Volver del pasado

“Mujer al borde del tiempo”, de Marge Piercy, es una novela de 1976 que, rescatada hoy, adquiere una perspectiva visionaria con respecto al feminismo y la situación de la mujer y los latinos en Estados Unidos.

FERNANDO KRAPP

Hay que sospechar cuando una novela del pasado llega tardíamente a nuestros días. Las traducciones de “viejas perlas” hacen dudar, ¿por qué si es tan buena no se tradujo en su momento? ¿Por qué ahora sería todo lo buena que antes no era? Es cierto que algunas novelas son adelantadas a su tiempo, o incluso algunos tiempos son más proclives a determinadas formas narrativas (hubo un sospechoso auge del realismo hace unos años con la traducción tardía de las novelas de John Williams). O bien, algunos temas de actualidad “necesitan” de la traducción de novelas viejas para construir algo cercano a un canon. Y creo que en ese lugar podríamos ubicar a Mujer al borde del tiempo de Marge Piercy, una novela publicada en el año 1976 y que ahora es rescatada por la editorial Consonni.

Es una novela que tiene todo lo que se espera del presente. Narrada en clave utópica, Piercy superpone dos tiempos, un presente y un futuro. En el presente, Connie Ramos, una chica gorda, que ejerce la prostitución y pertenece al amplio gueto de los chicanos en la ciudad de Chicago, es llevada a una institución mental por defender a una amiga, víctima de las agresiones de su novio barra chulo. La vida de Connie afuera del hospicio no era mucho mejor a cuando está atada o sedada. Víctima de una violación de chica, Connie sufría maltratos y violencia de género, todos sus jefes la acosaron sexualmente, y tuvo una hija cuya custodia perdió luego de caer en el mundo de las drogas. En el hospicio de mujeres, Connie recibe las visitas furtivas de un hombre (aunque después se revela como un género híbrido) y que según dice viene del futuro. 
Las intenciones del visitante no son del todo claras, y Piercy se toma sus buenas doscientas páginas para crear los dos mundos paralelos; por un lado la vida en el hospicio, para la que Piercy se documentó como una cronista (y que puede leerse en paralelo con Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey), por el otro, el mundo utópico. Un mundo hecho a base de sustentabilidad ecológica y emocional, en donde el matrimonio se ha superado como una institución opresiva, y la gente vive sin hacerle caso a su pulsión sexual, un mundo que aflora después de nuestro mundo, una vez que el sistema, tal y como lo conocemos, se ha venido abajo, y de las ruinas surgieron otras formas de convivencia y de coexistencia, y por supuesto, otras formas de tecnología, lo suficientemente avanzadas como para enviar a alguien llamado Luciente a nuestro presente a hablar con Connie Ramos.

En cierto modo, la novela de Piercy trabaja con las convenciones del género de viaje en el tiempo; la loca en el hospicio que recibe una visita que solamente ella puede ver, el cruce de temporalidades, y el universo utópico como alternativa al presente en el que vive el personaje. Algunos temas son interesantes, desde ya que la protagonista sea una mujer, pero sobre todo que sea chicana; que pertenezca a un mundo completamente invisibilizado, sobre todo en los años setenta, como era el de los latinos en Estados Unidos. Que no lo haga de un modo pintoresco, sino que pinte la violencia de género, el machismo latino, y la situación de calle en la que vivían estas chicas. Por otro lado, el detallado universo psicofármacológico de los viejos hospicios para mujeres que aún imperaban en los años setenta. 
A esta trama que alterna entre un mundo y otro, se la ha comparado (con cierta pereza) a El cuento de la criada de Margaret Atwood y a Los desposeídos de Ursula K. Le Guin, pero la verdad, al menos yo, no encontré ningún parentesco. Tal vez con Atwood, por ser una novela que fue súbitamente hypeada después de la serie (asumamosló, nadie leía a Margaret Atwood antes de la serie, y no solo eso, sino que la podías encontrar con facilidad en la mesa de saldos de la calle Corrientes), y tal vez por hacer un relato de corte feminista. ¿Pero con Los desposeídos? Nada. La verdad que no le encontré ni un ápice de comparación. 
Más allá de eso, en esta utopía que Piercy detalla con mucho ahínco hay algunos hallazgos interesantes. Lo primero que llama la atención es la reacción de Connie cuando visita el mundo de Luciente. Connie se sorprende y hasta se escandaliza de que no haya jerarquías, de que las mujeres sean tratadas con igualdad, y de que no sea una sociedad basada en el amor romántico. Podríamos decir que en su fuga de la realidad hay una cierta resistencia. Por el otro, el uso del lenguaje. En ese mundo que Connie visita no hay distinción de género; no existe la “o” ni la “a” para designar al masculino o al femenino. Algo que estamos viviendo en el español rioplatense con el uso del “e” para hablar del inclusivo. En ese punto, la novela de Piercy ha sido bastante visionaria, aunque el mensaje de la novela, su cierre, sea bastante amargo y distópico. En ese caso, también su visión es acertada y su publicación actual de pronto sorprende: es como un enviado que llega del pasado para decirnos que el futuro sigue siendo una basura.

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