El efecto Zariello

Reconocido por sus ensayos, un cruce de cultura popular y melancolía indie, Martín Zariello publica una serie de relatos que hacen foco en las relaciones de pareja con el estilo del paisaje de una Mar del Plata en invierno.

DIEGO ERLAN

Martín Zariello pareciera la apoteosis de la “literatura del yo” o lo que otros llaman autoficción, o lo que sea que eso signifique. Todos sus textos parten de un detalle cotidiano, de una lectura de lo que sea o una canción tatuada en la piel. La cultura pop atraviesa sus textos de manera permanente, como si Fabián Casas no hubiera nacido en Boedo (¿nació en Boedo?, ahora no sé pero quiero creer) sino en Mar del Plata. Más allá del linaje evidente que se traza entre ellos dos, creo que Zariello prueba una torción más al estilo de Casas: en sus búsquedas estructurales pero manteniendo esa experiencia cultural adquirida que va de la música de Charly a un taco de Maradona a Bochini que termina siendo una pared trunca que lo hace pensar en la figura de esos jugadores-dioses, pero más que nada en ese mito que fue Bochini dentro de una cancha de fútbol. En esa fuente interminable de referencias pop, en sus ensayos (con la respiración descontracté de los blogs) Zariello logra construir frases contundentes, arriesgadas y desde luego un poco insostenibles, características inevitables del género ensayístico.
“Para algunas personas, pensar significa poner en correlación todo acontecimiento de la vida con un episodio de Los Simpsons.” Simple. Punzante. Y con altura. Esa es la estructura básica de los textos de Zariello: la exageración como método, la boutade como procedimiento. Zariello es la escritura-meme y con esto no pretendo desmercerlo, justamente todo lo contrario: es encontrar la síntesis perfecta para que en una oración simple, de pocas palabras, se critique una idea o concepto o tendencia a la vez que produzca una carcajada a partir de un elemento común pero con el que algunos pueden quedarse afuera. Una escritura en código.

En ese sentido, el título de uno de sus libros de ensayos puede leerse definición para su estética: En realidad quería hablar de otra cosa. Esa especie de disculpa por irse a otro lado, esa disposición para hablar de un tema y que por la misma pasión del tema terminar en cualquier cosa (o terminar en una iluminación a la que no tenía pensado llegar) es lo más interesante de su propuesta. Leer a Zariello es ser testigo de una charla entre amigos, después de un asado, bien entrada la noche. Y la conversación llega a ese punto donde las ironías y las referencias y el agite intelectual va de un lado a otro como en una partido de Federer vs Nadal. En uno de los últimos textos de ese libro, Zariello habla de su trabajo cotidiano en una lonería de Mar del Plata. Arregla lonas para camiones, sombrillas, carpas de balnearios, fundas para botes. A eso se dedica y mientras lo hace piensa en escribir. Escribe en el aire, con la sintaxis de la frase perfecta, pero después, una vez terminado el trabajo, llega a su casa y olvida las frases que tenía. “A nadie le sorprende que un psicoanalista o un abogado escriba en sus ratos libres, eso es lo más natural. Pero puedo asegurar que la idea de que a alguien que trabaja con sus manos (un albañil, un carpintero) se le ocurra escribir se encuentra desterrada de todas las mentes del mundo, por más abiertas y modernas que sean. No los juzgo, yo también tengo el mismo prejuicio. Parece que la escritura es para las personas que tienen una profesión, no un oficio”. Observaciones como esa vuelven a la literatura de Zariello muy empática: hay que fijarse que él no critica a quienes lo prejuzgan sino que él mismo se ubica en ese lado de la vereda como si jugara un juego retórico a lo Woody Allen.

“Leer a Zariello es ser testigo de una charla entre amigos después de un asado.”

En ese texto sigue diciendo que la mayoría de las cosas que escribe se le ocrren mientras está soldando refuerzos y “trabajar en un lugar donde arde la materialidad empírica (quiera decir esto lo que fuera) te relaja con respecto al mundo del discurso”. Esa me parece otra de sus claves: relajarse frente a la carga impostada y narcisista del lenguaje literario de algunos que escriben como hablan y hablan de esa manera melosa para aparentar inteligencia. Apariencia de la que, al descoserla un poco, sólo quedan gestos acartonados, grandilocuentes, vacíos y onanistas. Tan vacíos como los escritores cínicos émulos de Houellebecq aterrados por demostrar algo que les produzca temblor. Zariello va por otro lado y eso está bien.

Los relatos de La luna y la muralla china son destellos emocionales de relaciones de pareja. Trazos mínimos que encuentran en la elipsis una razón de ser, como las astas de un ventilador en una habitación iluminada sólo por las luces de los vecinos. Son relatos murmurados, diálogos interrumpidos, relaciones que nunca terminan de cuajar del todo. Si tuviéramos que volver a pensar en un linaje posible para estas ficciones de Zariello, aquí deberían tener una participación estelar los cuentos de Francisco Bitar (Acá había un río) o las comunidades adolescentes y los fracasos de pareja de Mauro Libertella (Un reino demasiado breve). Y aunque estos relatos son como escenas de Carver con el laconismo de Rejtman y los diálogos un tanto absurdos del teatro contemporáneo alemán montado en el off, tienen, de todos modos, una vuelta más: una espesa carga de imaginación. Pareciera una máquina de construir ficciones interminable. Voraz. Impredecible. Como esa pareja del final que cada tres meses se separan y todos a su alrededor creen que tienen una relación tóxica pero ellos pensaron esa dinámica para disfrutar cada trimestre del año como si su pareja siguiera el derrotero de las temporadas altas y bajas de una ciudad costera.

Para conocer más

Compartir