la dimensión política de la lengua (“A este lado resplandecía el negro y el amarillo, al otro brillaba, el verde-blanco-rojo. A este lado, eran leales al imperio; al otro, al reino”). Y también la dimensión social: lo que permanecía igual a ambos lados del río era que los niños tenían cabellos rubios, castaños o negros, pero siempre estaban sucios.
Pero, en la voz de la primera persona, el guion se presenta una instancia de paso que no le da garantías ni sosiego. Al contrario: Roth que sueña que se lo lleva por delante junto con la Guardia Roja: “Nunca iré a Brück sobre el Leitha. Desde que no se llama Brück – Királyhida se ha vuelto un lugar un poco extremo, y todo por un guion”.

En el tránsito de una ciudad a otra, otro signo se impone con una carga premonitoria. El paisaje se cubre de humo y el humo se vuelve signo de la catástrofe: “El cielo entero es humo. Une todas las ciudades. Forma una cúpula gris sobre la tierra de la que ha surgido y que lo produce continuamente. El viento que podría dispersarlo queda ahogado, sepultado; el sol que podría atravesarlo se ve rechazado envuelto en nubes espesas”. El humo es una fuerza oscura que, como el nazismo, avanza sobre el cielo enlutado de Europa. Y eso le cambia el humor al punto que la irritación se le vuelve un estado cotidiano y el tono de sus crónicas desagua en un estilo irónico, por momentos con tintes marcadamente pesimistas. “Los placeres y las penas”, parodiando el conocido título de Proust. Cambia el clima pero no la mirada escéptica: en la primavera, todo tiene el aspecto de una pared recién pintada, con un cartel de “No tocar”, como si no dejara lugar para la indulgencia; en invierno, “las paredes se llenan de ojos, y e hombre permanece encerrado en una jaula de cristal. Cuando sale se expone piadosamente ante los ojos de los vecinos todo lo que ha ocultado sobre el invierno”. Entreguerras, entre viajes, entre lenguas, el hombre permanece encerrado; pero aun así no tiene refugio. “El café que era tan antiguo como una iglesia ha sido destruido”, escribe. Las oficinas fronterizas son otra jaula de cristal. Como mantenerse vivo es mantenerse en movimiento, la salida son los viajes. Pero ni siquiera eso le da completa tranquilidad: “el extranjero es un lugar que solo empieza a emerger tras cruzar fronteras protegidas por funcionarios de aduanas y regidas por innumerables regulaciones sobre pasaportes, ese anhelado objeto de deseo llamado el exterior, es solo otra jurisdicción con su propio jefe de Estado, su policía, sus estadísticas de población y sus impuestos”.
Roth describe con aterradora claridad ese clima opresivo que se cierne sobre lo que lo rodea. Sus “bocetos” muestran hasta qué punto la razón lo obliga a desprenderse de cualquier ilusión de optimismo. En “Gente un domingo”, escrito en 1921, se lee: “Los domingos el mundo es ligero y brillante como un globo”; pero, al párrafo siguiente, la percepción ya cambia de signo: “Las tardes de los domingos son cortas y amargas, como si fuera ya lunes.Gabriel ha vuelto a ser contable, las chicas planchan sus arrugados vestidos blancos y huelen a tostadas con mantequilla.  El mundo se ha vuelo denso de nuevo”.

El viaje en sí es un intento frustrado por encontrar razones para descreer de la catástrofe que se avecina. “La alegría que produce la expectativa de realizar un viaje queda compensada por la irritación de hacerlo”, escribe en la crónica titulada “Romanticismo de viaje”. Pero al transitarlo, generalmente marcado por una escena promisoria en un ferrocarril o un avión, siempre cae en la decepción. A lo largo de las crónicas, su posición se va volviendo más escéptica y su temperamento más huraño.
Pero a medida que el viaje en sí se vuelve menos deseable y más previsible, el hotel empieza a perfilarse como un universo a descubrir. En su recorrido, Roth va elaborando una lista de hoteles y entre sus preferidos priman aquellos en los que el pasajero es tratado como alguien de la casa, sobre todo en aquellos lugares donde esa sensación de pertenencia se pierde. Acaso por eso el que más le gusta está en una gran ciudad y cerca de un puerto: “El hotel que amo como si fuera mi patria sus letras doradas… son, a mis ojos, como banderas de metal, banderitas azuladas que en vez de saludarme ondeando lo hacen con su brillo”. Al llegar a él, es como si llegara a su casa. Así como otros van emocionados al encuentro del hogar, la mujer y los hijos en “la ceremonia del retorno”, él asegura sin pudor que allí el conserje lo recibe como si fuera un padre. Y no vacila en recordar incluso el momento sentimental con el mozo de estación que le sube las maletas al tren: “Luego retrocederá rápido… y por última vez veré brillar las letras que tiene el nombre de mi querido hotel. Entonces levantaré velas y subiré al tren”.
A Roth le gustaban mucho las recepciones llenas de etiquetas y cartas de presentación de hoteles extranjeros. En enero de 1930 escribe que lo seducen especialmente las “de Venecia, Merano, Valencia, Buenos Aires, San Francisco, todas las cuales parecen legitimar a los nuevos huéspedes”. Podemos decir entonces que algún hotel de Buenos Aires lo tuvo y lo tendrá siempre entre sus legítimos huéspedes.