La revolución de la performance travesti

En “Deformances”, la historiadora Mina Bevacqua reconstruye la escena del Rojas en los años ochenta y analiza los aportes de artistas como Batato Barea en el desafío de pensar los géneros.

VICTORIA D’ARC
Batato, 1989, Marcia Schvartz, Colección Malba.

Uno de los debates más interesantes de la escena artística sucedió en las últimas semanas alrededor de la convocatoria del Salón Nacional de Artes Visuales donde, entre los formularios a llenar para aplicar al premio, aparecía una larga lista de géneros posibles (incluso varios o la posibilidad de plantear “otro”) a la que el aplicante podía señalar (mujer, varón, travesti, transexual, mujer trans, varón trans, marica, no binario, heterosexual, lesbiana, gay o bisexual) y eso enfureció a muchxs que plantearon en las redes que esa pregunta no les incumbía a lxs organizadores o, incluso, era un atentado a la intimidad. La polémica evidenció el último bastión donde el arte puede apuntar para agitar las aguas. El sexo disidente.
Paul B. Preciado lo viene planteando hace tiempo. En varios de sus libros (Un apartamento en Urano o Manifiesto contrasexual) entiende que la diferenciación sexual es una epistemología política como la raza: y no son realidades empíricas. Entiende, además, que el sexismo es una práctica histórica de diferenciación y taxonomía jerárquica entre cuerpos, cuando en realidad lo que existe es una multiplicidad infinita de cuerpos irreductible al sistema binario. Igual que la raza es una invención científica de la modernidad para justificar la colonización, pero lo que hay, naturalmente, son millones de tonos de piel y diferencias, el objetivo de la noción sexual binaria es segmentar la población en dos nichos biológicos de reproducción, estableciendo normativamente la heterosexualidad como núcleo familiar. Pero ese paradigma entra en crisis en los años 40, porque la medicina constata que existen variaciones genéticas, morfológicas y cromosómicas y así nacen la inter y transexualidad, para aplicar operaciones y hormonas y reconducir los cuerpos al binarismo legal. 

Lesbiana radical en los años noventa, quien fue inscripta como Beatriz Preciado se convirtió en Paul B. Preciado hace algunos años y aprendió de su maestro en Estados Unidos, el filósofo Jacques Derrida, que la más importante de todas las tecnologías es la escritura porque es la acción directa. Y desde el lugar de la filosofía reclama que dejemos de pensar en la identidad, que es la ideología impuesta por el capitalismo de la modernidad para justificar la jerarquía. Dice Preciado: “Somos sociedades patológicamente obsesionadas con la identidad: solo vemos raza, nacionalidad y sexo. Reclamo el cuerpo vivo como ciudadano absoluto de la Tierra más allá de toda identidad, incluso cuestiono la diferencia entre animal y humano. Además, creo que estamos viviendo un cambio de paradigma solo semejante a la revolución corpernicana y la invención de la imprenta. La inteligencia artificial, la bio impresora e internet suponen tal golpe al saber supuestamente científico, que hemos pasado de una regulación tecno-científica y estatal a otra neoliberal o del mercado.” 

 Recupero este debate reciente como introducción al estupendo trabajo de Mina Bevacqua: Deformances, un recorrido historiográfico sobre la escena teatral de los años ochenta y la disidencias sexuales que personajes como Batato Barea planteaban ya en aquella época. El cuerpo como último bastión de disidencia. Doctora en Historia y Teoría de las Artes, Bevacqua plantea en este libro, como plantea en el subtítulo, “destellos de una cartografía teatral desobediente” y atraviesa esas escenas marginales donde gravitaban ya las ideas seminales de Preciado. En la década del ochenta, apunta la autora, Batato Barea propuso una experiencia d elo coporal que, desarticulando mandatos socio-sexuales establecidos, convocó la exploración de formas de subjetivación alternativas que escapaban de las lógicas de clasificación con las que, tradicionalmente, se han organizado las sociedades. Lo que en principio surgió como un juego escénico (el claun travesti) adquirió los estandartes de una suerte de revolución silenciosa: el performer devino travesti y de esa manera “apeló a dislocar los marcos de legibilidad de lo que (hegemónicamente) se considera hombre-mujer, incluso, travesti.” 

Judith Butler señaló: “El género sería una suerte de acción cultural/corporal que exige un nuevo vocabulario que instaure y multiplique participios presentes de diversos tipos, categorías resignificables y expansivas que soporten las limitaciones gramaticales binarias, así como las limitaciones sustancializadoras sobre el género.” Las ideas binarias se construyen a partir del lenguaje: la idea de estas expresiones tanto teatrales, performáticas como también literarias, como podría ser Camila Sosa Villada, sería deconstruir ese lenguaje, darlo vuelta o, más bien, refundarlo. Pensar el lenguaje como algo inestable que acompaña los cambios y revoluciones de una sociedad cada vez más conflictiva, que intenta subyugar las minorías porque el sistema capitalista así lo necesita. En el mapa que plasma Bevacqua hay ciertos faros que a fuerza de transgresión iluminaron un camino posible (Barea, Fernando Noy, Mosquito Sancineto, Susy Schock o Naty Menstrual) pero también una geografía muy precisa que señala al Centro Cultural Roja como el centro neurálgico de estas disidencias. ¿Podemos decir que el Rojas fue el Di Tella de los ochenta? No tengo dudas. Y luego de leer este libro comprendemos que el camino todavía hay que desmalezarlo pero hay un sendero trazado por los que pasaron antes y por los que venimos después.

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