El siniestro cotidiano

En los cuentos de “Algo vivo debe haber”, Silvina Cafaro construye una mirada hipnotizada en la extrañeza que nos rodea.

LUIS GUSMÁN

En la literatura los conejos tienen su propia historia: desde el conejo de Alicia al travieso Peter Rabbit de Beatrix Potter hasta la gran novela de John Updike, Corre, Conejo, donde gracias a un apodo el animal se humaniza. Quizás ningún otro animal despierte la ternura, o incluso la piedad, que despierta el conejo y eso quizás se deba, en principio, a esa fragilidad tersa convocada por su piel. Frente al libro de Silvina Cafaro, Algo vivo debe haber, decido empezar por referirme al cuento “La suerte del conejo”, porque aún muerto su pata puede ser un amuleto de la suerte. Pero, de pronto, en este relato, hay un giro siniestro y el fulgor luminoso de los ojos de Simón –así se llama el animal– miran fijos a la protagonista. Esa cotidianeidad siniestra, hoy está domesticada ya que los animales se volvieron mascotas. Ese bestiario está en los cuentos de Cafaro. Puede ser un gato o un perro, pero también las palomas grises de un negro arratonado, y el color lo dice todo. La vida doméstica, en la literatura de Cafaro, es invadida por distintos especímenes, pero no a la manera de Stephen King sino sutilmente cruel como en Silvina Ocampo o en un registro más fantástico como el que transitó Felisberto Hernández. 

En este bestiario cotidiano también encontramos una araña siniestra que puede anidar en el pubis de Nino; una araña que provoca terror y antes se paseaba con displiscencia por la alfombra y la protagonista temía arrastrarla con su vestido. Hay otro personaje que cría gusanos de seda y cuando el bicho que se le escapa, ya es una mariposa. Su hermana le pregunta: ¿no es más divertido un perro, un gato? Y el hermano responde: “No sé, me gusta mirarlos”. Mirada fetiche, mirada coleccionista, mirada hipnotizada: esos estados le podrían caber a estos personajes. Lo más original de este bestiario es que forma parte del imaginario cotidiano, de las conversaciones que cualquiera puede tener un día de estos.
En “Acto reflejo” encontramos a una niñera que tiene pensamientos siniestros sobre el bebé que tiene a su cuidado, que observa con curiosidad el reflejo de succión de los labios de la criatura dormida mientras piensa en el cuento de “Los tres chanchitos”. Cotidiano quiere decir que nadie enloquece por esto sino que es el pan de cada día. Abby Warburg dijo que “Dios está en todos los detalles”. Y tiene razón. Eso respira este texto, un aleteo.

En otro de los cuentos, “Una música sin la música”, los pájaros entran y salen “como una respiración”. La mirada es capaz de metamorfosis fantásticas. Lucio, el protagonista de ese relato, dibuja un pino, el dibujo crece y empieza a perforar el follaje. El desplazarse del lápiz es un murmullo y de repente ya es un nido sin pájaro, y entonces el pino ya es otra cosa, nada parecido a un pino sino algo inquietante. Pero entonces Lucio se plantea cómo dibujar la brisa: “Como dibujarla. Después, una liebre, o un ciervo, algo que huye entre los árboles… Una música de cosas que no siempre están vivas”. El pasaje es sutil y aterrador, de lo que se ve a lo que se escucha, de lo vivo a lo que no lo está.
“La madre duerme de costado como una bestia caída”, se lee en “Rojo, amarillo, negroy comprendemos que un bestiario puede tener los colores del arco iris, y un niño faulkneriano también puede quedarse mirando hipnotizado, deslumbrado, al ver una víbora con esos colores en una piel lustrosa. Nunca ha visto nada tan hermoso. La belleza se impone sobre el peligro, extiende la mano hacia ella y el reptil se retrae. Pero el temor y el temblornirrumpen cuando ve, en hilera, un camino de hormigas y que, entre ellas, cargan un grillo que está vivo. Eso es Algo vivo debe haber. Ese niño no habla, tampoco llora, pero tiembla. La madre lo rescata de esa petrificación, él se resiste, pero la madre lo carga como un grillo. Esta bestialidad de lo vivo sin concesiones es lo que respira magistralmente en este libro.

Para conocer más