La analfabeta

La pequeña gran obra de Agota Kristof es una máquina de conquistar lectores.

Luján Stasevicius

“No hay quizás días de nuestra infancia que no hayamos vivido tan plenamente como aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos”. De esta manera comienza Marcel Proust su exquisito librito Sobre la lectura, en el que nos invita a ser testigos de su afán por leer todo cuanto sea posible, interrumpido una y otra vez por quienes insisten en que cierre los libros y forme parte de las rutinas familiares. La pasión del niño Marcel por las letras de molde es decididamente tierna, aunque definitivamente lejana; las marcas de clase se hacen sentir casi de inmediato, e imponen una ajenidad que nos ubica en la posición de espectadores distantes. Mas acá, sin servidumbre que moleste, con la misma pasión de la infancia, y también en francés —aunque, como veremos, nunca en el mismo francés— escribe Agota Kristof  La Analfabeta, del 2004, que irrumpe en Argentina de la mano de Alpha Decay, con una aceptación unánime. En redes sociales abundan las fotos de la portada del ejemplar y los comentarios extasiados y entusiastas producen, a qué negarlo, cierta desconfianza. ¿Es una jugada de marketing? Sí y no. Por un lado, es un libro perfecto para haber leído, ya que sus once capítulos te chupan y te escupen en un rato. Poco tiempo invertido, abundancia de frases memorables para luego compartir: la ecuación es casi perfecta. Por otro, la delicadeza de Kristoff para abordar su infancia y adultez la hacen merecedora de festejo y sobrevive cualquier superficialidad de la que sea objeto.

La narradora es, ante todo, lectora. “Leo. Es como una enfermedad”, comienza su relato. No es, en rigor, analfabeta. Aprende a leer a los 4 años y comienza a escribir no mucho después. Más adelante, el derrotero del exilio la depositará en un espacio en el que el francés es la lengua vernácula —francés como punto de llegada, ya han pasado por su vida el alemán y el ruso, sin mayores éxitos— y deberá adaptarse a ese idioma tan lejano de su húngaro natal, si es que quiere seguir siendo en alguna lengua. Dice sobre el francés “esta lengua está matando a mi lengua materna”. Así, se es analfabeta en un idioma otro y se es analfabeta al alejarse del idioma de uno mismo.
El itinerario que se elije contar es, entonces, el del reencuentro con la lectura. Viviendo ya hace varios años en la Austria francófona, y al decidir activamente interiorizarse en los rudimentos siempre imposibles del francés —seamos sinceros, nadie habla francés realmente, salvo los que nacen haciéndolo— nos embriagamos del entusiasmo de la narradora cuando descubre que “Sé leer. De nuevo sé leer”.
El analfabetismo es, a la vez, la puesta en acto del exilio, del “desierto cultural”, en el que se encuentra. Una paradoja se establece casi instantáneamente; en este lugar donde ahora vive se puede finalmente planificar, se puede vivir, sin embargo, y al mismo tiempo “si estoy triste, es más bien a causa de esa excesiva seguridad en mi presente”. En una lectura honesta y desnuda de la condición del exiliado se intersectan el respiro que significa poder alimentar a los hijos con la duda de si se podría haber sido feliz quedándose, con la incomodidad de no poder expresar esa duda, que a todas luces la dejaría como una ingrata frente a sus anfitriones: “Cómo explicarle, sin ofenderle, y con las pocas palabras que sé de francés, que su bello país no es más que un desierto para nosotros, los refugiados, un desierto que hemos atravesado para llegar a lo que se llama “integración”, “asimilación”. En un mismo movimiento, las capas de complejidad que se suman a partir de acumular años de comodidad material la llevan a desconocer al que vive en su misma condición y ejercitar una doble moral basada en el olvido de lo sufrido. Y es que, aunque breve, Kristof teje con maestría las contradicciones y los grises de una experiencia que muchas veces no es narrada por sus protagonistas.

La Analfabeta nos seduce desde la primera página, nos presenta la pobreza y la soledad del exilio, nos hace reír con la muerte de Stalin, e incluso nos cachetea con obviedades desacralizantes, como cuando elabora la receta para ser escritor: “En primer lugar hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo”. Sin embargo, hay mucho más allá (y más acá) de sus encantos amables. Complejidades, grises, miserias propias y ajenas también tienen su momento. La memoria y la doble moral que se habilita cuando el extranjero es otro. El exilio constante y contagioso. El frío de no pertenecer a ninguna parte, ni siquiera ya a un país de origen. El desafío de pasar de analphabète a écrivain resume y simboliza la experiencia de hacer propia una lengua que, al no ser la materna o nativa, siempre queda un poco floja y ajustada en los lugares incorrectos. Sin embargo, es en ese calce imperfecto en el que Kristof ofrece brillantemente lo que hace de La Analfabeta un éxito singular.

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