Paolo Sorrentino

Un perfil del singular cineasta y narrador napolitano.

PAULA PUEBLA

Paolo Sorrentino nació en el barrio Vomero, en la ciudad de Nápoles, en 1970. Su vida temprana transcurrió en los vericuetos urbanos del sur italiano y su adolescencia estuvo signada por la llegada de Diego Maradona a Società Sportiva Calcio Napoli. Aquel prócer, santo y guerrero de los olvidados, venido desde el fin del mundo, produjo en Sorrentino algo más que un fanatismo, que una efervescencia ligada a lo deportivo. Hace algunos años, el director de la serie The Young Pope confesó en una entrevista al Il Corriere della Sera que le debía la vida al astro del fútbol. La tragedia familiar que lo dejó huérfano a la corta edad de 17 años, a él y a sus dos hermanos, podría haber sido incluso más terrible si aquel día el equipo de sus amores no se hubiera enfrentado a los toscanos de Émpoli, si Paolo no hubiera pedido permiso a su padre para ir a la cancha para ver jugar al ídolo popular. Ya no lo conmovería la belleza de las volutas que trazaba con el balón, ya no lo cautivaría solo ese talento sobrehumano: Diego se había convertido en un salvador más allá de lo eufemístico, más allá de toda hiperbolización.
Paolo Sorrentino se convirtió entonces en el gran mitólogo que lleva las marcas del dolor en el cuerpo. El estudiante de economía y comercio, que abandonó todo para transformarse en uno de los mejores directores de cine de su tiempo, devino en un traductor exquisito de las magníficas perplejidades de la vida. Engarza el amor con el homenaje, la gloria con la miseria, e hilvana los retazos de realismo más anodinos con girones oníricos, fantásticos y surreales, quizás para preguntar a su público acaso cuán lejanas esas zonas son. Así lo hizo en Youth, donde Roli Serrano interpreta de modo impecable al Maradona en uno de sus puntos más bajos, y así lo hizo todo a lo largo de su filmografía.

Todos tienen razón (Anagrama) es una novela de largo aliento, grandilocuente y de profundidad, en el sentido de que no hay una privación del sufrimiento —incluso donde, a priori, no debería haberlo— pero sí donde se ausenta el despliegue del dramatismo y la solemnidad. Dividida en catorce capítulos, la historia de Tony Pagoda avanza a paso seguro y con machete en mano a través de una selva de personajes secundarios que no están allí para armonizar un cuadro o para completar la composición de un elenco donde los roles están ya asignados, sino porque todos y cada uno de ellos conforman, atraviesan y condicionan la vida del protagonista a nivel constitutivo.
Del mismo modo que en sus películas, Sorrentino elige definir al personaje principal mediante quiénes lo acompañan, lo que estos hacen y cómo se comportan alrededor de él. En la novela, el reparto está narrado con una dedicación y una paciencia manierista, una operación que en sí misma cambia el ritmo lineal de las historias veloces con las que nos alimenta la industria editorial (y cinematográfica, ni hablar). El mismo prefacio es un escrito de Mimmo Repetto, el anciano maestro de Tony P., con una enumeración. “Todo lo que no soporto tiene un nombre” dice al comienzo y la lista se extiende, ceñida y precisa, por tres o cuatro páginas. Los cuatro músicos que acompañan a Pagoda, el manager de la banda de quienes todos sospechan se inyecta heroína, el dealer Maurizio “Maurizietto” De Santis, el narco llamado El Pesante, la jovencita fatale llamada Antonella, Rita Formisano —un ama de casa que guarda secretos—, el abogado penalista y primo Vicenzo, el amor de Beatrice, la amistad con Dimitri, la iniciación sexual con la baronesa Eleonora Fonseca, su camaradería en Manaos con Alberto Ratto: las narraciones de todos ellos no hacen sino arborescer el relato, con historias que por ser menores no son para nada superfluas, y engrosan el carácter de Tony Pagoda, su pasado y su contingencia. Y, claro, su futuro.

Al servicio de esta amplia gama de personajes, la novela del napolitano tuerce a su manera las reglas de la digresión. No hace de ella un método distractivo, no la utiliza como un simple desvío en el desarrollo de la narración, no funciona en su escritura como un paréntesis o un hiato. Por el contrario, las digresiones son el terreno donde Sorrentino riega la historia misma, como si hiciera de la periferia, lo aledaño, el margen y el límite una zona central, de mucha fertilidad, para lograr su objetivo. Por eso, Todos tienen razón no es una lectura veloz: es una novela de capas y entramados, donde un pasaje nunca aborda un único tema o se define de manera lineal.
Gran narrador de escenas que entreveran el disparate con el dolor —donde por momentos se pone en juego, con extrema sutileza, el verosímil—, que incineran los manuales de los buenos modales con monólogos destructivos acerca del estado de las cosas, que ponen la mundanidad sobre las bandejas de plata de los nostálgicos de la dolce vita, Paolo Sorrentino ensaya en Todos tienen razón lo que luego decantaría, en la misma tónica, en La Grande Bellezza (2013), su largometraje ganador del Oscar a mejor película extranjera —que dedicó, entre otras personas, a su inspiración Diego Maradona. Mucho de lo que hay en el cantante melódico Pagoda, hasta las muelas de hartazgo, cocaína y mujeres, es lo que también frunce el ceño y amarga el corazón del grandioso Jep Gambardella, deambulante por las calles empedradas de la Roma eterna. Vidas sibaritas amabas que, entre el hedonismo y el exceso, entre la fiesta y la resaca, entre la puesta en escena de la alta sociedad opulenta y la mugre de los entretelones, parecen no hacer pie en la piscina que prometía felicidad cristalina y los defraudó. Tony y Jep, bien consagrados, uno en la música y otro en la literatura, viven cautivos de un pensamiento profundamente crítico que los hace profundamente infelices en un universo de pertenencia donde nada es ni debería, por definición, ser profundo. Paolo Sorrentino parece ensañarse con el decálogo del bienestar que la sociedad ha preparado para ellos, y también para nosotros. Busca para sus protagonistas un destino que los arranque de la comodidad del cinismo y los redima, no sin antes hacerlos tocar fondo, llevarlos a los rincones más oscuros de la existencia. Nada en la filosofía sorrentina es indolente. Nadie ha venido a este mundo para no sufrir, eso parece sugerir el director y escritor a través de sus refucilos artísticos.

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