Las memorias de Elliott Murphy y Neil Young

MARINA WERSCHLAVER

La mayoría de los músicos de rock, entendió Greil Marcus, se enfrenta a ciertas contradicciones sin dejar nunca de resolverlas: la tensión entre la comunidad y la independencia, entre el distanciamiento del público y el apego al mismo, entre la experiencia compartida de la cultura popular y los talentos especiales de artistas que a la vez beben de esa experiencia compartida y la transforman. Esas son, según el historiador de la cultura, las cosas que hacen del rock un arte democrático, al menos como se entiende democracia en Estados Unidos: una flagrante contradicción, erigida como el credo individualista de cada hombre y mujer que conlleva la soledad y la separación, y la aspiración a la armonía y a la comunidad.

Estas reflexiones Marcus las supo ver al escribir uno de sus ensayos imprescindibles como Mystery Train, un sinuoso recorrido por la cultura estadounidense desde la música rock donde advierte desde el principio que el género no era un arte menor ni meramente popular sino que algunas de esas bandas y solistas en las que él puso el foco –The Band, Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley– proyectaban una imagen tan poderosa como lo que deja la lectura de un clásico como Moby Dick de Herman Melville, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald o el poema Aullido de Allen Ginsberg: la grandeza y contradicciones de Estados Unidos, pero también sus miserias y su gloria, el origen y consagración de sus mitos.
La distancia entre esas contradicciones pueden verse en dos libros de memorias, los cuales dan cuenta, justamente, de esta línea. Puestos a dialogar con sus diferencias y perspectivas logramos advertir preguntas y recorridos disímiles que dan cuenta de las contradicciones de una misma cultura. Una cultura cada vez más extraña y compleja.

El cantautor rock Elliott Murphy (Long Island, Nueva York, 1949) estaba en el momento (principios de los 70) y el lugar (Nueva York) adecuados para triunfar, en el ojo mismo del huracán musical de su generación; pero el torbellino pasó sin rozarle mientras muchos de sus contemporáneos salían disparados hacia la estratosfera, como Bruce Springsteen o Billy Joel. Años después, se reinventó en el exilio y se convirtió en un artista de culto en muchos países europeos. ¿Por qué no triunfó?, es una pregunta posible que The last rock star, de algún modo intenta contestar. “Yo era un joven de Long Island que acababa de volver de cantar en las calles de Europa. En seis meses o así, conseguí un contrato, grabé un disco, salió publicado y ¡boom! Me llamaban el nuevo Bob Dylan”. El mismo Murphy alguna vez lo ilustró de esta manera: su vida fue como escalar la montaña del rock and roll, llegar a la cima y antes de poder disfrutar del paisaje caer por el barranco por el mismo envión con el que venía. Para cuando llegaron los años ochenta, Elliott Murphy aún trataba de entender qué había ocurrido: “Estuve en tres sellos discográficos, hice cuatro discos aclamados por los críticos… Y de repente, nadie estaba interesado en mí”. “Era la cima de la época de los cantautores, que estaban en lo alto de las listas, así que todas las compañías estaban fichándolos”, explicaba en su momento Bruce Springsteen que nunca creyó en esa etiqueta puesta por la crítica musical del “nuevo Dylan”, en principio porque en ese momento Dylan tenía treinta años y nadie necesitaba uno nuevo. Entre 1973 y 1974, esa generación de cantautores tuvieron bastante éxito y algunos como Springsteen, tuvieron un éxito (en su caso fue Born to run), que lo llevaron a otro lugar. Por alguna razón no fue el caso de los discos de Murphy, ninguna de sus canciones como Rock ballad o Last of the rock stars llegaron a estar entre los más vendidos y eso hizo que las discográficas, a medida que el fenómeno se desvanecía, dejaran de interesarse por su nombre. La primera sección de The last rock star es una novela inédita de Murphy (“Tramps”), que tiene como protagonista a un músico de rock, pero la segunda son sus memorias (“Just a story from America”), donde cuenta la fascinación que despertó por la crítica en su momento, además, de sus pretensiones literarias, su obsesión con Lou Reed y la Velvet Underground y toda la movida artística de Nueva York.

“A principios de los años ochenta –cuenta Murphy– el término cantautor era casi una palabra sucia. Ninguna compañía estaba interesada en ellos. Yo no era un cantautor tradicional como James Taylor o Paul Simon; no estaba lo suficientemente establecido como Bruce Springsteen o Tom Petty, y no había desarrollado un gran culto como Tom Waits. Era difícil encontrar a alguien interesado en mí en el mundo musical. Fueron años difíciles en los que hice giras sórdidas: tocando en Boston y conduciendo de vuelta a casa en la misma noche… En 1985, no sabía si tenía un futuro en el negocio musical. Conseguí un trabajo como ayudante en un bufete de abogados de la industria del espectáculo. Al cabo de un par de semanas, uno de los abogados se me acercó y me preguntó: ‘¿Te llamas Elliott Murphy?”’.Yo dije que sí. Y él me dijo: ‘Porque tengo clientes de la industria musical, y cada vez que vienen a mi oficina dicen: aquel secretario sentado ahí es clavado al cantautor Elliott Murphy. ¿Qué estás haciendo aquí?’. Y yo contesté: ‘Bueno, son tiempos duros. Estoy pensando en hacerme abogado”. Y él dijo: “No lo hagas”. 
La santísima trinidad de Murphy estaba conformada por el Bob Dylan de Blonde on Blonde, el Lou Reed de Loaded y cualquier cosa que haya escrito Scott Fitzgerald. “Siento fascinación por F. Scott Fitzgerald, que murió en 1941 casi olvidado. Pensar en ello me ha dado fuerza en mi carrera: que los medios no presten atención a tu trabajo no significa que este no sea válido y duradero”. “Elliott era un artista muy dedicado, en el sentido artístico de la palabra” cuenta Billy Joel en un documental sobre la figura de Murphy. Había un montón de música pop en los ochenta, bandas que llegaron y se fueron. Pero Elliott es un artista de carrera, dedicado a ser honesto con su arte. Tiene integridad. Fue capaz de sobrevivir cuando un montón de gente dejó el negocio por aquel entonces”. Lo que salvó a Murphy fue un viaje a París y descubrir que ahí todavía podía hacer giras descentes. La distancia hizo que se lo reconociera, como plantea el subtítulo, un outsider absoluto. Una historia de fracaso y redención, pero más que nada de fracaso sin más. Es sólo rock and roll y nos gusta. 

Las memorias de Neil Young (El sueño de un hippie) carecen tal vez de esa cuota de fracaso que exuda Murphy: y es que Neil nunca dejó de ser un referente aunque se lo considere como un “perfeccionista torpe” o “el obsesivo que no remata”. Este libro no es como las crónicas de Bob Dylan. Young parte de escenas sueltas para construirlo, a veces anécdotas, un detalle, recuerdos que empiezan a hilarse uno a otro entendiendo en lo posible la circunstancia. Sus peleas con Geffen, sus viajes, sus giras, sus inversiones en empresas de sonido, las grabaciones de sus discos, sin dejar de lado, desde luego, su participación en grupos Buffalo Springfield o el supergrupo Crosby Stills Nash & Young. Neil Young sostiene que lo peor para componer una canción es pensar. Y hay que fiarse siempre de quien hace bien su trabajo, pero se quita de encima la palabrería que lo suele acompañar. Para él las canciones son como conejos, a los que les gusta asomar fuera de la madriguera cuando nadie los ve.

Para Neil Young las canciones nacen de un sentimiento y su desarrollo se puede extender en el tiempo o limitarse a un relámpago. Ya sabíamos que es híperproductivo pero que se rebela ante el concepto de control de calidad. Que lleva como medalla el haber sido demandado por Geffen Records a raíz de sacar discos “no característicos”. Que tiene magia para las melodías pero que no filtra los clichés en sus letras. Neil Young no tiene ambiciones literarias, incluso admite que no leer libros, porque sospecha que podrían interferir en su proceso creativo. Esas son las facetas extrañas de una personalidad como la de Young. En estas memorias sabemos que es hiperproductivo, que se rebela ante el concepto de control de calidad y que fue demandado por Geffen Records por sacar con ellos un disco “no característico” de su música. A pesar de eso sigue siendo amigo cercano de David Geffen. El perfil de Young atraviesa la conciencia social y ambientalista, el emprendedurismo tecnológico, la intuición artística y el enfrentamiento con los poderosos.

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